Acostumbrados a dejarnos llevar por los prejuicios que nuestra civilización construyó históricamente para justificar sus fechorías, no pocas veces creemos, equivocadamente, que no podemos aprender algo de otros pueblos que fueron marginados por el progreso histórico.
Bolsas de plástico: lecciones desde África
Nos referimos aquí a Rwanda, un país al lado del famoso Lago Victoria y sobre el ecuador de África, que mereció una página completa del New York Times el 29 de octubre por su política de prohibición en todo su territorio del uso de bolsas de plástico, lo que le vale ser reconocido como el más prístino y limpio de toda Africa. Ya quisieran muchas capitales del mundo tener el prestigio de limpias como lo tiene Kigali, su capital.
El tema del uso de las bolsas de plástico y la falta de una política sobre cómo erradicarlas es un tema que preocupa también localmente a nivel de la población, como bien lo demuestra el Sr. Patricio Oschlies en su carta de noviembre 27 a El Ancasti. Pero, no está solo en el mundo. También en Rwanda existe la preocupación, como lo demuestra un agente de frontera quele cuenta al diario norteamericano de sus avatares diarios para evitar que se introduzcan en su país ese tipo de bolsas.
La diferencia con nuestra realidad es, sin embargo, que allí la sociedad pone en el mismo nivel de peligro a las bolsas y las drogas duras y actúa para eliminarlas.
En este país africano una ley de 2008 prohibe, lisa y llanamente, el uso de bolsas de plástico. Punto. Es ilegal producirlas o importarlas, excepto para usos en ciertas áreas como hospitales y farmacias. Aquellos que intenten contrabandearlas pueden recibir seis meses de cárcel, además de una multa y la obligación de confesar públicamente su delito ya sea a través de una radio o en un periódico.
A su vez, los ejecutivos de compañías que son sorprendidos fabricando bolsas ilegalmente son castigados con un año de cárcel, mientras que los negocios que usan celofán para envolver el pan son clausurados, multados y también obligados a escribir cartas pidiendo perdón públicamente. Como ejemplo se cita a una panadería donde sus dueños fueron multados, vieron clausurado su negocio por unos días y confiscados sus productos por haber violado esta norma, los cuales fueron distribuidos gratuitamente a orfanatos, hospitales y otras instituciones caritativas.
El resultado de esta política es que Kigali, la capital con más de 1 millón de habitantes, es vista como la ciudad más limpia de Africa. Y no es para menos: aquí es común ver a hombres y mujeres barriendo los costados de las calles y caminos, mientras se requiere de los vecinos que dediquen un día por mes a limpiar sus barrios, obligación que incluye al mismo presidente de la nación.
Rwanda es uno de los 15 países africanos de entre 40 que en el mundo estás haciendo algo para controlar y erradicar el uso de la bolsa de plástico. Los métodos son variados.En algunos países como Kenia la prohibición es contundente: castigo de 4 años de cárcel a quienes fabriquen, vendan o las importen, más 19.000 dólares de multa.
Por lo pronto ya están prohibidas en la ciudad de México D.F., Nueva Dehli y Mumbay (India), Bangladesh, en toda Italia (a no ser que sean biodegradables), en todo Brasil, en toda China y en 20estados de EE.UU. Lo mismo en Africa, donde aparte de Rwanda, Sudáfrica, Uganda, Somalia, Botswana y Kenia también las prohibieron.
En otros países como Dinamarca, Irlanda, Gales, Escocia, Alemania se carga un impuesto a las empresas con el fin de cubrir los costos del reciclaje.En cambio, en otros como Inglaterra se cobra directamente al cliente la bolsa si no trae la suya propia.
Los daños causados por el abandono de ellas son inmensos. Por empezar, toman cientos de años para degradarse y desaparecer. Ellas atoran los océanos, donde el 90% de la basura es de plástico y miles de ballenas, tortugas y peces de todo tipo mueren enredados en ellas o porque se las comieron; afectan la operación de los diques, donde además traban la operación de sus mecanismos de control;causan daños en las ciudades, donde tapan los drenajes causando inundaciones, como fue el caso en dos ocasiones en Bangladesh; envenenan nuestros montes al quedar colgadas de garabatos, monte bajo y árboles o desparramadas entre los jarillales, donde son comidas especialmente por cabras, ovejas y otros animales silvestres que las confunden con alimentos. Ni hablar de los vertederos de basura clandestinos, donde los cerdos criados irresponsablemente en esos antros insalubres están expuestos a su consumo.
Ahora bien, en muchos países de Africa la urgencia tiene otra razón: evitar epidemias. En efecto, en los asentamientos humanos de gente desplazada por las guerras, el hambre y el terrorismo, las bolsas reemplazan el papel higiénico, el cual, impregnado con heces (materia fecal)es llevado por el viento y entra en contacto con la gente, con los niños, mientras los animales se los comen. A estas bolsas voladoras la gente las llama con razón “inodoros volantes”, porque eso es lo que son. Las consecuencias sobre la salud de la población quedan para la imaginación del lector.
Las leyes de Rwanda son terminantes. En las cosas que llegan por importación los plásticos son removidos en la aduana, a no ser que sean necesarios para la protección y transporte. Sin embargo, en los negocios deben sacarlos antes de entregar el producto al consumidor.
Los alimentos envueltos en celofán sólo son permitidos en los hoteles y no pueden transportarse fuera del edificio.
Las bolsas biodegradables solo se permiten para empaquetar carne o pescado congelado, no para frutas ni vegetales porque tardan unos 24 meses en descomponerse.
Las papas fritas y otra comida chatarra en bolsitas y otros alimentos por el estilo solo se permiten si las compañías que los producen son aprobadas por el gobierno y presentan un plan de manejo de la bolsita una vez consumido el producto.
En nuestro mundo occidental se cuestionan estas prácticas arguyendo que producir otros tipos de bolsas que no sean de plástico en realidad demanda más energía que la que toma una de plástico. Entre nosotros se enfatiza que la solución no pasa por eliminarlas, sino por reciclarla.
Sin embargo, en Rwanda se desestima esta metodología porquesus normas y medidas están basadas en la necesidad de generar una actitud social de responsabilidad ante el problema. Aquí las leyes imponen que los niños sean educados en el rechazo del uso de la bolsa de plástico y a respetar y admirar el medio ambiente.Esto es sostenido políticamente por un Estado fuerte, que emergió en 1994 como respuesta a una guerra civil queimplicó el genocidio de 1 millón de personas de la etnia Tutsi a mano de los Hutus, que controlaban el gobierno. El presidente actual, Paul Kagame (así se llama), ha impuesto incluso el uso obligatorio de zapatos en la población y ha prohibido hasta el uso de ropa usada importada con el fin de desarrollar un orgullo nacional frente al mundo.
Así trata y combate Rwanda el tema de la polución ambiental causado por las bolsas de plástico. Sin duda, una cosa simple y elemental que sirve de lección para otras sociedades que se creen más desarrolladas. Para un país donde el 90% de la población subsiste en una economía dedicada en un 90% a la agricultura y cuyo PBI por persona es de solo 1.590 dólares por año, el éxito de su política ambiental en el tema aquícomentado impresiona realmente.
Que el New York Times le dedique una página completa hace pocos días no es casual y es motivo de orgullo nacional para Rwanda. Pero es también un ejemplo que debería servirnos de inspiración porque tenemos los mismos problemas en nuestro país; en nuestra Catamarca.