miércoles 3 de junio de 2026
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Belleza y fealdad

Rodrigo L. Ovejero

En abril de 1943 se publicó por primera vez “El Principito”. Desde entonces la obra alcanzó popularidad universal, convirtiéndose en uno de los libros más leídos de la historia. Entre sus muchas ideas interesantes hubo una en particular que recordé por estos días, por otra lectura reciente, y es aquella frase que señala que lo esencial es invisible a los ojos. Su autor, Antoine de Saint-Exupéry, hacía alusión con ello al hecho de que no importa tanto nuestra apariencia, sino nuestra naturaleza. Desde entonces dicha máxima ha sido recordada por innumerable cantidad de personas poco agraciadas en sus empresas de seducción, con suerte dispar.

Pero la frase ha venido a mi memoria porque hace poco leí una colección de relatos de ciencia ficción escritos por Ted Chiang, y entre ellos había uno cuya premisa me resultó muy interesante. En el cuento en cuestión, titulado “¿Te gusta lo que ves?” las personas viven en un futuro en el que pueden, mediante un implante cerebral, dejar de percibir la belleza o la fealdad de las otras personas, pudiendo de tal manera relacionarse sin prejuicios, sin discriminar por factores estéticos. Ese es un mundo en el cual no solo lo esencial es invisible a los ojos, sino también lo superficial. A pasitos de la ceguera total, en definitiva.

Como podrá adivinar el lector a estas alturas, ni Saint-Exupéry ni Chiang son lo que se dice lindos, por lo que puede empezar a adivinarse una tendencia en ese dato.

Pero más allá de las condiciones físicas de ambos autores, la idea no deja de resultar original en un mundo en el cual las condiciones físicas de las personas acrecientan o disminuyen sus posibilidades de éxito en la vida, según sea el caso. Por lo general, una persona de cierta belleza encuentra mayores facilidades en su vida cotidiana que aquellos que no han sido tan afortunados en la lotería genética. Esto no se reduce al ámbito amatorio, además, las personas se predisponen mejor ante la belleza que ante la fealdad en cualquier circunstancia, ya sea por un imperativo biológico o cultural, o por una mezcla de ambos. En mi grupo teníamos un amigo, por ejemplo, muy pintón, al cual los trámites administrativos casi que se le hacían solos, mientras los demás bregábamos sin cesar ante los incontables obstáculos de la burocracia. Todo el grupo dejó de ser amigo de él al cabo de un tiempo. Fue necesario, nos hacía ver todavía más feos de lo que somos en verdad.

Esta teoría se ve reforzada por algunas expresiones artísticas de la más diversa índole. En 1962 Los Pick-Ups grabaron su éxito “Que se mueran los feos”. Incluso hay una novela de Boris Vian con el mismo nombre (anterior a la canción, no es que Vian escuchaba a Los Pick-Ups). A la fecha, y al menos de mi conocimiento, no hay una canción o un libro que les desee la muerte a la gente linda, lo cual es otro dato imposible de pasar por alto.

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