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Opinión

Cuando el miedo vive en casa

Por Rodrigo Morabito (*)

9 de junio de 2026 - 16:49

Hay violencias que duelen por el daño que provocan. Y hay otras que, además, conmueven por lo que rompen. Que un adolescente golpee a sus padres pertenece a esta última categoría. No solo hiere cuerpos; desarma la estructura misma del vínculo sobre el que se construye toda vida en sociedad. Durante mucho tiempo, estas situaciones fueron leídas como simples expresiones de rebeldía o crisis propias de la edad. Se las minimizó, se las ocultó, se las negó. Pero lo que ocurre en estos casos es otra cosa; es la irrupción de la violencia allí donde debería haber cuidado, contención y referencia.

Nada de esto aparece de un día para otro. La violencia filio-parental suele ser el resultado de procesos largos, silenciosos y acumulativos. Historias familiares atravesadas por tensiones no resueltas, límites difusos o inconsistentes, dificultades en la comunicación y, muchas veces, la ausencia de herramientas para gestionar emociones básicas como la frustración o el enojo.

Pero también hay algo más profundo. En muchos de estos casos se advierte una inversión de roles; los adultos dejan de ocupar su lugar de autoridad legítima y el adolescente comienza a ejercer el control. Ya no hay guía, hay negociación permanente. Ya no hay límites, hay temor a ponerlos. Y cuando el miedo se instala en el interior de una familia, el vínculo deja de ser un espacio de protección para convertirse en un territorio de disputa.

No se trata de culpabilizar. Ni a los padres ni a los hijos. Se trata de comprender que estamos frente a un fenómeno complejo, que interpela tanto a las dinámicas familiares como al contexto social en el que estas se desarrollan. Una época atravesada por la inmediatez, la baja tolerancia a la frustración, la hiperconectividad y, muchas veces, la soledad en la tarea de criar.

Sin embargo, comprender no puede implicar justificar. La violencia nunca es una respuesta válida. Y mucho menos cuando se dirige hacia quienes tienen la responsabilidad (y el derecho) de educar, cuidar y poner límites.

Por eso, estas situaciones requieren ser visibilizadas y abordadas. Romper el silencio es el primer paso. Pedir ayuda no es un signo de fracaso, sino de responsabilidad. Intervenir a tiempo puede evitar que el conflicto escale y que el daño se vuelva irreversible.

Porque cuando un adolescente golpea a sus padres, no estamos solo ante un acto de agresión. Estamos frente a un vínculo quebrado, a una autoridad desdibujada y a una familia que necesita ser acompañada antes de que la violencia se convierta en la única forma de relación posible.

Y porque, en definitiva, ninguna sociedad puede permitirse que el miedo habite en el lugar donde debería aprenderse, por primera vez, el sentido del respeto.

(*) Juez de Cámara de Responsabilidad Penal Juvenil de Catamarca. Profesor adjunto de Derecho Penal II de la Universidad Nacional de Catamarca. Miembro de la Mesa Nacional de Asociación Pensamiento Penal. Miembro del Foro Penal Adolescente de la Junta Federal de Cortes (Jufejus). Miembro de Ajunaf. Miembro de la Red de Jueces de Unicef.

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