La razón evolutiva de la tendencia poligámica es simple. Una mujer puede tener, en promedio, un único embarazo al año, de los que suele nacer un único hijo. El hombre, en cambio, puede procrear en forma continuada. Y, a la hora de preservar la especie, cuanta más cantidad de mujeres puedan tener hijos de un único hombre, mayor recambio genético –que mejora la especie– y mucha mayor propagación. Como especie, estamos diseñados para crecer y multiplicarnos, como dice, curiosamente, la Biblia.
Amar entre muchos
Aunque la poligamia sea, desde lo estrictamente biológico, la cosa más natural del mundo, la monogamia ofrece ciertos beneficios. Por ejemplo, la crianza de los cachorros. "Es raro que otras especies cuiden a sus crías en forma biparental salvo que el macho tenga garantía de su lazo genético con el cachorro", concluye David Barash, "Pero considerando los cuidados que requiere un bebé humano, hacerlo de a dos se presenta como una ventaja del comportamiento monógamo".
Pero más allá del terreno estrictamente atropológico, está la psicología y –por qué no– los sentimientos. Según el psicólogo Fabio Lacolla, "la monogamia está siendo abatida por el espíritu de la época. Las ofertas virtuales y el pasado que retorna a través del Facebook hacen que ya no haya duda de que siempre puede irse por más. Los corazones de los jóvenes son como piedras que se usan para cruzar el río de la individualidad: la fidelidad es con uno mismo y la lealtad va dejando de pertenecerle al otro para volverse propiedad privada. El amor es un utilitario de la modernidad y, como tal, dura hasta que deja de ser útil. Supongo que, con el tiempo, las libretas de casamiento dejarán de ser rojas para lucir un verde esperanzador que habilite la circulación del deseo sin ninguna culpa".
Y ese es el otro escollo: ¿puede la sociedad occidental y básicamente cristiana vivir una poligamia sin culpas? "Lo veo impracticable,–se suma Díaz Castelli–; requeriría de un grado de madurez emocional que suprima totalmente los celos, la envidia, la idea de posesión, que también es antropológica y difícil de debilitar. En general, las parejas que entran en modalidades amatorias polígamas colapsan. Las pasiones de pertenencia, tarde o temprano, se desatan".
Un caso legal
Nathan Collier tiene dos esposas. Pero las tiene en el estado de Montana, el único de los Estados Unidos donde la práctica es directamente ilegal. Inspirado por el avance en materia de matrimonio igualitario, inició una causa ante la Suprema Corte para pedir que se reconozca su derecho a estar legalmente casado tanto con Victoria (están juntos desde el 2000) como con Christine, que amplió la familia en el 2007. Entre los tres tienen ocho hijos, sumando los comunes y los de relaciones anteriores.
"No pedimos aceptación, solo pedimos tolerancia, que nos dejen vivir nuestra vida sin miedos", diría Christine, la segunda esposa, según el diario Washington Times, "Solo queremos estar juntos y formar una familia. ¿Qué tiene de malo eso? No entiendo que nos miren con mala cara, como si fuera algo obsceno".
Según una encuesta de Gallup, la aceptación social de la poligamia es bajísima, pero se ha duplicado en los últimos catorce años. Sus principales defensores están en la comunidad de fundamentalistas mormones, que no solo exigen la legalización del matrimonio múltiple, sino la descriminalización –que deje de ser delito– en Montana.
Según el mismísimo Collier, legalizar el matrimonio poligámico le da la ventaja a la mujer: "En la actualidad, un hombre puede tomar nominalmente tantas esposas como quiera y luego descartarlas sin consecuencias. Por eso es que hay tantos abusos de la cultura polígama. Si esas relaciones fueran legalmente vinculantes, todas las esposas estarían protegidas por el derecho a la división de bienes en casos de divorcio".
Desde lo jurídico, el reclamo tiene sentido. Desde la naturaleza, afirman los científicos, la poligamia sería también el camino más natural a seguir.
Desde la moral, desde la religión e inclusive desde la psicología, aún es un debate abierto.