La aprobación de la Ley Bases en el Senado fue el triunfo de un método realista sobre la agresiva megalomanía del presidente Javier Milei.
La aprobación de la Ley Bases en el Senado fue el triunfo de un método realista sobre la agresiva megalomanía...
La aprobación de la Ley Bases en el Senado fue el triunfo de un método realista sobre la agresiva megalomanía del presidente Javier Milei.
A seis meses de su asunción, a la gestión libertaria solo le falta que la Cámara de Diputados se pronuncie sobre los cambios introducidos por los senadores para tener su primera ley, pero lo accidentado del tratamiento y la cantidad de concesiones que debió hacer para obtenerla induce a plantearse algunos interrogantes.
No es necesario profundizar demasiado para advertir que la norma no alumbra gracias a Milei, sino a pesar de él. Aunque pueda alegarse que sin la irascible y nitroglicerínica personalidad del mandatario ni siquiera habría Presidencia libertaria, es evidente que estas características han sido por otro lado el principal obstáculo para construir vínculos y restaurar el muy dañado tejido político nacional.
A las rabietas de Milei y su creatividad para acuñar categorías agraviantes como “nido de ratas” o “degenerados fiscales”, se suma un egocentrismo poco común incluso en ese universo plagado de narcisistas que es la política, cosa que lo lleva a una épica desmedida.
Para no irse tan lejos, mientras el Senado debatía la Ley Bases, felicitó a las fuerzas de seguridad por haber reprimido en las inmediaciones del Congreso manifestaciones que no tuvo inconvenientes en calificar como un “golpe de Estado”, en línea con declaraciones previas en las que advertía que solo lo sacarían de la Casa Rosada “muerto”.
Estos disparates, que han terminado naturalizándose debido a su sistematicidad, convirtieron las tratativas para conseguir el respaldo parlamentario a la Ley Bases en un calvario digno de Sísifo.
El mérito principal por el éxito le corresponde al exministro del Interior y Jefe de Gabinete, Guillermo Francos, extraño caso de moderación en un gabinete que cada tanto adquiere ribetes de cotolengo. Definió con el desempate la vicepresidenta Victoria Villarruel, otro de los raros ejemplos de mesura refractaria a las extravagancias del elenco libertario.
Esquemáticamente, Francos y Villarroel vendrían a representar la posibilidad de sensatez frente a la insensatez que Milei condensa. Un contraste que viene a verificar lo extraño del experimento que transita la Argentina.
La megalomanía de Milei se manifiesta también en la frecuencia de sus expediciones al exterior para promocionarse personalmente.
Ahora está en Italia, participando de la reunión del G-7 por invitación de Giorgia Meloni, pero para el fin de semana se trasladará a Suiza para la Cumbre por la Paz organizada por el presidente de Ucrania, Vlodomir Zelensky.
El fin de semana pasado se atribuyó una influencia decisiva en los excelentes resultados obtenidos por los partidos de ultraderecha en las elecciones del Parlamento Europeo, que tienen inquietos a los estadistas del viejo continente.
Este afán de protagonismo ecuménico no solo no ha arrojado hasta ahora ningún beneficio concreto para el país, sino que ha producido conflictos y tensiones absurdos. Como si los problemas argentinos no fueran suficientes.
Milei hizo su presentación en la escena internacional en enero, con una exótica disertación en el Foro de Davos, en Suiza.
A principios de febrero visitó Israel e Italia, único viaje hasta este del G-7 en el que se reunió con jefes de Estado, que aprovechó para desafiar a la organización terrorista Hamas.
También hizo en febrero su primer viaje a los Estados Unidos como presidente, para participar de la Conferencia de Acción Política Conservadora y abrazarse al expresidente Donald Trump, enfrentado con el presidente Joe Biden. En abril fue nuevamente a Estados Unidos, para que la comunidad judía ortodoxa le entregue en Miami la distinción como Embajador de la Luz y conocer en Texas a su ídolo, Elon Musk.
A principios de mayo fue por tercera vez a los Estados Unidos, para disertar en el Foro Milken, y una cuarta para entrevistarse con Mark Zuckerberg, CEO de Meta.
También en mayo estuvo en España para participar de un acto partidario de Vox y detonar una escalada de la pelea con el presidente socialista Pedro Sánchez.
Ninguna de estas incursiones generó más reacción que alabanzas y franelas gratuitas de los fascinados por el estrafalario personaje.
Los mercados y el mundo económico, en cambio, reaccionaron favorablemente a la sanción de la Ley Bases en el Senado. Se ve que los indicios de que se avanza hacia alguna lógica política razonable son más eficaces que los dislates narcisistas.