domingo 9 de agosto de 2026
Lo bueno, lo malo y lo feo

Las mujeres en la obra de Leonardo Martínez (Segunda parte)

Rosario Andrada

Haciendo gala del lenguaje popular y coloquial, el autor exalta la tonada y el terruño, anteponiendo el artículo “La “al nombre de mujer, de uso diario en el norte argentino. Las mujeres son descriptas en una época (como lo expresé en la primera parte del artículo, publicada el 02 de marzo) con la vehemencia del pecado en una comunidad abrumada por la cultura patriarcal y la imposición religiosa, que las obligó a exhibir una doble moral. Señaladas también como parte de la servidumbre que encendía madrugadas de canciones. El personaje más impactante –a mi criterio- es “Selva”, que muestra los secretos de familia, cuando el padre le prohíbe flirtear con ésta, hasta que descubre que esa mujer alta y morena era su hermana. Los pasajes que esbozan el abandono de su madre son de conmoción y turbación. La cercanía del poeta con cada una de ellas en su infancia, real o fruto de su fantasía, tiene una señal profunda que va más allá del poema y sirve para mostrar el perfil de una sociedad.

Son numerosos los personajes que desfilan en toda su obra, cada uno con atuendo especial en su conformación psicológica y espiritual en la celebración de los días, retratos duros e indicadores de una época donde el silencio y la sumisión eran el espacio donde ellas se aglutinaban. En algunos casos, las mujeres son víctimas de la pobreza, marginación, discriminación, en una sociedad manipulada por patriarcas y regulada por cerrados criterios religiosos.

Del contexto emergen figuras como “La Niña Carlina”, que es la tía abuela de amores desairados y engañosos, que juega al noviazgo aferrándose a los recuerdos. Poema de una dulzura que hiere como una daga envenenada. “La Niña Alba” describe a una mujer voluptuosa, sensual, imágenes cargadas de erotismo, que trizaba su vida hamacándose en el látigo y el almíbar de las uvas y que a su paso dejaba un leve olor a yegua en celo, pero orgullosa de sus escapularios.

El poema que refiere a “Mi tía Isadora” tiene una fuerte impronta de prejuicios, chismes y habladurías; no en vano el título es “Un infierno menor”, donde la protagonista se suicida: “Mi tía Isadora/ se suicidó una noche de enero/ al comienzo de nuestras vacaciones… se fue diciendo/ soy la Señora de los escapularios quemados/ la doméstica del sagrario de las hostias marchitas/ ningún lugar me contiene/ desaparezco / con mi angustia…”.

Quizás fue un amor deshonroso, ciudad de provincia de tribu pequeña. Dice el poeta: “Descendíamos señores y siervos del mismo genearca, / por lo tanto el incesto era el diario alimento/ y la muerte por mano propia/ el estrecho camino de un infierno menor”.

En un largo poema “Mujeres de mi infancia” señala y enumera a nueve mujeres describiéndolas en tono sombrío y picaresco. Los rasgos son símbolos del miedo y del ocultamiento, en una conjunción de lo sagrado y lo profano -entre ellas “Mamá Bersabé”, que entró en trance muriendo una noche de agosto-.

“María Encarnación”, nacida hace cien años, estudió con monjas insidiosas que beatificaron su soltería. Se exhibe aquí una postal de una clase social privilegiada, pupila por años en un Colegio religioso que frustraron sus sueños, así murió áspera y sola.

“Doña Goya”, erguida como una garza, recita los latines de la infancia envuelta en trapos de lástima, “La Rosa” es la mujer que le hace tocar sus tetas suaves y amorosas, y el poeta dice a modo de epitafio: “La Rosa adolescente coronado de óxidos/ tiembla empavorecida/ y como un gajo se quiebra / sin memoria”.

“La Delicia y La Esmeralda”, mujeres que inventaron trajines, de andanzas sensuales, el poeta se pregunta qué harán cuando resuciten solitas sobre tanto escombro. Ingresamos entonces a un realismo mágico, los personajes son imágenes, unidas en una construcción cultural e ideológica. Hay una actitud del que describe de trazar una identidad exagerada.

Carmen Pirelli dice: “El verosímil del realismo maravilloso consiste en el gesto poético radical de tornar verosímil lo inverosímil. Para legitimar ese imposible lógico, el texto organízase sobre la complicidad de las palabras y el universo semántico, recurriendo al mito”.

Sin dudas el poema elocuente que muestra el realismo mágico es “Señora de El Yuyal” a quien se la consideraba eterna, se está muriendo, en trance dice no deber nada a nadie y deja como acto de última voluntad La Cañada de la Estrella para el altar de Nuestro Señor, el Cerro de Las Piedras Blancas para su Santísima Madre, nombrando como albacea al lucero del alba. “…Doña Gabriela/ con los ojos muy abiertos/ mira el pesado oro de un crucifijo…”.

Los nombres olvidados en las tierras naturales

Hay otros nombres de mujeres que se agregan a los ya mencionados en el poema “Tierras Naturales”, que lleva el título de un libro. Universo que se asienta en lo maravilloso, en las creencias populares y religiosas, en la simiente de la verdad oculta y que encuentra en Martínez una dimensión lingüística con múltiples significantes. Ellas hablan desde la culpa en el cuarto oscuro, cercado de lutos, son mujeres olvidadas, resucitadas en la memoria del poeta. El texto discurre entre el señor Obispo, la señora epíscopa, que se encarga de los frutos de la carne, Francisco Aguirre, la esclava Inés convicta de brujería, y dice Martínez: “Su cuerpo arde sobre una parva de leña y la misma ceniza/ entristece para siempre las tierras naturales…”. La introducción de la herejía refleja las heridas que aún persisten de las sagaces y destructivas colonizaciones organizadas en nombre de Dios.

La muerte también es una mujer de piel cetrina envuelta en trapos negros. Leonardo Martínez la sueña sentada en un sillón de humo en un estrado altísimo. Es un poema fascinante del libro “Asuntos de Familia”; dice en un párrafo: “…Entonces la mujer deja caer sus vestiduras/ De sus senos mana un agua penumbra/ Sus ojos son un mar donde bestias y ángeles copulan/ Su aliento silba entre dientes de leche de algarroba/ Y con voz de todos los colores la mujer dice/ lluvia sequías abandonos…”.

“Las santitas” es un conmovedor poema que retrata a las llamadas batateras: “Sin registro en medio de los vivos, vestidas de frío y temblonas/ salían de los inviernos/ a la oración a vender batatas”.

En búsqueda de su madre

Este capítulo alusivo a la relación del poeta con su madre ocupa un lugar trascendente en toda la obra. El dolor causado por el abandono lo perseguirá toda la vida, los poemas reflejan angustia y la borrosa figura de una mujer. Aquí no hay condena, ni juzgamiento, solo el dolor de quien padeció su ausencia.

En una clara fotografía, Leonardo Martínez nos muestra en “Estricta Ceniza” que fue criado por varones, abuelo, padre, hermanos de mi padre, hubo una tía hábil con la aguja, la pintura, el piano que “de alguna manera envenenó mis sueños… Me hizo trepar al color de las montañas/ y oír en los caballos música…”.

Fue- como dice él- un hijo baldado que juntó pedazos de vida. En el poema generación, el infortunio aparece en la fuerza arrolladora de su palabra. “No fui deseado/ ante la vergüenza de mi madre/ una corte familiar/ dispuso el sitio de mi nacimiento… era el bienvenido hijo de mí mismo/La vergüenza por la señal de la cruz, el pecado de la carne, la misericordia adentrándonos en la…”. Todo era vergüenza y culpa en la sociedad del escapulario.

La madre es oscuridad, noche, y recibe en los brazos a expósito, así la define en el poema “Sin Resta” del libro Las Tierras Naturales: “Madre no me hieras/ pero la madre hiere y danza/ en la cornamenta de la luna…”.

En el libro “Los ojos de lo fugaz” describe en tercera persona su encuentro fugaz y clandestino en dos secuencias, sin saber que era su madre. Dirá, entonces, tiempos de decoro y de la sociedad de la sangre en los cuales la mentira, el destierro o la muerte eran los cimientos de un orden fijo. Con el desgarro de un hijo abandonado, el poeta se pregunta, y la interroga, desmenuza su corazón ausente y finalmente en el párrafo V de ese poema dice: “Yo te salvo madre mía”.

Sofoca, hiere, el desamparo de los primeros días, cuando en el libro “El Señor de Autigasta” dice: “Fui criado en los pastizales del sur con la leche de extranjeras vejadas por la lluvia/ floridas de una lepra alegre… No nos conocimos/la muerte en su agua pura/ te escondió de mí…”.

Leonardo Martínez es el niño que corre tras una mujer que lo desconoce, muestra los ojos de la nutriente indígena, la de mancebos recostados sobre las pupilas del viento, leche derramada por matronas y sirvientas de amaneceres, por tías milagrosas que lo sostienen. Su palabra es viento zonda en la altitud y lucero en tierra Wanaku.

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