El reciente informe de Argentinos por la Educación sobre los resultados de la escuela primaria ofrece para Catamarca una imagen que no es completamente negativa, pero que tampoco admite triunfalismos. La buena noticia es que el sistema ha mejorado su capacidad para sostener las trayectorias escolares. Pero, al mismo tiempo, persiste una dificultad mucho más compleja, como es conseguir que la permanencia en la escuela se traduzca efectivamente en aprendizajes. Esa diferencia es, quizás, la cuestión central que Catamarca debería discutir.
Todavía existe una brecha demasiado grande entre estar escolarizado y aprender lo que corresponde en el trayecto pedagógico. Y esto debe ser puesto en debate. Todavía existe una brecha demasiado grande entre estar escolarizado y aprender lo que corresponde en el trayecto pedagógico. Y esto debe ser puesto en debate.
El Índice de Resultados Escolares busca justamente combinar esas dos dimensiones: la trayectoria de los estudiantes y los aprendizajes alcanzados. No se limita a preguntar cuántos chicos llegan a sexto grado, sino cuántos lo hacen en el tiempo esperado y con conocimientos satisfactorios en Lengua y Matemática. En el caso catamarqueño, el dato sobre las trayectorias resulta alentador. La enorme mayoría de los chicos que ingresan a primer grado consigue llegar a sexto en el tiempo correspondiente, sin repetir ni abandonar. Durante décadas, buena parte de la discusión educativa estuvo concentrada en el abandono, la repitencia y la exclusión. Haber avanzado en ese terreno constituye un logro que debe ser reconocido y sostenido. Pero la pregunta que sigue se vincula directamente con el aprendizaje durante esos seis años. Allí aparece la otra cara de la realidad.
Cuando a la trayectoria escolar se le incorpora el desempeño académico medido por las pruebas Aprender 2025, los resultados no son buenos: apenas 43 de cada 100 alumnos catamarqueños que terminaron la primaria alcanzaron los aprendizajes esperados en Lengua y Matemática. Es decir, todavía existe una brecha demasiado grande entre estar escolarizado y aprender lo que corresponde en el trayecto pedagógico de seis años. Y esto debe ser puesto en debate.
Variables de la calidad educativa
Durante mucho tiempo, las discusiones en el ámbito de la educación, protagonizadas por gremios y el Ministerio, quedaron atrapadas entre dos cuestiones indiscutiblemente importantes: los salarios docentes y la infraestructura escolar. Ambas deben formar parte de cualquier política educativa seria. Un docente mal remunerado, desvalorizado o sometido a condiciones laborales inadecuadas difícilmente pueda desarrollar plenamente su tarea. Y una escuela sin condiciones edilicias dignas tampoco puede ofrecer el ambiente que necesitan los estudiantes. Pero sería un error suponer que resolver exclusivamente esos problemas solucionará automáticamente el déficit de aprendizajes.
La calidad educativa depende de variables que exceden lo salarial y lo edilicio. Deben analizarse en profundidad otras, como la formación docente continua, las prácticas de enseñanza efectivamente desplegadas en el aula, los tiempos reales dedicados a la lectoescritura y al pensamiento lógico-matemático y la capacidad del sistema para detectar tempranamente a quien se atrasa y acompañarlo, entre otras. Estas dimensiones requieren de decisiones de política educativa sostenidas en el tiempo y una cultura institucional que ponga el aprendizaje, y no solamente la asistencia, en el centro de la gestión escolar.
Es imprescindible, en consecuencia, generar un ámbito institucional de debate genuino sobre la calidad de los aprendizajes, que convoque a todos los actores de la vida escolar y que fije metas concretas, indicadores de seguimiento y plazos verificables.
Un diagnóstico con contexto
Los expertos advierten que se requiere de un diagnóstico multidimensional que vaya más allá del dato puntual. Y que es necesario analizar elementos del contexto educativo como la brecha urbana-rural, el acceso a la conectividad, y el nivel socioeconómico de los hogares de origen, factores que inciden sobre las posibilidades reales de aprendizaje. También merece un análisis la disparidad de recursos entre escuelas, una desigualdad que muchas veces queda invisibilizada detrás de un promedio provincial único. Ese diagnóstico exige el reconocimiento de que ningún actor aislado de la vida educativa tiene por sí solo la respuesta completa a los desafíos planteados. De ahí la necesidad de una convocatoria plural, que involucre a los funcionarios de Educación, docentes, directivos, familias y estudiantes, y que sume la visión de especialistas en pedagogía, de la Universidad Nacional de Catamarca y de organizaciones de la sociedad civil, con el objetivo de que sus conclusiones trasciendan las gestiones políticas de turno y se conviertan en políticas de Estado.
Experiencias que ya existen y que merecen discutirse
Ese debate debe orientarse, además, en función de experiencias exitosas, tanto internacionales como locales, en lugar de partir de cero cada vez que se aborda la cuestión educativa. Catamarca cuenta con antecedentes de gestión que merecen ser estudiados y, en su caso, ampliados. El sistema educativo del municipio capitalino viene desarrollando en los últimos años una batería de iniciativas de avanzada: los Exámenes Cambridge en formato digital, el Programa Municipal de Inglés, el Programa de Fortalecimiento para la Educación Inclusiva, la capacitación continua en Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), los Centros de Estimulación de la Infancia y Familia, el Operativo Municipal de Evaluación, y la incorporación de robótica, programación y competencias digitales.
Ninguna de esas experiencias, sumadas a otras nacionales e internaciones probadamente eficaces, tomadas de manera aislada, resuelve por sí sola una brecha de aprendizajes que es estructural. Pero constituyen, en conjunto, un capital que debería formar parte de cualquier discusión seria sobre cómo mejorar los resultados escolares en la provincia.
Entre los múltiples frentes que un debate educativo integral debería abordar, dos aparecen como prioritarios a la luz de los resultados del informe. El primero es la consolidación de la lectocomprensión temprana y del pensamiento lógico-matemático en el nivel primario, aprendizajes de base sobre los que se construye todo el trayecto educativo posterior. Un chico que llega a sexto grado sin haberlos consolidado arrastrará esa deuda a lo largo de toda su escolaridad secundaria. El segundo es la formación docente, esto es, la capacitación continua pero también la valoración del rol docente y la disponibilidad de recursos didácticos en las aulas.
El IRE 2025 debe valorarse como una herramienta de diagnóstico que exige respuestas, no un veredicto sobre culpables. La mejora en la retención escolar demuestra que Catamarca es capaz de sostener políticas efectivas, pero el desafío ahora es aplicar esa misma capacidad de gestión al problema, más complejo, de los aprendizajes.
Convocar a mesas de diálogo o a foros provinciales de educación, donde se escuchen voces diversas, es el punto de partida indispensable para que la próxima edición de este informe muestre, junto a la retención escolar que Catamarca ya logró garantizar, una mejora equivalente en los aprendizajes.