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|| CARA Y CRUZ ||

Droga negra

24 de agosto de 2016 - 04:04 Por Redacción El Ancasti
El violento incidente que se registró ayer en el barrio Magisterio, sobre cuyos detalles se informa entre las páginas 6 y 8 de esta edición, marca los riesgos de bajar la guardia ante el flagelo de las drogas y su brutal incidencia en el fenómeno de la inseguridad. Juan Marcelo Vizcarra y Walter Fabián More ingresaron en la casa de una pareja vecina "dados vuelta” por el efecto de estupefacientes y perpetraron un salvaje ataque que incluyó la violación de la mujer en presencia de su hijo, la amenaza al hijo, el apuñalamiento en distintas partes del cuerpo del hombre y el degüello de un perro. La peligrosidad de los agresores surge de sus antecedentes penales: violencia y violencia de género, robos, drogas. Las hipótesis de la investigación transitan por un posible ajuste de cuentas, el desenfreno de los criminales adictos porque las víctimas no les daban los tóxicos que les requerían, porque no los tenían o porque los atacantes no podían pagarlos, o un reventón caprichoso de agresividad producto de neuronas aniquiladas. Cualquiera sea el caso, la presencia de la droga en el episodio está tan confirmada como el hecho de que dos sujetos que representan una amenaza andaban sueltos. No fue una masacre de pura chiripa. Es imposible no remitirse a otros hechos policiales mortales cometidos por adictos. 




El joven Leandro Centeno, por ejemplo, fue torturado y asesinado por los hermanos Delgadino por diferencias en torno a una moto robada; los Delgadino se degradaron en el salvajismo descerebrados por el consumo de drogas. También fue drogado que Darío Castro mató e incineró junto con un auto a la maestra Fabiana Aranguez; ya en prisión, Castro se suicidó. Drogado, Damián "Bebe” Cano asesinó a María Eugenia Rojas y a Susana Aguilar y quemó sus departamentos con el propósito de confundir a los investigadores. A Miguel Ángel Apaza lo ultimaron a tiros los hermanos Gordillo en un "ajuste de cuentas” por litigios en el mercado de robos y tráfico de drogas al menudeo. El resultado de las indagaciones en el caso Magisterio permitirá saber si corresponde ubicarlo en el grupo de los ataques devenidos del desequilibrio particular de un enfermo o en el de los enfrentamientos entre pandillas de marginales. No es necesario esperar el desenlace de la investigación, en cambio, para concluir que en este asunto de las drogas nadie está exento de convertirse en víctima, ya sea por la agresión de algún pobre infeliz, como bien lo sabe quien ha sufrido los arrebatos o asaltos violentos de adictos desesperados por obtener dinero para comprar drogas, o por quedar en medio de reyertas criminales que se resuelven con métodos expeditivos, cuyo grado de brutalidad tiene por objetivo aleccionar a los contrincantes.




El caso es que el negro con que las drogas y su submundo tiñen el clima social va ganando en intensidad a pesar de los promocionados "golpes” que las fuerzas de seguridad asestan cada tanto a traficantes chicos, medianos y grandes. Si en los antecedentes mencionados podrían los encargados de velar por la seguridad de los catamarqueños esgrimir en su defensa que se resolvieron, en el caso Magisterio es un elemento significativo que la salvajada fue ejecutada por dos sujetos peligrosísimos, con frondosos antecedentes. Quizás sea pertinente, aparte de la obvia revisión de las leyes que regulan excarcelaciones y penas, comenzar a avanzar en ajustes en la prevención y en un sistema de seguimiento estricto de quienes delinquen. Es a todas luces suicida continuar conformándose con golpes de efecto y el esclarecimiento de obviedades. Ya no se trata solo del crecimiento de la marginalidad y la expansión de los códigos lúmpenes: son miles de catamarqueños en estado de indefensión.
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