A un catamarqueño muy poco conocido -mucho menos reconocido- por la historia oficial, le debe la Argentina la difusión con cierto grado de detalle de los estragos que la fiebre amarilla causó en Buenos Aires en 1871. Mardoqueo Navarro, un comerciante que había nacido en San Fernando del Valle de Catamarca en 1824 pero que vivía en la ciudad portuaria, fue quien recopiló día por día las crónicas de aquella epidemia que causó alrededor de 15.000 muertos (el 8 por ciento de los que entonces vivían en esa ciudad), relatando, a través de sus notas de prensa, lo que las autoridades escamoteaban del conocimiento público.
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Lecciones de la historia
La fiebre amarilla cobra actualidad otra vez hoy por una doble razón: porque es imposible sustraerse de una paralelismo con el avance del coronavirus, al margen de las diferencias históricas, y porque el mosquito transmisor de aquella enfermedad es el mismo que hoy transmite el dengue: el aedes aegypti.
La epidemia del siglo XIX nos ha dejado gracias a Navarro- numerosas enseñanzas, nacidas casi todas ellas de los errores y negligencias cometidas por las autoridades de la época en el manejo de la emergencia. Porque, aunque había conocimiento de los casos que afectaban a países limítrofes y los riesgos de grandes concentraciones, las autoridades se negaron a suspender los festejos de carnaval en febrero de 1871. Además, y pese a que se estableció una cuarentena al puerto de bancos provenientes de Brasil y Paraguay, el entonces presidente de la Nación, Domingo Faustino Sarmiento, permitió el ingreso de dos de ellos sin que se diera explicaciones oficiales por la medida.
A partir de ese momento, los casos de fiebre amarilla se dispararon de manera alarmante. Sin embargo, las autoridades municipales y nacionales seguían sin dar a conocer el número de enfermos, desoyendo los consejos de los especialistas. Había días, según los reportes de Navarro, en los que murieron más de 500 personas.
En marzo se desata el caos, las autoridades nacionales, con Sarmiento a la cabeza, y las provinciales con asiento en Buenos Aires se van de la ciudad y hay un enorme vacío de poder. Los vecinos se reúnen y eligen una Comisión Popular de Salud Pública. El diario La Nación denuncia que Sarmiento huye en un tren "junto con 70 zánganos". Mardoqueo Navarro escribe, desolado pero firme en su tarea: "Los negocios cerrados, calles desiertas. Faltan médicos, muertos sin asistencia. Huye el que puede. Heroísmo de la Comisión Popular...".
En la actual coyuntura, el país parece enfrentar el desafío de una enfermedad de contagio masivo con la lección de la fiebre amarilla aprendida. Es cierto, con otras herramientas médicas y científicas en la mano, pero también con los riesgos de la globalización que hace un siglo y medio no existían.
De todas maneras, habrá que esperar que la pandemia pase con sus secuelas de muertos y devastación económica para obtener las lecciones de la historia que sirvan para resolver los desafíos del futuro.