Uriel
Ferera está detenido en la prisión 6 de la localidad costera de Atlit,
Israel. El argentino-israelí fue condenado en cinco ocasiones por un
tribunal militar a cumplir cinco períodos consecutivos de prisión de
diez y de veinte días. Su delito: ser objetor de conciencia, rechazar el
reclutamiento del servicio militar hebreo y denunciar la opresión que
Israel ejerce sobre el pueblo palestino.
"Aunque trataban de
entusiasmarlo con un rol dentro del servicio militar, siempre dijo que
no iba a participar de nada que tuviera que ver con el ejército”, cuenta
Ruty Ferera, su madre.
Al joven de 19 años lo
esperaban el 27 de abril para enrolarse en la base aérea de Hatserim,
cercana a Bersheva, la ciudad donde vive con su madre y su hermana Yael,
de 20 años. Pero se presentó en la base de Tel Ashomer, Tel Aviv, donde
lo esperaba una manifestación del movimiento que apoya a los objetores
de conciencia.
Finalmente, el joven pasó por los sectores A, B y C de la prisión
militar. Se comunicó con su madre, por primera vez luego de su
detención, en la madrugada del 28 de abril. Le contó que lo tiraron al
suelo en camiseta y calzoncillos; temblaba de miedo entre cinco soldados
que le gritaban y habían barrido el piso con su cuerpo, desde el baño
hasta la celda, por negarse a usar el uniforme militar.
"Estaba en un
estado de nervios que le impedía levantarse”, comenta Ruty. Los
guardiacárceles pensaban que Uriel actuaba. Entonces el joven comenzó a
rezar.
–¡Dios, ayúdame! ¡Dame fuerzas! –imploró en la fría celda.
–Dios está demasiado ocupado en otras cosas. No te va a sacar de acá –se burlaron los soldados.
"Ahí se dio cuenta del nivel de crueldad que los soldados manejaban
para tratar a los chicos palestinos”, reconstruye Ruty el primer diálogo
con su hijo.
La primera semana estuvo incomunicado. La fotógrafa
sostiene que la posición esgrimida por Uriel no es respetada ni
reconocida en Israel. "A lo sumo, el ejército puede decir ‘este chico no
es apto’ o ‘no hay manera de adoctrinarlo’.”
La madre no sabe cuándo
liberarán a su hijo, pero tiene claro que mientras el cese del fuego no
sea definitivo, el chico seguirá en la prisión militar 6.
Cuando "se
ponen muy pesados” en el ejército, afirma la mujer, los jóvenes piden
ver al comandante psicólogo y "se hacen un poco los chiflados”, para ser
exceptuados.
Por el momento, Uriel descarta esa posibilidad y soporta
como pueda la vida carcelaria. "Yo le digo siempre que ya mostró que no
quiere enrolarse y sus convicciones contra la ocupación en Gaza”, cuenta
la madre.
Días atrás, Udi Segal, un chico de 19 años que vive en el kibbutz de
Tuval, al norte de Israel, fue juzgado y condenado a veinte días de
prisión por no incorporarse a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI).
El
hermano de Udi formó parte de la operación Borde Protector hasta el
comienzo de la tregua acordada en El Cairo. "Israel puede continuar esta
ocupación, pero no en mi nombre”, señaló Segal antes de su detención.
"Si bien los padres de Udi participaron de las manifestaciones, no les
cierra que el pibe sea pacifista –dice Ruty–. Acá sos un traidor, te
insultan, te dicen ‘andate a vivir a Gaza’ si te oponés a la guerra”,
agrega.
Quien no quiera servir en el ejército es visto como una basura,
refuerza su idea la fotógrafa. "Es una sociedad completamente enferma.
¿Quién en su sano juicio desea que su hijo sea soldado y vaya a matar o
morir?”, se pregunta. Y atribuye ese sentimiento a la Europa de la
Primera Guerra Mundial: "Aquel patriotismo todavía existe en Israel”,
sostiene, y considera que esa configuración social es azuzada por el
primer ministro, Benjamin Netanyahu. "El gobierno enciende y atiza el
orgullo nacional”, señala.
–Desde que detuvieron a Uriel, ¿nunca pensó en regresar a la Argentina?
–Cuanto más veo estas cosas, más quiero quedarme, más quiero activar
y más quiero hablar con gente como vos para que se sepa que en el mundo
hay judíos que pensamos distinto, que unas 3000 personas llenaron la
plaza de Tel Aviv la semana pasada manifestándose por la paz, que fuimos
a protestar frente a la prisión donde está mi hijo. Me siento orgullosa
de ser judía y me jode que mi pueblo sea una mierda.
A Ruty se le anuda la garganta cuando habla del conflicto en Gaza.
"Nuestro bienestar se sustenta sobre el sufrimiento, la sangre y la
muerte de otro pueblo. Me avergüenzo de que mi pueblo esté haciendo
esto, en Tierra Santa. Deberíamos ser más dignos y que el mundo diga que
el pueblo judío se merece, después de 2000 años de exilio, tener un
pedacito de tierra”, señala entre lágrimas.
La webcam, cada vez más
pixelada en su imagen, devuelve una voz que no pierde su elocuencia.
Dice que cuando se junta con activistas palestinos y les da la mano se
siente muy cerca de ellos. "Cuando mi hijo se fotografía con un chico
palestino que fue encerrado en la misma prisión, pero los chicos con los
que fue a la escuela lo insultan, pienso que el amigo, al final, es el
palestino, porque el judío te putea”, completa.
"Me tocó ser del pueblo que mata y eso jode. Con la guita que pago
mis impuestos se compraron bombas y balas. Por más que sea pacifista y
esté en contra de la operación de Israel, también tengo las manos
manchadas con sangre”, sostiene.
Vuelve a quebrarse cuando asegura que
siente más dolor por "los nenitos que murieron acá cerquita, que no
tuvieron dónde carajo protegerse”, que por el soldado que murió (Hadar
Goldin), al que considera una víctima del sistema porque "le lavaron
tanto el cerebro a él y a sus padres que no son conscientes de lo que
hacen”. Ruty lucha para que su pueblo cambie de postura: "Quiero que
este gobierno de mierda, que hambrea a los judíos y asesina a los
palestinos, caiga”.
Uriel será liberado cuando el reloj marque las 8 en
Atlit. Y será obligado, por sexta vez, a enrolarse en las fuerzas
armadas israelíes.