sábado 11 de abril de 2026

De qué se trata la era del sexo artificial

Un investigador pronosticó que para el 2050 será lo más natural. Un debate entre la ciencia pura y la ciencia ficción

Por Redacción El Ancasti
(1) Un robot no deberá lastimar a un ser humano o, a través de la inacción, permitir que un humano sea lastimado.
(2) Un robot debe obedecer las órdenes dadas por un humano, excepto si esas órdenes entran en conflicto con la primera ley.
(3) Un robot debe proteger su propia existencia, siempre y cuando esa protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley.


Isaac Asimov –probablemente uno de los autores de ciencia ficción más relevantes de la historia– escribió estas Tres Leyes de la Robótica en 1942, como parte de su cuento Runaround. Este reglamento sería parte integral, a lo largo de los años, de gran parte de la obra de Asimov, incluyendo su legendaria novela Yo, Robot.


Pero las leyes de la robótica de Asimov no dicen nada sobre tener sexo con una forma de vida artificial.


La compañía japonesa SoftBank, fabricante de teléfonos celulares, lanzó en junio de este año –en conjunto con la francesa Aldebaran Robotics– el robot Pepper. Récord total, vendió los primeros mil en un minuto. Pero nada de ilusionarse con un R2-D2 personal, porque Pepper es algo así como un smartphone de 1,20 de estatura y 28 kilos de peso, con aspecto humanoide y rueditas, diseñado "para hacer feliz a la gente", afirma el fabricante. Tiene la habilidad de reconocer la expresión facial e interpretar emociones. En esencia, es un juguete de unos dos mil dólares.


Así y todo, parece ser que algunos usuarios ha interpretado eso de "hacer feliz a la gente" de una manera un tanto extrema. Porque un comunicado reciente de SoftBank afirma que, entre los términos y condiciones de uso, "no deberá ejecutarse ninguna clase de acto sexual y otro comportamiento indecente" con la máquina. Esto incluye hackear el sistema operativo para ponerle una voz sensual.


Sin embargo, el puritanismo nipón podría estar yendo diametralmente en contra de la tendencia futura.

 

Superficies de placer


"Los juguetes sexuales mecánicos, como los vibradores, tienen un siglo de existencia, por lo que el sexo con robots no es un salto tan grande", afirma en NatGeo el Doctor Ian Pearson, que se define como "futurólogo", aunque ninguna universidad otorgue ese título. "Para el 2030, la mayoría de la gente tendrá alguna forma de sexo virtual con la misma naturalidad con la que hoy navegan sitios porno" –arriesga un pronóstico–. Para el 2035, la mayoría de la gente poseerá un juguete sexual capaz de interactuar con sistemas para tener sexo por realidad virtual y el sexo entre humanos y robots comenzará a superar al sexo solo entre humanos para el 2050".

Algunos avances técnicos hacen que la idea no suene del todo a ciencia ficción. Desde hace por lo menos dos años, las muñecas sexuales Real Doll causan controversia por su espeluznante realismo, por su parecido físico con una persona real (inclusive, hasta con algunas celebridades).


Integrar un "cuerpo" sintético e híper realista con una máquina que, como Pepper, puede interpretar al usuario, interactuar y hasta simular empatía, es solo una cuestión de tiempo.

 

Prostitución artificial


En la película Westworld (1973, obra de Michael Crichton, el autor de Jurassic Park) hay prostitutas robóticas. En Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001) también: Giglolo Joe, un "mecha" diseñado para imitar el comportamiento de un amante algo anacrónico y acompañar a señoras solitarias.


¿Puede el sexo robótico ser una "solución" para almas solitarias? ¿Podría incluso considerarse que "protejan" de la explotación a mujeres y niños? Tendría lógica: si la lujuria se canaliza hacia la máquina, se libera del riesgo a la persona.

Pero hasta esta postura tiene sus detractores. La profesora Kathleen Richardson (de Montfort University, en Leicester, Reino Unido) ha iniciado inclusive una campaña on line en contra del sexo con robots. "Quienes venden sexo son vistos por los compradores como cosas, no los reconocen como sujetos humanos", afirma en su ponencia. Así, "se legitima una peligrosa modalidad de existencia donde los humanos pueden moverse de una relación a otra sin reconocer al otro como un humano por derecho propio".


Involucrar máquinas, dice, solo hace que al tema de la deshumanización a través de la prostitución se le agregue una nueva capa de complejidad.

Deus ex machina


En la película Her (2013) –porque los ejemplos de ficción sobran– Theodore Twombly (interpretado por Joaquin Phoenix) termina entablando una relación sentimental con Samantha, la inteligencia artificial dentro de su computadora, en la voz de Scarlett Johansson.


Por otro lado, en la serie Star Trek: La nueva generación, el androide Data no solo tiene un encuentro sexual con una compañera de tripulación del Enterprise apenas en el tercer episodio de la serie, sino que, además, en la cuarta temporada experimenta con el romance como una forma de explorar la esencia de la humanidad.


Porque a Data –el Pinocho del siglo XXIII, el robot que quiere ser persona, inspirado en los de Asimov, gracias a la amistad entre el autor y Gene Roddenberry, creador de la serie– no le alcanza con ser "plenamente funcional". También quiere poder enamorarse.


Y quizás esa sea la clave, ese sea el desafío. En la era de la pansexualidad, donde se naturaliza vivir el amor más allá de los géneros, cabe preguntarse no tanto sobre la posibilidad de sexo con máquinas, sino sobre la posibilidad de crear una forma de vida artificial y sensible, capaz de amar.


En todo caso, después de eso, podrá hablarse adultamente de sexo.

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