La niña sufrió un trastorno genético hereditario en el cual las células encargadas de formar los huesos (los osteoblastos) no cambiaron el cartílago por hueso mediante un mineral basado en el calcio. La causa fue que su cuerpo produjo una proteína (la fosfatasa alcalina no específica de tejido) que impidió que se formara su esqueleto. Así, los cartílagos nunca se hicieron rígidos (un proceso que termina cuando los más pequeños llegan a la adolescencia).
"Desde que nació presentí que ella no venía normal, pero no pensé que fuera un problema tan grave como el que tenía. Yo lo empecé a notar a partir de las tres o cuatro semanas de su nacimiento. Ella no crecía, no ganaba peso", explica su madre en declaraciones a la BBC.
En principio, los médicos le dijeron que la niña –que se mantenía viva gracias a varias máquinas– no llegaría a cumplir un año y le aconsejaron "desenchufarla". No obstante, sus padres se negaron y mantuvieron las esperanzas de que sobreviviría de alguna forma.
Por suerte, el destino quiso que poco después hallaran a la doctora Jill Simmons, quien les facilitó un medicamento experimental que ayudaría a que su cuerpo creara poco a poco los huesos. "Habíamos oído hablar del medicamento pero estaba en una fase muy temprana de experimentación. En aquel momento casi no se sabía nada sobre el medicamento, pero tampoco había alternativa alguna para su vida", explicó la doctora a la BBC.
Le dieron el medicamento a la pequeña y se limitaron a esperar. A los seis meses, vieron que el resultado era positivo. "Ver las radiografías es ver una de las cosas más milagrosas que yo he visto como doctora. Vimos cómo los huesos crecían donde antes no había nada, y fue una experiencia increíble", dijo la médica.
Un par de años después, los padres de la niña ya pudieron sentir los dedos de su hija, que antes eran completamente blandos. Ahora esperan que mejore poco a poco.