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Opinión

"Dolor país y después"

Por Hernán Colombo

16 de septiembre de 2026 - 14:52

Hay una operación que se repite en la vida pública argentina: reducir el dolor humano a una cifra manejable. Cuando la derecha discute si fueron 30.000 o 10.000 los desaparecidos, busca un número que le permita convivir con lo ocurrido. Cada desaparecido era una vida, una familia y una silla que quedó vacía para siempre.

Hoy hacemos algo parecido con los afectados por el ajuste. Decimos “40% de pobreza” y dejamos de ver al niño que se duerme sin comer. Hablamos de desempleo y ocultamos a quien perdió su trabajo y su dignidad. Informamos la jubilación mínima y olvidamos a quien parte una pastilla porque el dinero no alcanza.

Catamarca registró en 2025 una tasa de 14,2 suicidios cada 100.000 habitantes, una de las más altas del país. En la Argentina hubo 5.209 suicidios, un 22,6% más que el año anterior. Entre adolescentes y jóvenes, ya es la principal causa de muerte violenta.

Las cifras son necesarias para comprender la gravedad del problema y elaborar políticas públicas. Pero detrás del 14,2 hay catamarqueños con nombres, familias y proyectos interrumpidos.

El suicidio tiene múltiples causas. Influyen la depresión, la ansiedad, el aislamiento, las adicciones y la fragilidad de los vínculos. También pesan la falta de trabajo, las deudas, el empobrecimiento y la sensación de que ningún esfuerzo permite construir un futuro.

Funcionarios, dirigentes, intelectuales y comunicadores suelen refugiarse en estadísticas. El lenguaje técnico otorga autoridad y evita el compromiso con una vida concreta. Es más fácil prometer que la pobreza bajará algunos puntos que garantizar que un niño coma o que un joven encuentre una oportunidad.

Mientras tanto, el modelo neoliberal extrae nuestros recursos y concentra la riqueza. La deuda externa, el RIGI y la entrega de nuestros bienes perforan el balde: la riqueza se produce aquí y se derrama hacia afuera. En nuestra tierra quedan el ajuste, la frustración y la desesperanza.

La política debe medir la realidad y también mirarla a los ojos. Cada número contiene una vida. Recuperar esa conciencia es el comienzo de una convivencia responsable y solidaria.

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