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Memorias de la tierra

Lectora de mundos

Por Lorena Elizabeth Monroy Quevedo

26 de junio de 2026 - 15:45

Bajo el cielo de noviembre, el aire serrano nos golpeó con su frescura hiriente y el perfume intenso de los campos en flor. Parecía que la cordillera misma contenía su aliento, expectante, en el instante en que pusimos rumbo hacia lo desconocido

Yo, apenas una niña de trenzas firmes, ajustadas bajo el pañuelo que me protegía del mal de ojo y de los secretos del viento, caminaba a su lado. Mi abuela avanzaba con la parsimonia de las piedras antiguas; su andar no medía el tiempo en horas, sino en pulsos de tierra, en la cadencia de la vida que se estira y se contrae como el fuelle de un acordeón eterno.

Aquella mañana de domingo, la ciudad nos esperaba para un ritual ajeno. Era un día extraño, marcado por la geometría de los hombres: las escuelas divididas, las puertas separadas, como si la existencia misma tuviera prohibido mezclarse. Mis ojos, asustadizos y abiertos de par en par ante el bullicio de los extraños, se clavaron en ella. Cuando mi abuela salió de aquel edificio de hombres, no firmó nada; un extraño tomó su mano, la manchó con un sello de tinta oscura y la estampó sobre el papel, como quien marca una semilla necesaria en la piel de una tierra que no reconoce su nombre.

Escuché decir entre murmullos, que ése lugar era una Escuela en dónde sufragaban mujeres y que solo se pintaba los dedos a aquellas que no sabían leer ni escribir. Guardé el silencio hasta que regresamos a nuestro refugio, allí donde el horizonte se toca con los dedos y el cielo tiene el color de los sueños de mis ancestros.

Sentada junto al fogón, mientras el aroma a leña quemada y café recién molido empezaba a despertar el alma adormecida de la casa, me atreví a susurrar la duda que me quemaba el pecho:

—Abuelita —pregunté, sintiendo que mi voz apenas era un hilo de lana en el telar

— ¿Vos no aprendiste a escribir?

Ella me miró, y en la cuenca de sus ojos se reflejaron los siglos de nuestra gente. Sus manos, surcadas por caminos de arrugas que parecen mapas de valles olvidados, se posaron sobre las mías con la suavidad de la brisa.

—No, hijita mía —me dijo, y su voz sonaba como el agua que corre entre piedras de río.

—. Yo no escribo palabras en el papel. No fui a las escuelas de la ciudad, porque mi maestro fue siempre más grande que cualquier libro. Yo leo al mundo.

—¿Al mundo, abuela? —pregunté, maravillada.

—Sí. Leo a la gente que camina con el alma cansada, leo el lenguaje de los animales cuando se bañan en la orilla, y descifro lo que dicen los pájaros al alba. Pobres de nosotros, que creemos saberlo todo mientras ellos se entienden con el viento. Leo a los árboles que nos dan sombra, a las nubes que avisan la lluvia, a la tierra que nos sostiene; leo lo que tejo, donde cada hilo es un pensamiento y cada nudo es una memoria. Me leo a mí misma, niña, y en ese silencio, entiendo todo lo que hace falta.

Me quedé en silencio, sintiendo que el mundo, de pronto, se ensanchaba, volviéndose inmenso y a la vez profundamente íntimo.

—¿Querés otro café? —me preguntó, interrumpiendo mis pensamientos.

—¡Sí! —exclamé—. El tuyo es el mejor del mundo, tiene gusto a cariño.

Ella soltó una risita suave, como un cascabel perdido entre las cumbres.

—Mi niña—dijo, mientras servía el líquido oscuro y humeante en la taza de barro.

—. ¿Sabés cuál es el secreto para que tenga ese gustito? No son los granos, ni el fuego, es el amor que le pongo. Si le falta amor, hasta el agua más pura tiene gusto a olvido. Porque la comida habla, hija, las paredes escuchan nuestras penas y los regalos tienen voz. Todo en esta vida tiene un espíritu; solo hace falta aprender a leerlo.

Esa tarde, entre sorbos de café que me calentaban hasta el tuétano, comprendí que mi abuela no era analfabeta.

Mi abuela era una biblioteca viviente, una lectora de estrellas y silencios, una sabia que no necesitaba tinta para grabar su huella en el mundo. Y mientras ella me miraba con esa ternura profunda que solo los antepasados conocen, entendí que ella también me leía a mí, descifrando mis miedos y mis ganas de aprender, guardándome, como a su tesoro más preciado, en la inmensidad de su lectura.

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