A 36 años de su femicidio, el nombre de María Soledad Morales, reúne connotaciones caras para los sentimientos de la ciudadanía catamarqueña. Muchos significados convocan su memoria: el arrojo de un grupo de adolescentes que frente a todo -y contra todo- decidieron desafiar un Orden establecido, que nos impregnaba de indiferencias en la Catamarca de los´90.
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María Soledad Morales: un nombre, todos los significados
Por Erika Barrionuevo y Gabriela Nieva Larcher (Runakay Género e Infancias Catamarca)
La memoria de María Soledad, también recuerda la actitud resuelta de docentes y padres de familia que acompañaron a aquellas jóvenes que, junto a la figura de la Hermana Martha Pelloni, trascendieron el impacto de los hechos más desgarradores y decidieron manifestarse. A ellas se sumó, luego, parte de una Comunidad que lloraba colectivamente: porque todos podríamos haber sido Ada y Elías. Todas podríamos haber sido Sole...
Aquel día, a pesar del dolor, de la desazón y del horror: ¿Sabían acaso que al abrir las puertas del Colegio del Carmen y San José habilitaban nuevas congifuraciones políticas, sociales y jurídicas?
Al día de hoy, aquel puñado de compañeras e incluso las Marchas del Silencio siguen siendo fuentes de enseñanza acerca del valor del coraje frente a las desigualdades, del valor de lo colectivo como agente de cambios y acerca de la fuerza que adquieren los pueblos cuando se rebelan contra las injusticias.
Junto al nombre de María Soledad, el de su madre Ada Morales, está presente en la connotación de la fuerza visceral, que desde las entrañas de la vida clama justicia. Valor. Luz. Fortaleza. Voz... Es el legado, que fue baluarte para otras madres a quienes también les arrebataron a sus hijos y con ellos, parte de sus vidas.
María Soledad, es también el nombre por el cual como sociedad aprendimos a decir “basta”.
Basta, cuando en estrados judiciales, la técnica jurídica de “las defensas” establece como estrategia el vituperio y la desvalorización moral de las víctimas, como si las violencias sexuales y los asesinatos pudieran justificarse defenestrando y manchando el nombre de las que ya no están y de sus familias, de las que ya no pueden defenderse, porque los perpetradores les apagaron su voz.
Por eso, el nombre de Sole, -a través de una línea muy delgada que interpretó las asimetrías que nos envuelven- se une inexorablemente a modificaciones que posteriormente se introdujeron en el sistema jurídico argentino, al instituirse la figura del Femicidio, como una de las formas más extremas de violencia de género. De haber existido esta figura como agravante, sin dudas otra sentencia hubiese alumbrado la Justicia para la comunidad catamarqueña.
Así es que 22 años después de la muerte de María Soledad, la Ley Nacional N° 26.791 modificaba el artículo 80 del Código Penal Argentino para aplicar la pena de prisión perpetua para quien cometiera este tipo de delito. Y fue a partir de allí que comenzamos a nombrar a los perpetradores, bajo la única denominación posible: femicidas.
Años antes, en 2008, Argentina sancionaba la Ley Nacional 26.364, modificada posteriormente en 2.012 por la Ley N° 26.842 de Prevención y Sanción de la Trata de Personas. Fue a partir de allí que asumimos que María Soledad, también había sido víctima de Trata de Personas, ese flagelo que se asienta en complicidades de un sistema corrupto y que hasta hoy sigue cobrando vidas sobre todo de niños, niñas y adolescentes; haciendo de sus cuerpos material de intercambio y mercancía.
A 36 años del femicidio de María Soledad, seguimos doliendo por “la pandemia silenciosa de las violencias sexuales” que atraviesan a múltiples vidas de víctimas y sobrevivientes.
Por eso seguimos bregando por respuestas estatales acertivas, donde cada uno de los tres Poderes del Estado, tienen su cuota de responsabilidad a la hora de ofrecer respuestas de asistencia y prevención: sus vidas importan, su espera de reparación no puede admitir dilaciones. Las familias que quedan pausan sus vidas en pedidos de justicia que se extienden por años. Sus vidas, también valen.
Por eso, al cabo de 36 años, en un país donde se registra 1 nueva víctima letal por motivos de género nos sigue doliendo el nombre de María Soledad. Y a través de ella, el nombre de todas las que ya no están.
Nos duelen, porque nos atraviesan la memoria y nos movilizan sus historias, que son similares a las nuestras... no por capricho sino porque en las condiciones en las que estamos insertas nos marca a todas la misma potencial circunstancia de riesgo y vulnerabilidad por nuestra sola condición de mujeres.
Aún así, al igual que ayer, todavía persisten las violencias. Y, como si no hubiesemos aprendido de los dolorosos hechos que hoy nos conmueve la memoria, sigue peligrosamente presente la violencia simbólica que insiste que "la violencia no tiene género". Se abre así y frente a nosotras, el mismo sistema de complicidades que nos ubica en situación de riesgo y la peligrosa justificación que potencialmente nos condena a repetir el horror. El mismo dolor que hoy, evocamos 36 años después.
Runakay. Género e Infancias Catamarca. Pensamiento y Acción. Sembrando Derechos.