El caso conocido como el de los cinco de Central Park -retratado con crudeza y sensibilidad en la serie de Netflix “Así nos ven” (When They See Us)- no es solo una tragedia judicial. Es, sobre todo, una advertencia. Una advertencia brutal sobre lo que ocurre cuando el sistema penal abandona su función de garantía y se transforma en un dispositivo de validación del prejuicio, de la urgencia política y del castigo sin límites. Pero, aún más profundamente, es una evidencia dolorosa de por qué, cuando se trata de adolescentes, los cuidados no deben reforzarse; deben extremarse.
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Culpables necesarios
Por Rodrigo Morabito
Porque allí donde hay un adolescente, hay una subjetividad en formación, una identidad en construcción y una especial situación de vulnerabilidad frente al poder. Y allí donde hay poder estatal (policial, judicial, mediático) sin controles efectivos, el riesgo ya no es el error; es la devastación.
Los cinco adolescentes condenados en ese caso no solo fueron privados de su libertad. Fueron despojados de su voz, de su presunción de inocencia, de su derecho a ser oídos en condiciones de igualdad. Fueron, en definitiva, transformados en objetos de una narrativa que necesitaba culpables rápidos para calmar una sociedad atravesada por el miedo. Y en ese proceso, el sistema penal dejó de buscar la verdad; buscó cerrar el caso.
Ese es el primer gran peligro. Cuando el proceso penal se orienta a satisfacer demandas externas (mediáticas, políticas, sociales) y no a reconstruir hechos con rigor, las garantías dejan de ser un límite y pasan a ser un obstáculo. Y cuando eso ocurre frente a adolescentes, el daño se multiplica. Porque el adolescente no enfrenta al sistema en igualdad de condiciones. Su capacidad de comprensión, su resistencia a la presión, su madurez emocional, todo lo ubica en un lugar de mayor exposición.
Las confesiones obtenidas en ese caso -contradictorias, sin sustento fáctico, arrancadas en contextos de interrogatorios extensos y sin defensa adecuada- son un ejemplo paradigmático de ello. No se trató de prueba: se trató de construcción. Una construcción forzada, moldeada por quienes necesitaban una versión que encajara. Y el sistema judicial, lejos de actuar como contrapeso, validó esa ficción.
Aquí aparece el segundo gran problema: la ausencia de límites. El poder penal, cuando no es contenido por jueces y juezas comprometidos con su rol de garantes, tiende a expandirse. Y en esa expansión, puede arrasar con derechos, con trayectorias de vida, con proyectos enteros. Porque el sistema penal no es neutro. Tiene capacidad de producir daño estructural. Y cuando ese daño recae sobre inocentes, ya no hablamos de error; hablamos de violencia institucional en su forma más cruda.
El caso de los cinco de Central Park demuestra que no basta con que existan normas, tratados o principios. Si quienes deben aplicarlos no asumen activamente su función de control, esas normas se vuelven retóricas. El debido proceso no se vulnera solo cuando se lo desconoce abiertamente, sino también cuando se lo vacía de contenido a través de prácticas toleradas.
Y en el ámbito juvenil, esta exigencia es aún mayor. No se trata solo de evitar condenas injustas. Se trata de impedir que el paso por el sistema penal se convierta en una experiencia de aniquilación. Porque cada decisión (una detención, un interrogatorio, una valoración probatoria) tiene un impacto profundo en la vida de un adolescente. Y ese impacto puede ser irreversible.
Los años que estos jóvenes pasaron privados de su libertad no son recuperables. Pero hay algo aún más grave: la marca. La marca de haber sido señalados, condenados, estigmatizados. El sistema no solo los encerró: los definió. Y esa definición, aun después de su absolución, deja huellas.
Por eso, este caso debe ser leído no como una anomalía, sino como un espejo incómodo. Un espejo que interpela a todos los sistemas penales, en todas las latitudes. ¿Qué ocurre cuando la urgencia reemplaza a la prudencia? ¿Qué sucede cuando el prejuicio guía la investigación? ¿Qué rol asumen los jueces y juezas: el de validadores o el de garantes?
La respuesta a esas preguntas define la calidad democrática de un sistema de justicia.
Cuando se trata de adolescentes, no hay margen para la indiferencia ni para la negligencia. Cada garantía debe ser reforzada, cada intervención cuidadosamente medida, cada decisión profundamente justificada. Porque lo que está en juego no es solo la resolución de un caso: es la vida de una persona en formación.
El caso de Central Park nos recuerda, con crudeza, que el sistema penal puede ser una herramienta de justicia o una maquinaria de destrucción. La diferencia no está en la ley escrita, sino en los límites que quienes la aplican estén dispuestos a sostener.
Y cuando esos límites fallan, no hay reparación suficiente que pueda devolver lo perdido.