viernes 19 de junio de 2026
Opinión

La ilusión de la libre elección

Por Hernán Colombo

Durante las últimas décadas, la vorágine de la política argentina ha transitado por experiencias muy diferentes entre sí. Diferentes figuras, como los famosos "outsiders", han llegado al poder prometiendo cambios profundos. Sin embargo, los problemas estructurales permanecen intactos.

Esta situación nos demuestra que no basta cambiar una figurita por otra; lo que necesitamos es cambiar un modelo que, a simple vista, se torna parasitario. En términos de Cornelius Castoriadis, la discusión fundamental es si somos capaces de construir autonomía o si continuamos reproduciendo los mandatos de la heteronomía.

Esta última aparece cuando las decisiones y las reglas impuestas son aceptadas como inevitables. En el ámbito político, cuando nosotros nos limitamos a elegir solamente quién administrará este modelo, sin cambios estructurales.

En las provincias como Catamarca, por otro lado, también aparecen estas formas particulares de reproducción del poder. De esta manera, el pensamiento semifeudal inunda las relaciones políticas: aparecen redes de privilegios, vínculos familiares con el Estado, cartelismo y mecanismos de concentración que terminan configurando un sistema que se perpetúa.

En este contexto, el “sentido común” se mueve solo dentro de estos límites. Se puede elegir entre distintas opciones, pero sin cuestionar las bases sobre las cuales esas opciones fueron construidos. Castoriadis advertía precisamente sobre este fenómeno: la mayor victoria de una sociedad heterónoma consiste en convencer a las personas de que aquello que existe es lo único posible. A nivel nacional, pareciera que la única salida es el ajuste y el sufrimiento; a nivel provincial, que el feudalismo es el único sistema político válido. Son dos caras de la misma moneda.

Sin embargo, la historia demuestra que siempre existen espacios desde donde emergen nuevas preguntas. Muchos movimientos sociales, nacidos al margen del poder, han sido capaces de cuestionar estas estructuras y ganar apoyo en la sociedad. Las movilizaciones por los derechos humanos, el movimiento Ni Una Menos y las organizaciones de jubilados, entre otras, muestran que todavía existe una capacidad social para cuestionar el sentido común dominante y plantear nuevos horizontes.

A todo esto se suma otra característica persistente de nuestro país: la concentración política y económica alrededor de Buenos Aires. Muchas de las decisiones estratégicas de los últimos años se han tomado bajo el yugo de esta agenda de la city porteña. Sin embargo, esto también ha sido usado de excusa por algunos gobiernos provinciales, como es el caso de la gestión de Raúl Jalil. El porteñismo solo es una explicación parcial de la miseria de las provincias; pero para los políticos se convierte en un conveniente chivo expiatorio.

Quizá el desafío actual no consista únicamente en reemplazar dirigentes, sino en recuperar la capacidad colectiva de preguntarnos qué sociedad queremos construir. La autonomía comienza precisamente allí: cuando una comunidad deja de aceptar como inevitables las respuestas heredadas y se anima a imaginar un futuro diferente. Porque, como sostenía Castoriadis, una sociedad no debe esperar que otros diseñen su destino. Tiene que construirla por sí misma.

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