jueves 13 de junio de 2024
Escritores catamarqueños por autores catamarqueños

Luis Franco y la Naturaleza

Enrique Traverso.

A Lito Franco

Luis Leopoldo Franco nació en 1898. Publicó su primer libro a los 22 años y no paró de escribir nunca; alcanzó a publicar más de cincuenta títulos. Escribió poesía, ensayo y en menor medida cuento. También más de un centenar de artículos periodísticos. Su formación autodidacta abarcó diferentes campos, desde la filosofía hasta la biología y la zoología, pasando por la historia universal, latinoamericana y argentina. Leyó con fruición economía política y a los padres del marxismo, y siguió de cerca los movimientos de independencia política del siglo XX. Se detuvo en los griegos, pero también indagó en el mundo y la cultura árabe y en nuestro país se lo conoce como un gran estudioso de Sarmiento y de Rosas. Trabajó junto al historiador Melciades Peña, que se quitó la vida muy joven, por lo que se cargó las correcciones y llevar el libro a imprenta; me refiero a Historia del Pueblo Argentino, que junto a sus propios libros, son los primeros en aplicar el materialismo histórico como método de comprensión de la historia. Incursionó en el folclore, la copla y otros temas que hoy se ubican en el campo antropológico. Cultivó el aforismo: admirador de Nietzsche, eligió esta forma para plasmar ideas políticas y estéticas. En Nuestro padre el árbol y Pequeño diccionario de la desobediencia, reeditados por dos editoriales independientes catamarqueñas, a los que debemos sumar El presidente Illia, un libro de ocasión, don Luis, como Emil Cioran, se vale de aforismos para enseñar su mirada del mundo, del hombre y su devenir.

Toda su obra está atravesada por el ideario del mundo griego, donde “no hay contemplación sin acción y viceversa”.

Pero de quien más aprendió fue de la NATURALEZA. Se interesó por las ciencias naturales, la paleontología y todas las ideas naturalistas que surgieron a mediados del siglo XIX. Escribió una biografía del Perito Moreno y otra de Ameghino, padres de la ciencia argentina. Dialogó con Von Humboldt, leyó críticamente a Darwin y al belga Maeternick. Pero fundamentalmente durante años trabajó el campo. Aró, sembró, plantó árboles y asegura haber realizado unos diez mil injertos. Una de las pasiones que lo tuvo como un experto fue el caballo: “nunca al galope, siempre al trote”. A los veinte años fue a recibir uno de los pocos premios que aceptó, viajando 280 kilómetros a lomo de mula durante tres días desde Belén a Tucumán.

Poco antes de los treinta conoció a los potros indómitos de la pampa, “devoradores de leguas de esa llanura infinita, casi sin principio ni fin como el mar, pero verde, que es la pampa argentina”. El canto celebratorio de Franco a la naturaleza es hondo y sentido, pero también doloroso: fue pionero en darse cuenta del cambio climático, la degradación creciente de la tierra y el sufrimiento de sus moradores principales: animales y plantas. Entendía que “se acerca uno más a la verdad diciendo que la inteligencia grande de la Natura se reparte en los seres animados bajo la forma de instinto y bajo la forma de razón, y que si el ser humano es siempre más racionalmente inteligente, el animal es más genialmente instintivo”.

La obra

Una tercera parte de sus temas corresponde a los problemas de la naturaleza, que fueron esbozados por autores como Marcos Sastre o Sarmiento, de quien Franco toma nota todo el tiempo. Horacio Quiroga es otro ejemplo.

Don Luis planteó cuestiones que treinta años después serían tomadas por la ecología. Es claro al rechazar la idea antropocéntrica, que ponía al hombre como amo y señor de todas las riquezas del planeta. Todo esto al tiempo que escribía ensayos históricos y un torrente inmenso de poesía. Sostenía que la lucha de clases es el pulso de la historia.

“¿Es que no soy como el común de los hombres? ¿Es una maldición esto de sentir en mis huesos el crujido del mundo?¿Por qué la servidumbre y la resignación ajenas rebotan en mis narices como el olor de la carroña? ¿Por qué siento como mío el hambre del hambriento…?

Está dicho que la muerte mide con pies iguales al purpurado y al desnudo. ¿Cuándo la vida hará lo mismo? Eso sí, no doy por eso la espalda a la santidad de la Naturaleza en que los árboles entran erguidos en la muerte y los animales no doblan las rodillas ante otros”.

Se declara fervorosamente defensor de la naturaleza. Él, nacido en un cofre formado por montañas, fue el poeta que más le cantó al mar; también al árbol y al pájaro libre (la única condición para llamarse pájaro). Militó contra la jaula y pidió “la excomunión del jardín zoológico”.

En 1926 publica Los hijos del Llastay, donde cruza las costumbres de animales argentinos con los mitos que son materia de relatos y leyendas, muy cercano al lenguaje del cuento oral, en tono similar al de Las mil y una noches cuyanas de Draghi Lucero. Relatos que siguen pasando por la boca del pueblo, esa cantera inacabada donde naufraga la imaginación colectiva. El libro se vuelve a reeditar 53 años después con un prólogo exquisito del historiador Armando Bazán.

Su derrotero incluía charlas y publicaciones en medios gráficos. Muchos de sus libros sobre la naturaleza se inician con uno o más artículos aparecidos en la revista Babel, en el diario La Prensa o en otras publicaciones entre 1950 y 1970. Escribía sobre las técnicas y usos agrícolas llevados adelante por distintos pueblos en el mundo. Sobre el olivo, los sistemas de cultivos de egipcios, árabes, griegos y romanos. Pero también sobre el latifundio, la apropiación de tierras librada en la Patagonia, los indios colaboracionistas. Sobre la manera de montar del originario, de tratar al caballo. Muchas veces la ficción fue la salpimentación del relato. Historias camperas escritas con picaresca y lenguaje frondoso.

En 1953 sale Biografías animales, que condensa datos precisos sobre la fauna argentina y establece vínculo con la fábula, comparando la organización de la vida de mamíferos con la de los seres humanos. El libro fue editado cinco veces por editorial Peuser y no se trata de una reimpresión del texto original, en cada reedición hay agregados. Vuelve al relato folclórico, mixturado con una escritura, aguda, refinada. El resultado es un híbrido que recorre la biología, la zoología, las costumbres de animales, el conocimiento sobre los árboles, las tareas del hombre de campo montañés y la frescura que emanan los pasajes donde su territorio de escritura es el mar.

Con Franco pierde siempre el humano:

“Con una estatura y un peso más o menos iguales a los del hombre, o muy inferiores, los animales más conocidos lo superan holgadamente en el terreno de la gimnasia o el combate. Los dientes de la hiena pueden trozar el fémur de un buey. El león y el jaguar pueden derribar a un toro y arrastrarlo a su sabor, y la pequeña cerasta puede derribar a un camello, como el gimnoto eléctrico a un caballo”.

En 1956 publica Hudson a caballo, sobre la vida del gran escritor inglés que vivía en Quilmes, luego de varias conferencias donde destaca su contribución a la descripción de las costumbres del gaucho y la forma de estar en el mundo. En el 58 lo reedita con ilustraciones, en Peuser nuevamente. La tercera edición aparece en el 60. Y en 2020 aparece nuevamente, en homenaje a la edición del 56 de la desaparecida La Pléyade, por Leviatan, en coedición con Maíz Rojo y con un estudio brillante del escritor Horacio González. Acaso éste fue el último texto de González antes de morir.

En 1967 aparece Los grandes caciques de la pampa, donde además de develar costumbres de los primeros pobladores de la pampa, aborda las conspiraciones y traiciones de los pueblos indios en alianzas con caudillos como Rosas. Esta temática es profundizada en La pampa habla de 1968, donde aborda la problemática estanciera y el origen del latifundio, y se explaya sobre el caballo. Los caballos de la pampa del 67 es publicado una década más tarde en una edición ampliada. En 1973 aparece El arca de Noé en el Plata, en el que desgrana una vez más sus conocimientos sobre los animales que pueblan el suelo y las aguas del territorio argentino, los problemas de la ecología actual: la preocupación por la desaparición de las especies, la desertificación y una agricultura que deja de lado la preservación del suelo, dando paso a procesos industriales que empiezan a contaminar suelos, aire y aguas.

En 1976 publica Zoología de bolsillo, un sencillo estudio sobre varias especies animales, didáctico, donde emergen los problemas del calentamiento global y la matanza de especies en todo el continente.

En 1978 se publica Nuestro padre el árbol, una exaltación de los dadores de la sombra, “la catedral de los pájaros”, como decía don Luis. No es un tratado de dendrología, el estudio de los árboles, ni lo deja de ser. Franco cuela sus ideas sobre el mundo, empleando la expertiz del gran poeta que es. El libro es un llamado al hombre a dejar de lado la vida artificial de las ciudades y volver a toda marcha a la NATURALEZA.

Luis Franco es hermano de Thoreau y de Whitman. Pregonó a lo largo de su vida la libertad del hombre, la abolición de todos sus yugos y cadenas.

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