Mirador político

El síndrome del Joker

24 de octubre de 2026 - 22:52

Para vanagloriarse en las redes sociales de las atrocidades que había perpetrado contra una compañera, la adolescente se caracterizó como el “Joker”. Gran película sobre el origen del archienemigo de Batman, cuya trama ofrece analogías interesantes para tratar de profundizar el abordaje sobre el caso de bullying que sacude a unas sorprendidas buenas conciencias catamarqueñas. El personaje es un comediante frustrado que obtiene al fin el reconocimiento popular que se le negaba asesinando a tres sujetos en un subte y luego al conductor del programa televisivo de mayor audiencia de Ciudad Gótica en vivo y en directo. El ignoto Arthur Fleck accede a la celebridad como el “Joker” a partir del crimen.

Anonimato, frustración, violencia. Sabrán establecer los psicólogos si la abanderada del colegio Pía Didoménico se pintarrajeó consciente de la complejidad del personaje, pero en cualquier caso el paragón puede ser útil para plantear interrogantes menos cómodos que carnearla en jauría y postularla como un monstruito.

Por empezar, Arthur Fleck padece una enfermedad psiquiátrica que no puede continuar tratando porque el Estado deja de suministrarle la medicación gratuita ¿Qué movilizó a la “Joker” catucha a promocionar su sadismo? El incidente se inscribe en una escena general donde las patologías de salud mental entre los adolescentes crecen y se reflejan en conductas autodestructivas que incluyen al suicidio. No se puede tratar un problema de salud que no se registra como tal: el “Joker” no tiene medicamentos, tal a la sociedad le falte asumir que tiene un problema de enorme magnitud.

La demolición emocional de la víctima de los tormentos fue el primer paso de una escalada.

La “Joker” expuso la causa penal abierta contra los tres adolescentes que habían robado y difundido el video de la chica manteniendo relaciones sexuales, que hasta su irrupción venía tramitándose discretamente. Además, asestó un duro golpe al prestigio del colegio Pía Didoménico, pero lo que podría ser más significativo es su efecto sobre la protagonista. Una vez más, solo los especialistas están en condiciones de determinar si tenía conciencia de las consecuencias de sus actos, pero el resultado es incontrastable para cualquier lego: es blanco de un repudio monolítico de alcance nacional y, al ser mayor de 18 años, la única de los involucrados directamente en el episodio que debe responder ante la Justicia ordinaria.

Es decir: arrasó con todo y se inmoló. Tal vez ella esté satisfecha, vaya a saberse.

Defección

El sistema institucional tenía conocimiento de la situación desde hace casi seis meses. Había una causa penal por la viralización del video sexual y la víctima tomaba clases virtuales porque no podía compartir espacio con sus victimarios, sobre quienes se habían impuesto medidas restrictivas. De lujo: los agresores siguieron con su vida normal, mientras la agredida debía confinarse en su domicilio.

Las medidas restrictivas se levantaron y todos viajaron en septiembre a Bariloche, donde se perpetró el último humillante ataque, del que el público se enteró gracias a una de las victimarias.

Es decir: hace seis meses que una gran cantidad de adultos saben lo que pasa ¿Qué hicieron? ¿Qué hicieron los padres de los agresores?

¿Qué hicieron las autoridades y el personal del Pía Didoménico?

¿Qué hicieron las familias de esa comunidad educativa?

¿No había ningún adulto en Bariloche?

Todos le mezquinan ahora nalga a la jeringa y maniobran para ver a quién se la enchufan. Cualquier cosa antes de asumir alguna responsabilidad, menos mal que el monstruo tuvo la deferencia de sacrificarse. Nadie ha ofrecido siquiera una disculpa.

Las vías judiciales se han activado, los jóvenes y sus familias responderán en ese ámbito llegado el caso, pero si se pretende sacar algo positivo de este traumático incidente hay resistir la tentación de convertir a la “Joker” y su pandilla en chivos expiatorios de la defección del mundo adulto, que es ostensible.

A diferencia de los adolescentes, los adultos tienen plenamente desarrollada la corteza prefrontal, zona del cerebro que termina de madurar en último término, después de la adolescencia, y que, entre otras cosas, controla impulsos y emociones.

Indignadas admoniciones que se vierten recién ahora y un reverdecer de la Ley del Talión hacen sospechar que tal proceso viene medio demorado en más de un caso.

La “Joker” catamarqueña podría perfectamente ocupar un espacio estelar en el “streaming” del Gordo Dan Parisini. La “Joker” catamarqueña podría perfectamente ocupar un espacio estelar en el “streaming” del Gordo Dan Parisini.

Hipócritas

El otro aspecto que conviene considerar es el clima de época.

La intensidad de las críticas que desde diferentes usinas se descargan sobre la “Joker” añade al poco edificante papel que han cumplido los adultos en la historia el ingrediente de la hipocresía. Otro excelente ejemplo para los jóvenes.

La sociedad que exige a los adolescentes empatía, misericordia y templanza es la misma que tolera y hasta celebra la violencia retórica desmadrada, la impiedad y la degradación cloacal del discurso que se ejercita en los más altos niveles del poder político e institucional.

La adolescente y su tribu han cometido una barbaridad execrable, pero no puede dejar de llamar la atención el contraste entre la saña que se les prodiga y la contemplativa anuencia hacia los improperios que son el sello del señor Presidente de la Nación y su caterva de operadores virtuales.

Javier Milei hace lo que hizo la “Joker” catamarqueña elevado a la enésima potencia contra cualquiera que disienta de sus estrafalarios pareceres. La sistematicidad de esta práctica ha acabado por naturalizarla, a punto tal que es necesario hacer un esfuerzo para advertir lo que implica en términos de legitimación de la violencia.

La “Joker” podría perfectamente ocupar un espacio estelar en el “streaming” del Gordo Dan Parisini.

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