La democracia argentina atraviesa una zona de alerta que horada silenciosamente los cimientos de la representación política. La ciudadanía mira a su dirigencia con desconfianza creciente y las encuestas de opinión se han convertido en el termómetro más nítido de ese malestar.
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Radiografía inquietante de la política argentina
El último sondeo de la consultora brasileña AtlasIntel, que alcanzó notoriedad en la Argentina por haber sido la primera en anticipar con precisión la victoria de Javier Milei tanto en las PASO de agosto de 2023 como en el balotaje de noviembre frente a Sergio Massa, ofrece una radiografía inquietante. Sobre quince dirigentes nacionales de primer nivel medidos, solo una figura presenta saldo positivo entre imagen favorable y desfavorable: Myriam Bregman. Y aun en ese caso, el margen favorable es exiguo, de apenas un punto porcentual.
El resto de los dirigentes evaluados exhibe más imagen negativa que positiva. En segundo lugar aparece Axel Kicillof; tercera, Cristina Fernández de Kirchner. Luego siguen Patricia Bullrich, Javier Milei y otros dirigentes nacionales. Pero en todos los casos el rechazo supera a la aprobación.
Se trata de una señal que ninguna fuerza política debería minimizar. La democracia representativa necesita niveles mínimos de legitimidad social de quienes aspiran a conducir el Estado, porque de otro modo se deteriora la confianza en el sistema político como mecanismo capaz de canalizar demandas y resolver conflictos.
El paralelo con la crisis de 2001-2002 surge casi naturalmente. Aquel colapso económico, social e institucional tuvo entre sus expresiones más recordadas la consigna "que se vayan todos", síntesis del divorcio entre ciudadanía y clase dirigente.
El malhumor actual ya era visible en 2023. De hecho, fue uno de los factores que permitió el ascenso de Javier Milei, quien capitalizó con eficacia el hartazgo general mediante un discurso antisistema y anticasta. Supo presentarse como la impugnación de un orden agotado, más que como la continuidad de alguna tradición partidaria. Sin embargo, hoy solo una minoría lo sigue viendo como un outsider ajeno a la política tradicional.
Los números lo reflejan con crudeza. La imagen negativa del Presidente, que al asumir se ubicaba por debajo del 40%, ronda ahora el 62%, mientras la positiva apenas alcanza el 36%. El saldo negativo resultante -26 puntos porcentuales- confirma que el voto bronca puede conquistar el poder, pero no garantiza legitimidad sostenida si no se traduce en mejoras palpables para la población.
Revertir esta tendencia constituye uno de los mayores desafíos de la dirigencia política en su conjunto. Y el único camino posible para ello es que los ciudadanos empiecen a advertir que la política vuelve a dar respuesta a sus necesidades más acuciantes: empleo, estabilidad, seguridad, educación, salud y perspectivas de progreso. Sin esa reconexión entre representación y realidad, la democracia puede conservar sus formas, pero se vaciará progresivamente de sustancia.