Hay algo profundamente inquietante en nuestra manera de relacionarnos con los demás. Algo que se ha vuelto cotidiano, que circula por las pantallas de nuestros teléfonos y que muchas veces consumimos sin detenernos a pensar en sus consecuencias: el sufrimiento del otro convertido en espectáculo.
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El otro espectáculo: cuando la humillación se convierte en entretenimiento
Parte I
Por Lic. Guillermo Alejandro Bordón
Una persona es humillada, alguien reacciona con angustia, otro graba, alguien publica, cientos comparten y miles comentan. Y, en cuestión de minutos, el dolor de una persona se transforma en contenido. En entretenimiento. En motivo de risa. En una oportunidad para ganar seguidores, cosechar aprobación o alimentar el desprecio colectivo.
¿En qué momento dejamos de ver a una persona para empezar a ver un espectáculo?
Vivimos en la era digital, en una época en la que la tecnología nos permite comunicarnos a distancias impensadas, acceder al conocimiento y expresar nuestras ideas con una libertad extraordinaria. Sin embargo, esas mismas herramientas pueden convertirse en instrumentos de exposición, hostigamiento y destrucción de la dignidad humana.
Pero cuidado: el problema no es la tecnología en sí misma. El problema es la sociedad que se expresa a través de ella. Porque detrás de cada publicación hay una decisión humana; detrás de cada insulto, una manera de entender al otro; detrás de cada humillación compartida, una cultura que, de alguna manera, termina aceptando que la dignidad de una persona puede convertirse en moneda de intercambio para la diversión colectiva.
El filósofo alemán Martin Heidegger nos advertía, en su reflexión sobre la técnica, que el mayor peligro consiste en considerarla algo neutral, porque esa mirada nos impide comprender su verdadera dimensión. (Martin Heidegger, «La pregunta por la técnica», 1953-1954). La tecnología no es solamente una herramienta que tenemos en nuestras manos: también transforma nuestras prácticas, nuestros hábitos y nuestra manera de mirar el mundo.
Y cuando la ponemos al servicio del desprecio, la velocidad de la tecnología multiplica la violencia. Lo que antes podía quedar limitado a un grupo de personas hoy puede alcanzar miles de pantallas. Lo que antes se olvidaba con el paso del tiempo hoy puede permanecer registrado, reproducirse indefinidamente y perseguir a una persona mucho después de que el episodio haya terminado.
Sin embargo, sería demasiado sencillo responsabilizar exclusivamente a las redes sociales. La pregunta más incómoda es otra: ¿qué nos está pasando como sociedad para que la humillación del otro pueda producir tanta satisfacción?
Porque esta degradación no nace de la nada. Tiene raíces sociales, culturales y políticas. En nuestro país, como en tantas otras sociedades, hemos asistido a formas de violencia que no siempre comienzan con un golpe. A veces comienzan con una palabra, con la descalificación sistemática, con la incapacidad de aceptar que alguien piense diferente.
La discusión pública, que debería ser un espacio para confrontar ideas, se convierte demasiadas veces en una competencia por destruir al adversario. Ya no alcanza con cuestionar una propuesta, refutar un argumento o señalar un error. Parece necesario degradar a quien habla, atacar su identidad, ridiculizar su cuerpo, su historia o su condición social.
Y entonces aparecen las palabras: «yegua», «sucia», «prostituta», «gordo», «anarquista», «falopero».
Palabras que no cumplen la función de argumentar, sino de herir. Palabras que buscan reemplazar el pensamiento por el desprecio, el debate por la descalificación y la diferencia por la enemistad.
Y aquí debemos detenernos en algo fundamental: no todas esas expresiones tienen el mismo significado ni producen necesariamente las mismas consecuencias. Algunas son insultos dirigidos a una persona; otras pueden utilizarse para identificar posiciones políticas o ideológicas. El problema aparece cuando se las emplea para reducir al otro a una etiqueta, deshumanizarlo y convertirlo en un blanco sobre el cual descargar la hostilidad.
Porque cuando llamamos a alguien de una determinada manera con el único propósito de degradarlo, dejamos de discutir con una persona y comenzamos a construir un personaje al que creemos tener derecho a atacar.
Y lo más preocupante es que muchas veces justificamos esa violencia en nombre de la libertad de expresión.
Pero la libertad de expresión no debería convertirse en una excusa para celebrar la humillación. Defender el derecho a expresar una opinión no significa renunciar a la responsabilidad por lo que decimos. Podemos cuestionar con firmeza, denunciar injusticias, criticar a quienes ejercen el poder y sostener posiciones radicalmente diferentes sin convertir al otro en un objeto de destrucción pública.
La democracia necesita conflicto de ideas. Lo que no necesita es que el adversario pierda su condición humana para que nosotros sintamos que hemos ganado una discusión.