Cuando se habla del grave problema del consumo de drogas, generalmente se pone el foco del análisis en las drogas ilegales, las graves secuelas que genera y su asociación inevitable con las bandas delictivas que las comercializan.
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Empastillados
Pero se habla –y se analiza- mucho menos del fenómeno relacionado con el consumo de drogas legales, que si bien en algunos casos está montado en la clandestinidad, también se sustenta en mecanismos de legalidad que tienen a profesionales médicos como vehículos autorizantes.
El problema no está mensurado cabalmente, pero algunas cifras conocidas cuando se celebró el pasado 7 de abril el Día Mundial de la Salud –este año centrado en la enfermedad de la depresión- permite al menos dar una idea del impacto del consumo de drogas legales: alrededor de ocho millones de personas consumen en nuestro país psicofármacos para tratar problemas como los nervios, las ansiedades, el insomnio, la depresión u otros trastornos de orden psicológico.
Es decir que prácticamente uno de cada tres argentinos adultos apelan a estas drogas, que adquieren a través de recetas confeccionadas por profesionales de la medicina, para sobrellevar los conflictos que encuentran en su vida diaria.
Hay también un circuito ilegal que abastece a jóvenes y adolescentes, que utilizan los psicofármacos para lograr, por ejemplo combinándolos con alcohol o bebidas energizantes, efectos similares a los que logran con el consumo de drogas ilegales. Se trata de procedimientos muy destructivos para el organismo y peligrosamente adictivos.
Pero el componente de adicción también suele estar presente en el consumo autorizado por médicos, que suelen comenzar como un tratamiento para atacar patologías puntuales y terminan convirtiéndose en una necesidad para el organismo.
Los psicofármacos son sustancias químicas que no deben subestimarse. Actúan meramente sobre los síntomas, pero no resuelven los problemas psicológicos de las personas, y el consumo prolongado termina haciendo estragos sobre el organismo.
Según datos de la Confederación Farmacéutica Argentina (COFA), los psicofármacos representaron en el 2016 el 15,02% del mercado total del medicamento, mientras que la venta de antidepresivos el año pasado creció un 3,28% en comparación con 2014.
Laura Raccagni, coordinadora del Observatorio de Salud, Medicamentos y Sociedad de COFA, analiza el problema desde una perspectiva que debe tomarse en cuenta: "Somos muy afectos a la automedicación y pensamos que lo que le hace bien al otro nos va a hacer bien a nosotros. Muchas veces la toma de antidepresivos responde a una presión social que no admite que la gente esté triste. No admite, por ejemplo, que la gente haga el luto ante una pérdida. Hay un mandato para estar exultante. Hay una trivialización de la toma de medicamentos. Se recurre a ellos como si fuera un atajo para ser feliz".
El consumo de psicofármacos de manera prolongada o abusiva genera más problemas que soluciones y no hace otra cosa que enmascarar los problemas de fondo que no se resuelven con medicamentos. Por eso buscar la felicidad o el bienestar físico y psicológico en pequeñas cápsulas o pastillas es un error que suele pagarse caro.