jueves 12 de mayo de 2022

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Editorial

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10 de mayo de 2022 - 01:10

La inflación es un problema que no han podido resolver los gobiernos argentinos de, por lo menos, los últimos 50 años. En el transcurso de ese lapso hubo una década, la que va desde 1991 a 2001, en la que rigió la convertibilidad, con una inflación muy baja o inexistente, pero a un costo altísimo, al punto que esa etapa desembocó en la crisis del 2001-2002, tal vez la más grave de la historia argentina.

La inflación viene incrementándose progresivamente. En 2015 la inflación anual fue del 24%; en 2016 del 36%, en 2017 del 25%, en 2018 del 47,6%, en 2019 del 53,5%, en 2020 del 42%, y en 2021 del 51,9%. Este año, las proyecciones calculan una inflación de más del 60%.

Hay unanimidad de opiniones al caracterizar a la inflación como uno de los problemas más graves de la Argentina, pero grandes divergencias a la hora de analizar sus causas. La escuela económica más ortodoxa considera al incremento sostenido de los precios como un problema básicamente monetario: la excesiva emisión de moneda es la que genera inflación. Se trata de un análisis de laboratorio que se derrumba a poco de analizar la realidad argentina. Por ejemplo, 2019 fue, desde 1991, el año con mayor inflación, pero la emisión monetaria en ese período la más bajo desde 2001.

Las explicaciones heterodoxas abordan mejor lo que sucede en la práctica, al caracterizar a la inflación como un fenómeno multicausal. De todos modos, a esta altura se trata de una obviedad, y es preciso avanzar en determinar con mayor precisión la incidencia de cada una de las posibles causas en la disparada de precios, y en cuáles circunstancias influyen unas más que otras. Establecer un diagnóstico lo más aproximado posible resulta imprescindible para abordar con más posibilidades de éxito el problema. La heterodoxia, en su generalización, se queda también a mitad de camino en este intento.

Una de las causas menos analizada es la falta de competencia en el mercado, sobre todo el de los alimentos, que son los que presionan sobre la canasta básica. La economía argentina ha profundizado en los últimos años sus tendencias oligopólicas, es decir, el dominio del mercado en pocas manos.

El economista y docente universitario Roberto Briscioli analiza que en la producción de Alimentos y Bebidas un solo grupo empresarial domina el 80 por ciento de la producción de harinas y fideos. Otro grupo domina el 70 por ciento de la producción de leche. La producción de aceites está en poder de tres empresas. Y el 75 por ciento de los productos que se exhiben en las góndolas de los supermercados y almacenes corresponde solo a 20 empresas.

Las economías capitalistas más eficientes y que poseen registros de menor desigualdad son aquellas que han logrado una mayor diversificación del mercado, esto es, que poseen muchas empresas incidiendo en él y evitando las distorsiones que generan inevitablemente las nocivas tendencias oligopólicas. Lo paradójico es que ortodoxia y heterodoxia confluyen al analizar como negativo este proceso y en la necesidad de tender hacia una mayor competencia empresarial.

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