Un nuevo informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA), de la Universidad Católica Argentina, vuelve a poner sobre la mesa una verdad que la lógica meritocrática suele eludir. En la Argentina de hoy no existe igualdad de oportunidades para los jóvenes, y esa desigualdad de partida condiciona, de manera decisiva, el rumbo que tomarán sus vidas adultas. El trabajo, denominado “Juventudes desiguales: entre la promesa y la exclusión” y centrado en la franja etaria de 18 a 25 años asegura que el origen social pesa más que el esfuerzo individual a la hora de definir quién estudia, quién consigue un empleo formal y quién queda al margen de ambas posibilidades.
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Golpe a la lógica meritocrática
Las desigualdades socioeconómicas son determinantes. Los jóvenes que crecen en hogares de sectores vulnerables enfrentan obstáculos sensiblemente mayores que sus pares de clase media o alta para acceder a una carrera universitaria o para insertarse en el mercado laboral formal. La brecha, además, no se limita al terreno económico. Se extiende también al bienestar psicológico, a las redes de apoyo social y, en el caso de las jóvenes mujeres, a las experiencias de violencia de género, que golpean con mucha mayor intensidad a quienes provienen de los estratos más postergados.
El director del ODSA, Agustín Salvia, señaló que el desarrollo profesional o laboral “no es un problema de mérito, no es un problema de esfuerzo personal”. Advierte que una porción significativa de la juventud argentina carece “de las condiciones sociales necesarias para sostener una trayectoria educativa y laboral ascendente, por más esfuerzo que ponga en el intento”.
Mientras que el 69% de los jóvenes del estrato medio alto inició o completó estudios superiores, el 64,7% de quienes pertenecen al estrato muy bajo ni siquiera logró terminar la escolaridad obligatoria. La distancia es igual de reveladora cuando se observa a los jóvenes que no estudian ni trabajan: uno de cada cinco se encuentra en esa situación, pero la proporción trepa al 34,2% entre los sectores más postergados y se reduce al 8,3% entre los de mayor nivel socioeconómico.
El informe introduce, además, el concepto de herencia social, entendida como el conjunto de recursos educativos, laborales, culturales y relacionales que cada hogar transmite a sus jóvenes, y que se suma a la herencia estrictamente económica. Un joven no solo hereda o no un patrimonio, sino también contactos, hábitos, expectativas, códigos culturales y una red de sostén que puede resultar decisiva en los momentos de mayor vulnerabilidad. Quien carece de esa herencia social parte con una desventaja que ninguna prédica sobre el esfuerzo individual alcanza a compensar.
El origen social opera como un condicionante estructural que, salvo excepciones puntuales que suelen convertirse en relato ejemplar, determina de antemano el abanico de posibilidades disponibles. La pobreza no solo priva de recursos materiales: también afecta el bienestar emocional, debilita los lazos comunitarios y multiplica la exposición a la violencia.