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COLECCIÓN SADE

"Basura", de Eduardo Aroca: de la representación a la revelación

22 de abril de 2026 - 00:01

Martín Bormann

Presentar a Eduardo Aroca es presentar a alguien que no eligió un solo lenguaje, sino una forma de mirar y observar el mundo. Su obra atraviesa disciplinas como el dibujo, la pintura, la fotografía, la palabra y la arquitectura, todas ellas impulsadas por una incansable obsesión de rescatar la memoria de nuestro territorio.

Eduardo se designa como Catamarcano, hombre de montaña. Pienso que no solo representa el paisaje, lo habita. Lo camina como montañista, lo registra como fotógrafo y lo narra y lo describe como escritor. Su trabajo es íntimo, profundo, rústico, es estético y es también un gesto de compromiso con la identidad, con la cultura y con las historias que se desarrollan en lo profundo de nuestra tierra.

En “Basura”, muestra en Casa Caravati, Eduardo Aroca desplaza deliberadamente el eje de la obra desde la representación hacia la revelación. Lo que en una primera lectura podría inscribirse como una crítica a la lógica contemporánea del consumo y el descarte, se complejiza al situarse en un territorio donde el residuo deja de ser signo de agotamiento para convertirse en materia de producción simbólica.

En El Triky y la Irma, los desechos del consumo -objetos descartados y efímeros – devienen elementos rituales, organizados según una lógica íntima que los sustrae de su condición de residuo. La mirada de Aroca no se limita a evidenciar el costado oscuro del consumismo, sino que desestabiliza esa lectura como único marco posible, desplazándola hacia la construcción de formas singulares de identidad desde el margen. En este sentido, la obra dialoga con las derivas del arte contemporáneo que, desde experiencias como el Arte Povera, han puesto en crisis la noción tradicional de material y de valor en el arte. Sin embargo, a diferencia de esas experiencias, donde el artista opera sobre el residuo, en “Basura” el descarte ya llega cargado de sentido: no es un recurso formal, sino una condición existencial, un modo de habitar el mundo desde lo que queda.

Aquí no es el artista quien selecciona el residuo para incorporarlo a la obra, sino que son los propios sujetos -el Triky y la Irma- quienes construyen un universo simbólico con aquello que la sociedad abandona. Aroca no interviene: observa, registra y se sitúa. Su gesto no es de apropiación, sino de revelación. Así lo desechado se sublima: lo trivial deviene símbolo y la obra nos interpela a repensar qué queda en el umbral entre lo efímero y lo trascendente.

Pero también -y quizás también de forma más incómoda- nos obliga a preguntarnos qué dicen esos restos sobre nosotros mismos, sobre nuestras formas de consumo, de olvido y de pertenencia.

Relato del Negro Aroca (Artivista catamarcano)

“Cruzo el Ampatu por la quebrada La Cébila, rodeo el salar de Pipanaco (era un frondoso bosque de algarrobos) y llego al valle del Quimivil (actual Londres) y a Famayfil (actual ciudad de Belén), mientras pienso cómo aún no le devolvemos sus bellos nombres originales. Esta historia transcurre a la vera de RN 40, entre Belén y la vistosa frutal Londres. En medio del monte natural hay un único rancho, que se mantiene erguido, heroico y atardecido, mimetizado entre los árboles flacos, polvorientos y espinudos. Resiste al tiempo y al olvido bajo un antiguo taku.

Allí, en ese templo viven el Triky y la Irma.

El Triky, belicho de pura cepa, tenía un gran amigo en el Quimivil; este amigo, ya moribundo, le pide que se haga cargo de su mujer. Cumple su palabra y lleva a la Irma a vivir a ese rancho, donde construyen un mundo, un universo, que nada tiene que ver con lo que los rodea y nos rodea.

Todo es mágico allí.

Fuera del sistema, sin ingresos fijos ni formales, el Triky tiene una vieja bicicleta con el carro pintados de celeste. Todas las mañanas se va al Río de la Basura (conocido con ese nombre por obvias razones) a la altura del KM 4083, donde corre todo menos agua.

Como un duende recorre una a una las coloridas lagunas a lo largo del lecho, buscando el algo parecido a la magia. A medida que el sol baja, en su carro va subiendo una carga de duendes que le ponen música a la tardecita y lo acompañan a volver a ese rancho-templo donde lo espera la Irma bajo el taku, con una sopita y unos panes calentitos.

Bicicleta y carrito son custodiados por una banda de cusquitos que Londres y Belén descartan en el río. Cuando llegan los calurosos días del estío, esos duendes rescatados por el Triky, se le meten en el cuerpo y se despiertan todos los años después del Miércoles de C, cuando se desentierra el Pujllay y ahítos de alcohol, bailes y coplas, se empiezan a dormir el Domingo de Tentación, cuando a la fuerza meten al Pujllay en las fauces de la Pachamama, hasta el próximo año. La Comparsa de Belén lo cuenta entre sus más fervientes integrantes.

Hasta que un día el Triky no pudo reponerse a sus dolores. Murió en un hospital público, lejos de sus montañas y de su río, no el de la basura, sino de la Magia. Lejos de su bicicleta celeste y de su amada Irma…

Ella, dueña de los saldos y retazos de ese universo que crearon, sueña aún su regreso; ahora vive en la ciudad de Belén. Tuvieron que arrancarla de la poblada soledad de su rancho-templo. Todos los domingos la llevan para que cumpla el rito de barrer, limpiar, arreglar y mantener vivo ese universo, esperando escuchar el crujir de la bicicleta y la alegría de los cusquitos.

El Triky y la Irma.

Gracias por enseñarme que existe otro universo donde no se necesita nada más que amor. Perdón por abrir las puertas de ese mundo que es solo de ustedes, pero era necesario.

Sería mezquino decir que esto es arte fotográfico. Es una historia, un documento, un testimonio, un manifiesto para darle una intención y una interpretación, que toca nuestros corazones.

Es la otra Catamarca, la profunda, la oculta.

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