Su infancia
Acerca de mujeres: Amalia Rizzardo de Vergara (1924-1991)
Amalia Rizzardo, mi madre, nació en la capital de Catamarca el 5 de diciembre de 1924, y falleció el 5 de agosto de 1991 en la misma provincia. Es la cuarta hija de Antonio Rizzardo y María Doménica Sartor. En 1910, Antonio, junto a los otros integrantes de la familia, se instala en la propiedad adquirida por su padre Agustín Rizzardo, el Pater familae , a Adolfo Castellanos en el distrito Santa Rosa, departamento Valle Viejo, de la provincia de Catamarca. Tenía para su regadío el derecho de riego. La vivienda, hoy derruida, era de estilo colonial con techos de tejas.
En aquellos años, “La Finca de abajo”, como se la nombraba, estaba alejada de la parte urbanizada y poblada de Valle Viejo. Este lugar y la comunidad de italianos inmigrantes nativos de Paderno del Grappa y sus descendencias marcaron su infancia. Fue una niñez compartida con el nono Agustín Rizzardo, la nona María Teresa Reginato, el padre, la madre, las hermanas y hermanos, los tíos, las tías, las primas y los primos.
Amalia, “la Gorda”, en medio de la caterva de gringos y gringas, por callejones y caminos polvorientos o fangosos, viajaba a caballo o en sulky, hasta la escuela primaria de Villa Dolores (actual, Precinto 10, calle Félix Pla s/n, Villa Dolores, Valle Viejo). Entre sus compañeros, estaba Mario Gerardo Denett, hijo del Director. Ya adultos, ordenado él sacerdote, se trataban con sumo aprecio.
A veces, mi madre enhebraba recuerdos y contaba sus travesuras infantiles como proezas.
Rescato un hecho real. Sucedió en un ardiente verano. La niña tenía calor. Desde la orilla del estanque para regadío, esperó, miró hacia todos lados. No distinguió a nadie yse arrojó vestida a disfrutar del agua.
Braceó, movió las piernas, flotó de espalda, se zambulló y volvió a surgir. Sin estilos específicos, era una intrépida nadadora. Al cabo de un rato, cambió la velocidad del agua y, de repente, el sifón la succionó. Los peones la vieron y alertaron a los patrones. Entonces, los gritos y clamores desgarraron la siesta. La chiquilla empapada surgió de la acequia. Su padre, con el brazo amenazador en alto, llegaba dispuesto al castigo. En ese momento, el nono Agustín impuso su autoridad y lo sujetó, diciéndole en su dialecto:
-¡Nooo lo hagas!, está asustada, puede quedar muda.
Adolescencia y juventud
Cambio de vida importante. Antonio, progresó en la agricultura y la lechería. Hombre visionario y prudente, invirtió sus ahorros en la compra de una finca, con derecho de riego, en el distrito Santa Rosa, departamento Valle Viejo ubicada en la actual calle pública Mardoqueo Molina s/n. Allí, forjaría su propio tambo.
Toda la familia Rizzardo Sartor se trasladó a la casa, amplia y confortable, que el padre hizo construir y aún perdura. La vivienda consta de zaguán, comedor, cuatro amplias habitaciones, cocina, despensa, dos baños con instalación de agua fría y caliente, galerías, patio interno cubierto con una parra. El garaje, en el cual se guardaba el automóvil Ford A y el gran galpón anexo, donde cohabitaban dos sulkys, un tractor y otras herramientas. Excepto el galpón, toda la construcción posee techo de zinc con canaletas para la recolección del agua de lluvia que, en aquellos tiempos, se almacenada en un gran depósito de latón reforzado. Era utilizada para regar el patio de ladrillos y los canteros con plantas de jardín que allí crecían.
Al este de la propiedad, sobre el camino, existió una vasta quinta de mandarinas; en ese sector, los membrilleros se alineaban a la orilla de la acequia. Los corrales para el ordeñe y los potreros de alfalfa estaban emplazados en ese punto, las parvas se elevaban a modo de fortificaciones fantásticas. Hacia el norte, lindaba con la Acequia Grande, que separa Valle Viejo de Fray Mamerto Esquiu, también había un extenso viñedo, higueras, otros árboles frutales, el gallinero con ponedoras y algunos pavos. Más al fondo, quedaba el chiquero de los cerdos destinados a la elaboración de chacinados para el consumo familiar. Don Fortunato Cúneo, vecino de San Antonio, Fray Mamerto Esquiú, renombrado por su habilidad, se encargaba de la fabricación, que era meticulosamente almacenada en la despensa. Al frente de la vivienda, lado sur, había un gran jardín, plantas frutales y la huerta, en ella jamás faltaban las aromáticas ni las verduras; al oeste, otros potreros con alfalfa limitaban con el camino que todavía conduce a El Puente Alto.
Con su padre, Antonio Rizzardo, trabajaban los tres hijos varones y algunos parientes. Amalia, también se ocupaba de las tareas en el tambo, era muy hábil en las rutinas de ordeño manual de las vacas de la raza hollando-argentina. Así lo registran sus relatos orales, fotos, premios ganados como ordeñadora y publicaciones en los diarios de la época (Foto corral). Igualmente, sabía ensillar y montar a caballo, enganchar y conducir sulkys y jardineras.
Merece destacarse que únicamente el arduo y rudo trabajo permitió prosperar a la familia Rizzardo Sartor. Fueron pioneros en diferentes actividades. Además, de las herramientas de labranza en hierro forjado tiradas a caballo, pronto introdujeron un tractor con sus implementos.
A los diecisiete años, encuentro a mi madre en una fotografía, parada al costado del Ford A propiedad de su padre (Foto). Ella habría sido la primera mujer de la Argentina en conducir un automóvil. Le apasionaba la velocidad, divertida, contaba como daba vuelta en dos ruedas en las curvas estrechas de los caminos. En placenteras conversaciones narraba que con su papá y su mamá viajaban a Chilecito, La Rioja, a visitar a Don Luis Sartor (hermano de su madre). Amalia conducía el automóvil por la enripiada Ruta Nacional 38, la distancia, el traqueteo del vehículo debido a los abundantes “costillares” era agotador, pero para la joven esta aventura era un esparcimiento.
Vida de casada
El 16 de octubre de 1942, con 17 años la atractiva joven contrajo matrimonio con Marcial Gregorio Vergara, el agricultor bien parecido de ojos azules, vecino del lugar. Tuvieron ocho hijos, seis mujeres y dos varones: Elsa Isabel, Martha Emilia, Amalia del Tránsito, Inés Adelecia, Rosa Elena, Orlando Rubén, Néstor Reyes y Elvira Cecilia.
En los primeros tiempos los recién casados vivieron en la casa de la familia Vergara. A las exquisitas comidas, en especial las pastas, aprendidas de su madre se sumaron las criollas transmitidas por su suegra Doña Julia Manuela Agüero. Las delicias de Amalia son aún insuperables para los comensales que las saborearon.
Habían transcurrido diez o doce años de su vida de casada. La joven catamarqueña de vida holgada, hija y nieta de los precursores de la industria lechera en el Valle Central, también conoció las privaciones. El cultivo de la tierra (verduras, pasas de higos, uvas primicias de mesa, entre otras) por su cónyuge, era insuficiente para afrontar los gastos que demandaban la crianza de seis hijos. Sin embargo, la tenaz y laboriosa madre que no conocía la flojera, con fortaleza superaba los obstáculos. Trabajaba en el hogar sin remuneración salarial de ningún tipo. Aspiraba que sus hijas e hijos fueran independientes, ponía sus esfuerzos en la instrucción y el estudio de sus retoños.
Solía expresar el error por no haber cursado la escuela secundaria, fue un tema no hablado. Tengo idea formada, que exigiría verificación.
En 1941 fue creada la Corporación Argentina de la Tejeduría Doméstica. Alrededor de 1953, Segundo Gobierno de Juan Domingo Perón, los operarios del organismo estatal trasladaron en la camioneta Mercedes Benz el telar casero manual, armaron la estructura de madera y la fijaron por las patas al suelo de tierra del pequeño galpón. También instalaron la devanadora. La Corporación suministraba la materia prima (bobinas de hilo de algodón) a las tejedoras y realizaba el pago quincenal por metro de tela. Mi madre cubría la nariz y la boca con medias viejas de muselina, para protegerse del polvillo y la pelusa que despedía la tela. (Foto lanzadera)
Ella por ese trabajo no tuvo cobertura médica, ni aportes jubilatorios.
Amalia, quién jamás había realizado tejidos artesanales, fresadones, puyos de llama o de oveja, en corto tiempo de instrucción aprendió el oficio y se convirtió en una diestra y prestigiosa tejedora. De este modo, mi madre junto a las hijas mayores se sumaron a las mujeres que en la provincia hacían las telas para envases de azúcar y harina. Se caracterizó por administrar su propio dinero y tener bien ordenadas las cuentas. En lo que llamamos libros de Actas asentaba hasta las fechas de parición de las vacas.
Marcial Vergara, mi papá, siendo ya empleado del estado, recibe la herencia de sus padres fallecidos y compra con Amalia otra parte a dos de sus hermanos, de la propiedad de la actual calle Mardoqueo Molina s/n. Ahí había un viñedo con distintas variedades de uvas primicias que eran enviadas por Ferrocarril al Mercado Central de Buenos Aires, también frutales que hicieron nuestras delicias.
Alrededor del año 1957, la familia Vergara Rizzardo se traslada a esa vivienda, entonces, el telar es reinstalado en un galpón más amplio y cómodo. Existen versiones familiares diferentes, pero lo certero y no se discute es que, en aquella época, Amalia adosó al telar un motorcito que movía el pesado travesaño, el cual permitía que los lizos subieran y bajaran y corriera la lanzadera. De ésta manera el trabajo fue más liviano y productivo.
Luego de una penosa enfermedad, fallece Antonio Rizzardo, su padre. Dos de sus hijos continúan al frente de la explotación del tambo.
Amalia recibe, como herencia, tierra y vacas hollando argentinas. Con su marido y los dos hijos varones, siguiendo con la tradición familiar, fundó su propio tambo, testimonio del apego que sentía por la finca y esos animales. Después de obtener la extensión del tendido eléctrico, lo tecnificó. En ese mundo masculino, ella fue socia y accionista de la Cooperativa de Tamberos, cobró los cheques y concurrió a las reuniones del Consejo de Administración.
Amalia, gran visionaria, hizo los aportes como trabajadora autónoma, de este modo obtuvo su jubilación.
Su imprevista y temprana muerte impactó a la familia, parientes y vecinos. En el entierro recogí aspectos desconocidos de su vida. Personas de su entorno me abrazaron y dijeron: Su mamá me regalaba la leche eso me permitió criar a los hijos. La sinceridad de aquellas palabras tuvo un efecto benéfico para nuestro duelo.
Amalia Rizzardo de Vergara, no fue funcionaria, tampoco integró gobierno alguno; como tantas otras, fue una trabajadora y esforzada mujer de pueblo.