domingo 9 de agosto de 2026
Lo bueno, lo malo y lo feo

Michelo, locutor

Enrique Traverso

De joven había tenido aquella voz agraciada que le permitió ser el animador de los bailes en el Parquecito de Valle Viejo, solar cubierto de moras que hundían sus patas en una acequia que pasaba junto a la ruta provincial a Pirquitas.

Usaba un traje blanco de su padre, un socialista de Palacios, respetado. Socialista y hacendado le gustaba definirlo, con rima y sonsonete. Don Michelo había vendido un pedazo de la finca con agua y luz para que Michelito estudiara abogacía en Tucumán. No pasó de primer año. La vida lo había traído de nuevo al pago, donde se había convertido en el animador principal del Parquecito donde brillaban Punto y coma y más tarde Generación dos mil. Inspirados en Los Iracundos y Carlos Santana, hacían un popurrí de cumbia colombiana, unas versiones rockeadas de Salvatore Adamo y enganchados del Club del Clan que hacían furor.

Michelo desplegaba su arte en una propaladora que había en Villa Dolores. Se trataba de parlantes puestos estratégicamente a lo largo de una sola calle, que emitían música disco. Con su voz de fantasía lograba modulaciones para leer avisos comerciales, otro acento para las necrológicas y otro para algunas noticias de Diario El Sol, auspiciante de aquella difusora, que semejaba una radio.

M lo dio todo en aquellos años; era joven, apuesto y enrulado, dueño de una voz única con acento marcadamente bonaerense, como lo exigía el canon que imperaba. Logró reemplazar al “Loco” Flores, el más popular de los locutores del momento, una vez que éste enfermó de gripe, sin desentonar para nada en el carnaval de Villa Cubas.

En un tiempo fue dueño de los comerciales de Nacional. Había conquistado a Lía, una locutora cordobesa. Se habían seducido con la voz y no con la palabra. El locutor de radio enamora con su aparato fonador, con sensaciones que crea al oyente, que, como Ulises, está amarrado en vez de al mástil del barco al aparato emisor.

M cayó en desgracia e intentó dedicarse al periodismo gráfico. Sacó “Presencia chacarera”, luego “El pregón de Catamarca”. Iba por los pueblos ofreciéndoles páginas a los municipios, para que difundieran obras y proyectos; el relleno periodístico quedaba en mis manos, que a los 19 escribía crónicas horribles.

Decidió volver al ruedo. Organizó un festival con Tormenta, quien había brillado dos décadas atrás y era dueña de una cabellera escasa pero bien distribuida, un rostro de cera angelado y una voz que resistía a apagarse. El bailable incluía al solista de una banda de cumbia local recuperado de un cáncer de garganta, que cortaba las frases con estilo. Al final un bingo sortearía tres premios en dinero y un Mercedes Benz 1970, que tenía algunas averías mecánicas pero que lucía impecable, con pintura y cubiertas nuevas.

El evento fue en una cancha de voley. M ya no era el de la voz que enamoraba, tenía 25 kilos más. Constantemente peinaba con su mano regordeta una mata que le cubría la frente. Todo iba bien hasta que el presidente del club fue a quejarse de que había arreglo: el segundo premio lo había ganado el diariero Chotila y el de la primera vuelta su mujer Ema. La velada se vino a pique cuando un fanático del mítico grupo de los Beatles uruguayos dijo: éstos no son Los Iracundos. Había descubierto que el cantante no era Eduardo Franco, le faltaban dos fundas de oro en su dentadura. Era cierto. Por aquellos años giraban tres grupos llamados Los Iracundos por Argentina. Empezaron a volar vasos, sillas, botellas. Se cortó la luz. La policía tuvo que pedir refuerzos. Dos veces se llenó de reos la chancha overa, como le decían al patrullero.

M abandonó el lugar con las primeras luces de la mañana. Salió empapado de adentro del tanque de agua. En la cabeza mantuvo una conservadora llena de dinero que repartió con el presi, que había recuperado el aplomo de comisario retirado.

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