El examen psicofísico para los aspirantes a la Presidencia que propone el candidato Sergio Tomás Massa parece de lo más sensato en una campaña ganada por los desvaríos.
El examen psicofísico para los aspirantes a la Presidencia que propone el candidato Sergio Tomás Massa parece de lo más sensato en una campaña ganada por los desvaríos.
La calidad de la oferta electoral marca la profundidad de la degradación de un sistema político anonadado por la hiperfragmentación: que el ministro de Economía del 140% de inflación y el 40% de la pobreza retenga competitividad sólo se explica por las cualidades de sus oponentes.
La demagogia en la que Massa se zambulló tras las PASO aceleró la crisis. Sobre esas llamas echó Javier Milei combustible de altísimo octanaje con la convocatoria a escapar del peso hacia el dólar.
Juntos por el Cambio no puede capitalizar esta conjunción de irresponsabilidades por su propia defección: esmeriló sus chances en una interna crudísima entre Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta, cuyos erosivos efectos intenta remediar en el tramo final hacia la primera vuelta, con el tardío auxilio de Mauricio Macri.
La inoperancia de la interna de Juntos para potenciar a Bullrich es una novedad. Todas las experiencias de internas anteriores empoderaron a los espacios que las instrumentaron. Carlos Menem contra Antonio Cafiero en 1988; José Octavio Bordón contra Carlos “Chacho” Álvarez en el FREPASO que dejó terceros a los radicales en 1995; Fernando de La Rúa contra Graciela Fernández Meijide en la previa del ascenso de la fugaz Alianza de 1999. Incluso Macri legitimó su candidatura presidencial de 2015 en interna contra Ernesto Sanz y Elisa Carrió.
Las internas, ya desde antes de las PASO, articularon exitosamente los proyectos políticos nacionales.
La perspectiva histórica ofrece otros elementos ilustrativos sobre el proceso de esterilización del poder al que se asiste.
La pulsión destructiva que signa el litigio 2023 fue precedida por dos construcciones en las que sus integrantes depusieron diferencias muy intensas en pos de llegar al Gobierno.
Para conformar Cambiemos en 2015, los radicales y la Coalición Cívica debieron tragarse las críticas que habían proferido contra Macri.
En 2019, Cristina Kirchner designó candidato a Presidente a Alberto Fernández y luego incorporó al Frente Renovador de Massa en el Frente de Todos. Las furiosas objeciones de Fernández y Massa al cristinismo y la propia Cristina se superaron para ganar la Presidencia.
Internas, liderazgos: dos instrumentos indispensables para conjurar la libanización que la impotencia para al menos detener el desplome del nivel de vida argentino melló hasta volverlos inservibles.
Esta falta de filo se tornó más dramática por el impacto de la decadencia en el centro de gravedad de la política nacional, que es el área metropolitana. La política terminó de perder durante la gestión de Alberto Fernández su principal anclaje, los coroneles desertaron y se refugiaron en sus territorios mediante al desacople de las elecciones provinciales, siguiendo a Perón: desensillar hasta que aclare.
En esa escena irrumpió sorpresivamente Milei con su variante de la grieta y la reconversión del odio. Suplantó la dicotomía kirchnerismo/macrismo por casta/anticasta y se colocó a las puertas de la Casa Rosada.
Examen psicofísico, evaluación psicológica y psiquiátrica de los contendientes. Es la ciencia como última alternativa. Los filtros del sistema político no han podido discriminar aptitudes antes de la pelea, como ocurría hasta no hace mucho. La pulsión destructiva ha barrido con cualquier vestigio de vocación constructiva, en un paño plagado de jugadores que esperan proyectarse desde los escombros.
Milei tiene una diferencia central con figuras de perfil similar al suyo en la desmesura y la orientación ideológica. Donald Trump accedió a la Presidencia de los Estados Unidos tras ganar las primarias del Partido Republicano. Jair Bolsonaro llegó a la de Brasil después de una larga y sinuosa carrera que había iniciado en 1991, a caballo del movimiento que destituyó a Dilma Roussef.
Independientemente de la opinión que pueda tenerse de Trump y Bolsonaro, hubo organizaciones e instituciones que precedieron su ascenso. Milei emergió prácticamente desde la nada: no hay ninguna construcción colectiva previa a su consagración.
De ahí la penetración proselitista de la motosierra. Milei se apropió para su campaña de una herramienta que viene trabajando en la Argentina desde hace rato, sin que la política tradicional se diera por enterada.
Después de fracasar en mejorar las condiciones de vida de la sociedad, el sistema ha fracasado en el cometido de conformar organizaciones consistentes para disputar el mando nacional. Se supone que el reagrupamiento vendrá después de que se defina el Presidente, el domingo que viene o en el balotaje.
Inmensos interrogantes envuelven a ese hipotético proceso.
El primer y más importante desafío que tendrá quien gane la Presidencia será neutralizar el deterioro de los dispositivos disponibles para edificar consensos mínimos y encauzar la disputa política. No se trata de taquilleros gobiernos de unidad nacional, o de meter figuritas relumbrantes en el gabinete, sino de restaurar un ecosistema destruido. Es indispensable para el esfuerzo que demandará remontar la profunda crisis en que se encuentra el país.
La historia es, una vez más, aleccionadora. Es apropiado resignificar la consigna kirchnerista “no fue magia”.
La Convertibilidad que terminó con la inflación en 1991 no fue, en efecto, magia. Desandar la hiperinflación de Raúl Alfonsín le demandó dos años a la gestión de Carlos Menem, Plan Bonex y expropiación de los ahorros de la sociedad mediante.
La recuperación en la primera presidencia de Néstor Kirchner, desendeudamiento con el FMI incluido, fue posible por la devaluación del 450% que había ejecutado Eduardo Duhalde en 2002, que disparó los niveles de pobreza al paroxismo.
Mandrake, lamentablemente, no es candidato. Ni siquiera el Mago Fafá está en carrera.
Descartada la magia, el gran misterio pasa por los márgenes de maniobra que tendrá la próxima gestión presidencial para reorganizar las astillas que deje la motosierra y acometer la solución de una crisis que va en espiral entre la irresponsabilidad y la impotencia.