Todos los días me hago la misma pregunta: ¿cuál es el problema con la rutina? La gente suele quejarse de ella, intenta por todos los medios romper la rutina como si se tratase de una vasija de la que surgirán cosas maravillosas luego de su destrucción, pero no valora la suerte de poder quejarse de algo tan trivial. Mis estudios en el área de la antropología son inexistentes, pero con la impunidad de la ignorancia diré que el hombre de las cavernas, con toda seguridad, no sufría por esta cuestión. No lamentaba tener que cazar mamuts todos los días o ser acosado por tigres dientes de sable todas las noches. La rutina, por más espantosa que sea, es una molestia que solo surge de la saciedad, todo lo contrario a la supervivencia. Una queja burguesa, por llamarla de alguna manera.
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Rutina
Rodrigo L. Ovejero
Tomemos como ejemplo, para tratar este tema, la película El día de la marmota (podríamos analizar estudios científicos o artículos especializados sobre el asunto, pero no es el estilo de esta columna). En este filme Bill Murray interpreta el papel de un meteorólogo que se encuentra atrapado siempre en el mismo día –no hay una explicación de este fenómeno- con lo cual se lleva el concepto de rutina hasta un extremo. El protagonista pasa por diversas instancias con respecto a su incapacidad para pasar de día (hoy diríamos que el personaje de Murray tiene capacidades temporales diferentes, para elegir términos políticamente correctos), al principio llega el asombro y la incredulidad, luego la furia, posteriormente hay momentos de apatía y finalmente aprovecha su ilimitada cantidad de jornadas para alcanzar la virtud en numerosas disciplinas, pero detrás de todo subyace el hartazgo ante la imposibilidad de romper la rutina. En una metáfora algo obvia pero no por ello menos potente –y en el caso de las metáforas siempre elegiré potencia antes que poesía-Murray consigue pasar de día cuando alcanza la virtud suprema del amor.
Podría terminar en este punto y dejar un mensaje positivo, pero tampoco es el estilo de esta columna. Imaginemos que Murray se despierta los diez años siguientes al lado de su gran amor – Andie McDowell, quiero agradecer tu existencia- cada mañana durante tres mil seiscientos cincuenta amaneceres y, de repente eso también se siente como el mismo día una y otra vez. Una descripción muy acertada de los efectos de la rutina en el amor se encuentra en Divorciados, novela de Avery Corman que fue adaptada al cine bajo el título Kramer vs. Kramer. El autor hace un trabajo fabuloso a lo largo del libro para contar los efectos de la rutina en nuestras relaciones personales, las cuales, por supuesto, incluyen las relaciones amorosas. Algo de similar precisión puede hallarse en algunos pasajes de Alta Fidelidad, de Nick Hornby. Al parecer la rutina es capaz de infectarlo todo, incluso a sus remedios.
Quizás es uno de esos problemas que en realidad no tienen solución. Quizás es solo que hay que aprender a vivir con ello. Día a día.