El hecho político más significativo precipitado desde un partido político en los últimos años fue la alianza con el PRO liderado por el actual presidente Mauricio Macri que la Convención de la Unión Cívica Radical decidió en Gualeguaychú en marzo de 2015. La posición del entonces presidente del partido, Ernesto Sanz, se impuso sobre la propuesta del ex vicepresidente Julio Cobos, favorable a un pacto con Sergio Massa. Esto es: el radicalismo se convocó institucionalmente en Gualeguaychú para determinar a quién le entregaba su candidatura presidencial.
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El peronismo y el espectro radical
La UCR resolvió su prolongada crisis por vía de la resignación. Admitía su incapacidad para alumbrar liderazgos con influencia suficiente para llenar el vacío dejado por el ex presidente Raúl Alfonsín y delegaba en un foráneo. La inconclusa y trágica presidencia de Fernando de la Rúa, a la que había accedido en 1999 en alianza con una escisión del peronismo, el FREPASO, no había hecho más que confirmar esta impotencia. Encima, luego los frepasistas se reciclaron en el kirchnerismo, mientras los radicales pronunciaban una decadencia que su condición de socios del macrismo ha ralentizado pero no puede darse, por ahora, por terminada.
El destino de la intervención del Partido Justicialista, entregada al sindicalista Luis Barrionuevo, es incierto. Sin embargo, aún cuando no prospere, es emergente de la profunda crisis que atraviesa el peronismo y de las severas dificultades que tiene para superarla.
El control de los resortes institucionales del partido tiene alcances políticos muy circunscriptos. No puede negarse su importancia, pero considerarlo determinante es excesivo, más si se tiene en cuenta lo mucho que falta para la contienda presidencial.
Cristina Fernández de Kirchner, sin ir demasiado lejos, se ubicó en las elecciones del año pasado, como candidata a senadora nacional por la provincia de Buenos Aires, segunda muy cerca del candidato de Cambiemos con Unión Ciudadana, a abismal distancia del postulante del PJ, Florencio Randazzo, a quien le negó la posibilidad de enfrentarla en primarias.
Otro ejemplo: en las legislativas nacionales de 2005, en Catamarca, el Frente para la Victoria logró ganarle por primera vez al FCS, y el PJ local, por entonces en manos casualmente del flamante interventor Barrionuevo, quedó tercero.
Caído el kirchnerismo, la partidocracia justicialista se siente acechada por el espectro de la debacle radical.
Precedente
En 1983, el peronismo cayó en elecciones por primera vez en su historia ante Alfonsín. La anacronía de la burocracia pejotista neutralizó el poder convocante que tenía la identificación con las figuras de Perón, Evita y el resto de los componentes de la mitología peronista. La propuesta del Justicialismo incluía la amnistía a los delitos de lesa humanidad perpetrados por la dictadura. A Alfonsín le resultó muy eficaz la denuncia de un pacto militar-sindical para garantizar la impunidad.
Derrotado sin atenuantes, el peronismo inició una trabajosa reinvención, en la que la muñeca política de Vicente Leonides Saadi tuvo gravitación definitoria. Ese proceso se desarrolló dentro del partido, con picos de fuerte tensión y hasta violentos. Su punto de resolución fue la interna de 1989 entre las fórmulas presidenciales Carlos Menem-Eduardo Duhalde y Antonio-Cafiero-José Manuel de la Sota. Ganaron los primeros y el peronismo copó la Casa Rosada solo seis años después de su caída en las urnas.
La incógnita ahora es si el peronismo está, con el PJ intervenido o no, en condiciones de restaurarse como en los ’80. O mejor: si el PJ es el ámbito idóneo para la conformación de una alternativa a Macri.
Remitirse a la saga radical es pertinente porque su resultado provisorio es un presidente no-radical consagrado del maridaje entre una estructura electoral de alcance nacional -como es el PJ- incapaz de generar una alternativa competitiva y un partido municipal cuya existencia sin Macri era hasta 2015 inverosímil.
La tragedia del llano
Menem fue Presidente durante una década. Que no intentara un tercer mandato fue menos por el imperativo constitucional que lo impide, que por la imposibilidad de imponerle la maniobra al bonaerense Eduardo Duhalde sin que desertara.
De la Rúa cayó en 2001 arrastrado por el estallido del régimen de Convertibilidad. La incompetencia del radical es incontrastable.
Duhalde, jefe del peronismo bonaerense, vencido dos años antes, se hizo con la Presidencia en 2002. Los costos políticos del ajuste que implementó para encajar la economía desmadrada le impidieron seguir, como quería. Maniobró para llevar a la Casa Rosada a Néstor Kirchner, que asumió en 2003 y creó el kirchnerismo, movimiento que lo sobrevivió.
El PJ no tuvo incidencia alguna en el ascenso de Duhalde, quien se encargó de cerrar el camino a internas para definir su sucesor. El PJ participó en 2003 balcanizado en tres ofertas: Menem, Kirchner y Adolfo Rodríguez Saá.
Tampoco fue de importancia el rol del partido en la conformación del kirchnerismo.
Vale decir que la última vez que la institución partidaria PJ generó un hecho político con la proyección imprescindible para llevar al peronismo al poder fue en el ’89, con la interna Menem-Cafiero. En 2001, el peronismo accedió a la Presidencia a través del sistema dispuesto para el caso de acefalía. Desde la Presidencia articuló para el encumbramiento de Kirchner, quien a su turno se sirvió de los instrumentos de la Presidencia para conformar su movimiento epónimo, prescindiendo del PJ.
No es desatinado concluir que, en realidad, la crisis del PJ es tan añeja como la de la UCR, pero estuvo disimulada porque dirigentes de identidad peronista indiscutible fueron presidentes, cargo que de inmediato las proveía la titularidad, en sus propias personas o a través de vicarios, del partido.
Lo novedoso, y angustiante para los peronistas, es que Macri no es De la Rúa y que las posibilidades de un estallido desestabilizador como el de diciembre de 2001 son demasiado remotas. La salida anticipada de Cambiemos con que soñaban los kirchneristas ya no será. La alternativa debe armarse desde el llano.
¿Podrá hacerlo el justicialismo? Los radicales no pudieron.
Pronóstico reservado
Lo dicho no supone pronósticos. Habrá que ver qué pasa. Sin embargo, la intervención del PJ, fundada por la jueza María Romilda Servini de Cubría en argumentos al menos caprichosos, parece ser más hojarasca que otra cosa: nuevo manoseo a una sigla más manoseada que poroto de truco.
Es oportuno aquilatarlo, porque la irrupción de Barrionuevo en la sede partidaria ha disparado comparaciones discutibles con la situación de Lula, preso en Brasil.
Estos paralelismos omiten que Lula fue batido tres veces antes de llegar a la Presidencia brasileña y que su partido, el PT, tiene una solidez y un dinamismo de los que el PJ carece. Esa solidez es manifiesta en la potencia electoral de Lula, cuyas chances de volver a ganar, si lo dejan competir, son más que probables. El poder de Lula y el PT sí fue producto de una larga construcción desde el llano, lo cual no se consigna para desmerecer al peronismo, que sus luchas tiene, sino para tratar de despojar al análisis de interpretaciones forzadas.
Aparte, en la Argentina Cambiemos ganó la Presidencia en elecciones limpias y volvió a ganar inobjetablemente en el medio término; Dilma Rouseff, alter ego de Lula, fue en cambio derrocada por un golpe palaciego y su sucesor, Temer, se debate en una crisis política que no tiene correlato en la Argentina.
El PT es, en Brasil, herramienta política de eficacia tal que sus adversarios se ven obligados a encarcelar a su principal figura. Mucho camino debe recorrer la dirigencia peronista para que el PJ sea algo por el estilo.