martes 18 de junio de 2024
|| CARA Y CRUZ ||

Otra etapa, otras expectativas

Por Redacción El Ancasti
Habrá que esperar el desarrollo de los acontecimientos, pero la nueva etapa que abre el reemplazo de Julio César "Suri” Gutiérrez en la Jefatura de la Policía de la Provincia renueva expectativas sobre un viraje en las políticas de seguridad oficiales para, si no es posible revertir la tendencia creciente del delito, al menos la detengan. No es que el desempeño de Gutiérrez haya sido malo. Por el contrario, fue bastante más rescatable que el de sus predecesores, pero las ostensibles diferencias que mantenía con el secretario de Seguridad, Marcos Denett, enrarecieron la relación de tal modo que tornaron utópica la aplicación de políticas eficaces de combate a la inseguridad. En el terreno concreto de los hechos y la administración de las fuerzas de seguridad, Gutiérrez, que asumió en 2013 tras una crisis detonada por los asesinatos, con 72 horas de diferencia, de Celeste Judith Moreno y María Condorí, desarrolló su gestión con mediana sintonía con la gestión como secretario de Seguridad de Juan Pablo Morales. Esta armonía se rompió cuando Morales fue reemplazado, en marzo del año pasado, por Denett. 







Desde entonces, la interna fue en escalada. Tiempo pasado: el Gobierno la ha resuelto con el retiro de Gutiérrez. En teoría, la decisión política apunta a distender los vínculos entre la Policía y la Secretaría de Seguridad a los fines de una mejor coordinación de tareas. Es de suponer que el nuevo jefe de Policía, Orlando Antonio Quevedo, fue encumbrado con el consenso de Denett, y que, por lo tanto, la agenda de la lucha contra la criminalidad dejará de estar salpicada con rumores y noticias de reyertas. En última instancia, se trata de una nueva oportunidad que el Gobierno otorga a Denett. Con el cambio, el margen del funcionario para justificar la falta de resultados se reduce significativamente. Entre los logros de "Suri” Gutiérrez se cuentan los operativos, grandes y chicos, contra la comercialización de drogas. El de los estupefacientes es el frente más crítico que desafía a la política de seguridad provincial, no solo en lo que se refiere a la comercialización propiamente dicha, sino en la incidencia que tiene en el delito en general. 







Más que los hechos de alto impacto o los golpes de gran envergadura económica, lo que abunda en Catamarca son ataques en los que se destaca la desproporción entre la violencia que emplean los agresores y lo magro de los botines que obtienen, trátese de meros arrebatos o de asaltos, en la vía pública o en domicilios particulares. En casi todos los casos, los involucrados accionan bajo los efectos de estupefacientes o enajenados por la ansiedad de la abstinencia de drogas y la necesidad de conseguirlas que dispara. Cuando se objeta la recurrencia y persistencia de los delitos, la Policía señala que los delincuentes que consigue capturar deben ser liberados casi de inmediato, al margen de los antecedentes que tengan. Esta facilidad para eludir sanciones, que escapa a las responsabilidades específicas de la Policía, se concatena con la ausencia de un sistema abocado a atender el flagelo de las adicciones en forma integral. La Secretaría de Seguridad, hipotéticamente, fue jerarquizada para conjugar los diferentes elementos que concurren en el fenómeno de la criminalidad, de los cuales la represión y prevención del delito forman parte, pero no lo agotan. Al reformatear la conducción de la Policía, el Gobierno eliminó el factor de las internas que obstaculizaba, según se decía, el perfeccionamiento de las políticas de seguridad pública. Se abre otra etapa, ojalá alumbre resultados mejores de los obtenidos hasta ahora.
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