jueves 11 de abril de 2024
Editorial

La quietud de los cementerios

Una encuesta realizada por la consultora Taquión reveló que, pese al crecimiento acelerado de la pobreza y a los altos índices inflacionarios, hay todavía una porción importante de la población argentina que está dispuesta a tenerle paciencia al programa económico del gobierno de Javier Milei. El estudio señala que un 46% de la población acepta aguardar seis meses o más para ver si el escenario comienza a mejorar, contra un 27% que ya perdió la paciencia. El resto pone un plazo de paciencia no mayor a los seis meses.

Este margen que el gobierno nacional tiene todavía podría desvanecerse progresivamente si no logra estructurar un plan, es decir, una estrategia que les pueda mostrar a los ciudadanos argentinos cómo salir de una crisis que apunta a ser la más grave, de no empezar a revertirse los indicadores en los próximos meses, de la historia argentina.

Hasta ahora Milei ha apelado a un discurso que no por remanido ha dejado de ser eficaz: prometer que luego de momentos muy difíciles vendrá una mejoría generalizada de la economía. Como el hay que pasar el invierno de Álvaro Alsogaray, o el segundo semestre de Mauricio Macri. Pero no se explica cómo se hará, es decir, un plan que especifique el modo en que se logrará modificar la tendencia de pauperización que afecta a la mayoría de la sociedad argentina.

El problema es que, según parece, no hay un plan. O, en todo caso, el plan de un gobierno que apuesta a un liberalismo de mercado extremo, sin casi correlatos en el resto del mundo, es apenas generar las condiciones macroeconómicas para que luego lleguen las inversiones. La lluvia de inversiones, que también pronosticaba el gobierno de Cambiemos y que finalmente no se dio. Esas condiciones macroeconómicas se logran con un ajuste feroz del gasto fiscal hasta que el poder adquisitivo de los salarios se contraiga tanto que la inflación termine cediendo y el déficit baje.

Apegado como está a la doctrina de la ahora famosa Escuela Austríaca, el gobierno nacional considera que el Estado no debe intervenir ni siquiera para generar herramientas de promoción de la economía y de la producción del país. Es el sector privado el que, a partir de las inversiones, producirá una recuperación que luego derramará sus beneficios en los sectores medios y bajos de la sociedad. Eso puede explicarse de un modo muy básico en el plano teórico. Pero no funciona así en la práctica. En los países capitalistas más importantes los Estados juegan un rol muy importante en el crecimiento de la actividad económica y en las estrategias redistributivas de los beneficios del modelo, de modo de generar además las condiciones políticas que hagan sustentable el proyecto económico.

Sin un plan ordenador, la recuperación difícilmente se dé. En ese caso, podría lograrse una estabilidad, pero a un costo altísimo, con la pobreza superando el 60% -algo que nunca ocurrió en la Argentina desde que existen mediciones estadísticas- y estancada. La quietud de los cementerios.

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