“No es por fanfarronear, pero nací en Catamarca”
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Recuerdos del "sembrador de estatuas"
Tres evocaciones del artista Ricardo Dalla Lasta, el sembrador de estatuas, que hoy cumpliría 83 años.
Evocar a mi primo Ricardo es una tarea casi imposible porque su talento, su obra, y su amor a la vida fue tan inmenso que inevitablemente siempre quedará algo sin decir. Es por ello, que me limitaré a comenzar con el recuerdo de su casa de la calle Chacabuco en Catamarca, a mis queridos tíos Atilio Dalla Lasta y Arminda Acuña y sus diez hijos, a esos dos pisos con cuartos de varones y de mujeres llenos de historias, y donde algunas noches calurosas era una aventura dormir en la terraza.
Después de esa primera pincelada sobre su vida, diré que mi primo Ricardo desde pequeño tuvo magia en sus manos y también, como buen catamarqueño, en el relato de sus divertidas historias.
“No es por fanfarronear -solía decir- pero nací en Catamarca”.
Cuando vino por primera vez a nuestra casa de la Plaza Rocha en La Plata pronto puso al descubierto sus habilidades y nos deslumbró creando muñecos o animales con “bleque” y hasta con migas de pan. Años más tarde cuando ingresó a Bellas Artes, viviendo entonces en mi casa, los primeros ensayos de sus esculturas estaban por todas partes, encima de la estufa a leña, en el comedor o en su habitación. En verdad, en mi familia todos lo admirábamos, y pronto ganó nuestro afecto.
En el primer año que el día 7 de mayo no festejaremos su cumpleaños, me parece oportuno resaltar un tiempo particular en el cual además de ser primos hermanos nos hicimos amigos y pasamos noches inolvidables en la casa de Mario Teruggi y de Kewpie Dawson.
Ella, Kewpie, fue una destacada botánica que participó en la Exposición de Sevilla, en la que también intervino Ricardo, sobre los alimentos que América le dio al mundo. Junto a su esposo Mario, eran inigualables anfitriones de las cenas a las que concurríamos con Ricardo y su esposa Virginia de Santibáñes. También participaba Alejandra Hendreich abogada del Museo de Ciencias Naturales, el gran poeta Osvaldo Ballina y su mujer la divertida Pampi Gurruchaga, que alguna vez nos sorprendió cantando tangos con la voz de Libertad Lamarque.
Esas noches escuchábamos maravillosas anécdotas de ellos, pero sobre todo de Ricardo, quien ya había ganado el concurso para hacer el monumento Juan Manuel de Rosas y nos narraba en detalle las distintas peripecias que le imponía tan magnífica obra, hoy emplazada adonde estaban las caballerizas de Rosas, frente al monumento de los Españoles y mirando hacia la antigua casa del controvertido caudillo. Su magnífico monumento, fue ideado en La Plata en un galpón de la Avenida 44, mientras que la fundición en bronce se llevó a cabo en San Gimignano, Italia, donde se exhibió por primera vez ante la alegría de aquel pueblo.
No podría faltar en esta breve evocación, el recuerdo de las reuniones en su casa, sus incomparables empanadas y los pequeños animalitos de masa que hacía para nuestro regocijo y el de sus hijos, y después también sus nietos; o la mención de sus interminables cuentos o historias lugareñas, zambas y anécdotas que lo convertían en alguien excepcional y a la vez, inimaginable sin Virginia.
En estos días en que estuve por Catamarca, alguien de su familia me comentó apesadumbrado “se lo extrañó a Ricardo en Las Juntas”, donde era infaltable durante el verano.
Podría continuar mencionado tantas cosas, sus conversaciones con mi padre, su cuento del traje verde con el que decía había llegado a La Plata o el tilo centenario de su casa de Villa Castells, o bien su atelier desbordado con sus herramientas y obras. No obstante ello concluiré haciendo mención a nuestra última charla, en la reunión de primos en Olivos cuando ya le temblaba el pulso, en la que me resaltó con énfasis, estaba sin dudas enojado, la necesidad de respetar las esculturas al restaurarlas, y me miró con entusiasmo a pesar de su deteriorada salud, ante mi propuesta de hacer el dibujo del oratorio histórico de la familia de su madre, para la tapa de un próximo libro que debió tristemente editarse con otra imagen. En definitiva, fue un verdadero orgullo ser primo y amigo de Ricardo Dalla Lasta.
Segundo Edgardo Acuña
“No hay modo de disociarlo de su tierra natal”
Conocí a Ricardo en 1971, en la entonces Escuela de Bellas Artes. Yo era estudiante y él ayudante de dibujo aunque su especialidad era la escultura. Fue en esos años que realizó el Monumento al Resero. Siempre me impresionó su vocación por la escultura de bulto que giraba en torno a dos motivos excluyentes: el caballo y la figura humana.
Pero también el arraigo de Ricardo en su provincia natal, Catamarca. Las dos cosas estaban íntimamente relacionadas. Desde 1990 trabajamos en la Cátedra de Escultura de la Facultad de Artes de la UNLP, hasta su jubilación. Después, seguimos en contacto, aunque muy espaciado, hasta poco antes de que Ricardo nos dejara. Supongo que, de alguna manera, debe haber vuelto a Catamarca... No hay modo de disociarlo, cuando uno lo evoca, de su tierra natal.
Enrique González De Nava, escultor
Mi amigo "El Cata"
Nos conocimos como estudiantes, alumnos de Aurelio Macchi en la década del sesenta, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de La Plata. Después fuimos compañeros de cátedra de dibujo y de escultura.
Expusimos juntos en varias ocasiones, una en La Rioja, y nos escapamos a su amado rancho. Estuvimos en Canadá en un concurso de escultura en nieve.
Tomamos mucho mate, algunos vinos, nos reímos mucho y mucha charla de escultura y vivencias familiares, de hijos y nietos. Un gran amigo a pesar de que los últimos años nos vimos poco.
Gran cantidad de anécdotas, era muy gracioso contando cuentos, y era guitarrero. Un ser querible y respetado.
Dejó huella.
Carlos Martínez, escultor