El centralismo en el ejercicio del poder, que no
existe en el texto constitucional pero sí en la práctica política de la
Argentina, es un estigma de la época. La democracia recuperada en 1983 no ha
podido resolver el déficit de autonomía que padecen los Estados provinciales.
Peor aún, la dependencia respecto del poder central se ha ido profundizando
hasta alcanzar, en la actualidad, niveles asfixiantes.
Las paritarias docentes son una prueba de ello.
Ninguna provincia pudo avanzar demasiado en las negociaciones con los gremios
docentes hasta que el Gobierno nacional, que no posee sistema educativo, acordó
la suya.
Pero hay muchos más emergentes de esta realidad
oprobiosa. En estos días se suceden numerosas reuniones entre representantes de
las provincias –gobernadores, ministros, legisladores, intendentes- y
funcionarios nacionales. La preocupación de los representantes de las
jurisdicciones respecto de cierta paralización que se registra en la actividad
económica en el interior del país solo puede encontrar respuestas en los
despachos oficiales del gobierno central.
Es que un altísimo porcentaje de las políticas que
se aplican en las provincias dependen del financiamiento nacional. Si desde
Buenos Aires no hay voluntad política para girar los fondos que activen la
paralizada obra pública o regularicen el funcionamiento de programas sociales,
culturales, de salud, educativos o productivos, los gobernadores e intendentes
deberán limitarse a administrar la pobreza con los escasos fondos de los que
disponen por coparticipación federal o recaudación propia.
La retracción de la actividad económica impacta en
los montos coparticipables y en la recaudación de los tributos locales, y el
Fondo Federal Solidario se ha debilitado por la baja en las retenciones a las
exportaciones de soja dispuestas por la gestión de Mauricio Macri a pocos días
de asumir la presidencia.
En el caso de Catamarca, el panorama preocupante se
completa con una ostensible disminución de la percepción de los recursos
provenientes de la minería por el progresivo cierre del yacimiento de Bajo de
la Alumbrera.
En este contexto de dificultades financieras, las
autoridades de las jurisdicciones provinciales apuestan a reunirse con
funcionarios nacionales e intentar destrabar fondos demorados o conseguir
nuevos. La administración macrista ha mostrado predisposición para abrir las
puertas de sus oficinas, aunque falta ver si esa buena voluntad se traduce en
resultados favorables para las gestiones encaradas por los gestores
provincianos.
De todos modos, el desfile de intendentes de
remotas localidades por los pasillos de los ministerios nacionales es prueba
concluyente de que el federalismo es más proclama de campaña o letra muerta de
las leyes y la Constitución que realidad palpable.
Implicancias
políticas
Es problema, que observado desde una perspectiva
lineal es sólo de índole económica, posee fuertes connotaciones políticas. Es
que la dependencia económica de las provincias respecto del Gobierno central,
debilita sus autonomías.
Y esa subordinación de un nivel de gobierno sobre
otro habilita al establecimiento arbitrario de los criterios de distribución de
los recursos, lo que a su vez genera discriminación, generalmente anclada en
razones de identificación política, y obliga al disciplinamiento para obtener
la concesión de "favores”, que en realidad son derechos.
La tendencia hacia la concentración de los recursos
en el Gobierno central, que ha sido una constante a lo largo de la historia
argentina, se acentuó de manera notable durante el gobierno kirchnerista. Pero
el cambio de signo político de la administración nacional, operado el diez de
diciembre, no ha dado muestras, al menos hasta el momento, de una modificación
de ese paradigma.
Ya se sabe que la decisión de devolver a las
provincias, en un proceso gradual que durará un lustro, el 15% que se les
retiene de la coparticipación para financiar el presupuesto de la ANSES, no ha
sido una generosa concesión del Gobierno nacional, sino el resultado de una
negociación política, forzada por el massismo y aceptada por el oficialismo
para lograr que la devolución de esos fondos sea gradual.
Si bien no deja de ser una buena noticia para las
provincias, la aspiración de la mayoría de los gobernadores es que esa
devolución no sea a tan largo plazo. En ese contexto, resulta justificada la
decisión de Catamarca, anunciada por Lucía Corpacci el pasado viernes, de no
retirar de la Corte Suprema de Justicia la demanda contra la Nación por la cual
se solicita la inmediata restitución de esos fondos.
Débil
representación
La preeminencia de la Nación por sobre las
provincias tiene su correlato secundario en la disparidad entre las propias
jurisdicciones sub-nacionales. Es decir, hay provincias que por distintas
razones, entre las que pueden contarse la cantidad de habitantes, la extensión
territorial y la capacidad o potencialidad productiva, tienen una incidencia
mayor que otras.
La población se traduce, en tiempos electorales, en
cantidad de votantes. Y provincias como Catamarca significan poco o nada porque
su incidencia en los comicios presidenciales es casi nula. Hay municipios de la
provincia de Buenos Aires que poseen la misma cantidad de electores que varias provincias
reunidas. A la hora de las gestiones en los despachos nacionales, esa
insignificancia electoral es una enorme restricción para encontrar las
respuestas que se buscan.
Hasta la reforma constitucional de 1994, el
presidente de la Nación se elegía en Colegio Electoral en el que todas las
provincias tenían el mismo número de representantes, como sucede actualmente en
la Cámara de Senadores. Desde aquella modificación, el debilitamiento político
de las provincias chicas ha sido notorio.
La experiencia histórica indica que para modificar
esta tendencia hacia el debilitamiento de la autarquía –y por ende la autonomía
política- de las provincias, no deberán esperarse graciosas concesiones del
Gobierno central.
Será responsabilidad de los gobernadores y los
legisladores nacionales de cada jurisdicción diseñar las estrategias políticas
orientadas a la recuperación de las atribuciones que el sistema federal le
otorga a las provincias.
No será empresa fácil si entre aquellos actores, en
especial los legisladores, se continúan privilegiando lealtades políticas
partidarias por sobre la defensa de los intereses locales o regionales.
La buena noticia es que los tiempos de crisis de
las finanzas públicas, como los que se viven, son los más propicios para
encarar con éxito la necesaria transformación de los paradigmas que rigen la
lógica de la relación entre el poder central y las provincias.