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Opinión

9 de julio: la independencia que estamos olvidando

Por Federico Gallo.

9 de julio de 2026 - 14:23

Hace apenas unos días, el 4 de julio, Buenos Aires fue escenario de una postal que, hace algunos años, habría resultado impensada. El Obelisco se iluminó con los colores de la bandera de Estados Unidos y cientos de drones dibujaron en el cielo la bandera norteamericana, la Estatua de la Libertad y otros símbolos de ese país. El espectáculo, organizado en el marco de los festejos por los 250 años de la independencia estadounidense —el programa internacional denominado “Freedom 250”— contó con la autorización y el acompañamiento del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que encabeza Jorge Macri. No fue un acto menor ni una simple ceremonia diplomática: fue una puesta en escena de gran despliegue en el corazón simbólico del país.

No estamos hablando de una pequeña recepción en una embajada ni de una placa conmemorativa. Estamos hablando del Obelisco, uno de los símbolos urbanos más reconocibles de la Argentina, convertido por una noche en escenario de una celebración patria extranjera. Drones, luces, música, producción técnica y una estética pensada para generar impacto visual y emocional. Todo eso en un espacio público que representa, para millones de argentinos, parte de nuestra propia identidad nacional.

Lo más llamativo, sin embargo, no fue el espectáculo, fue nuestra reacción.

Hubo críticas en redes sociales, sí. Algunos expresaron su incomodidad. Pero, en términos generales, la sociedad lo naturalizó. Muchos lo celebraron, otros simplemente lo dejaron pasar. Como si homenajear con semejante despliegue la independencia de otra nación en el centro de Buenos Aires fuera algo completamente normal. Y tal vez ahí esté el síntoma más profundo de un cambio cultural que venimos atravesando desde hace años.

Hoy, apenas cinco días después, es 9 de Julio. El Día de la Independencia Argentina. Y el contraste duele. Mientras hace menos de una semana se desplegaban drones, luces y una producción millonaria para celebrar una fecha patria ajena, hoy cuesta encontrar una escarapela prendida en el pecho de los argentinos. Esa costumbre que durante décadas fue casi automática —en las escuelas, en las oficinas, en los comercios, en los colectivos— parece haberse ido apagando lentamente.

Nos acostumbramos a admirar lo extranjero y a relativizar lo propio.

Esperamos el Black Friday con más entusiasmo que el 25 de Mayo. Preparamos Halloween con más dedicación que el Día de la Tradición. Repetimos palabras en inglés como sinónimo de modernidad y consumimos modelos culturales importados como si fueran el único camino posible hacia el progreso. Y así, casi sin darnos cuenta, empezamos a sentir más cercanos los símbolos ajenos que los nuestros.

No se trata de estar en contra de Estados Unidos. Se trata de preguntarnos por qué una celebración extranjera puede movilizar semejante despliegue y generar tan poca discusión, mientras nuestras propias fechas patrias pierden cada año presencia en la vida cotidiana. La independencia no se debilita solamente cuando un país resigna decisiones económicas o políticas. También se erosiona cuando una sociedad deja de emocionarse con su bandera, con sus héroes y con su historia.

Porque las colonias del siglo XXI ya no necesitan ejércitos. Les alcanza con consumidores que admiran todo lo ajeno y consideran anticuado todo lo propio. Y tal vez esa sea la verdadera pregunta de este 9 de Julio: no si podemos celebrar la amistad con otras naciones, sino si todavía conservamos la voluntad de defender nuestra propia identidad cultural.

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