En la historia que hoy quiero contarles, mis hijas tenían siete años la menor y nueve la mayor.
- El Ancasti >
- Opinión >
De ritos y celebraciones
Por Celia Sarquis.
Ya llevábamos unos años establecidas como hogar monoparental. Decidimos (bueno, en mi memoria lo tengo registrado como una decisión colectiva) irnos a pasar el fin de semana del día de la madre a la casa de campo, aprovechando la calidez de octubre.
Éramos las tres, como en casi todos los viajes de esa época, cantando a gritos las canciones patrias, la marcha de San Lorenzo, el Himno a San Martín, a Sarmiento, para quitarle solemnidad a los casi ciento cincuenta kilómetros de distancia.
Nos acompañaba Sacha, una perra cruza de ovejero con vayaasaberqué. Sacha tenia la costumbre de ladrar, con el mismo tono desaforado con que cantábamos los himnos, a cuanto caballo, vaca, perro aparecía en los márgenes de la ruta. Lanzaba toda su perrosidad sobre el lado donde lo veía, con tanta fuerza que me daba la sensación que lograba bambolear el twingo.
La casa de campo ofrecía, para mis objetivos maternales, mucho potencial. La casa era pequeña pero con un gran espacio verde alrededor, árboles y un río cálido lindero. Teníamos (todavía tenemos) un calefón a leña. No llegaba ningún tipo de señal de antena (hasta el día de hoy es igual), por lo que las actividades del día eran compartidas, cocinábamos juntas, nos recostábamos al anochecer a leer o jugábamos a las cartas y, también había margen para juegos propios: la menor, por ejemplo, coleccionaba insectos en potes con tapas que, a medida que pasaban los días, adquirían un olor espantoso.
El domingo del dia de la madre amaneció con un cielo de azul intenso. Nos despertaron, como siempre, las urracas, con sus chacreos. Las horas transcurrieron ralentizadas, calmas. Hasta que empezamos a preparar el almuerzo. Y nos quedamos sin gas en la garrafa. En esa época, había un solo lugar para buscar otra y definitivamente los domingos no abría, menos en un domingo celebratorio.
Decidimos hacer un picnic. Un picquinicqui. Tiramos un cubrecama sobre el pasto y empezamos a acarrear lo que teníamos a mano, jugos, galletas, quesos, frutas. La perra se echó al sol, a la par nuestra.
Tuve muchos domingos celebratorios. Pero jamás, un día de la madre tan gloriosamente imborrable como ese domingo.
