Un sólido consenso social en torno al carácter indispensable del equilibrio fiscal signa la accidentada reconfiguración del ecosistema político que precipitó la irrupción de Javier Milei. Haber asociado el control de la inflación a ese concepto administrativo es el gran triunfo del líder libertario, que funda su predominio afianzado en otra asociación: la del peronismo con el caos económico.
El analista político Luciano Chiconi y el senador bonaerense Juan José Amondarain abordaron el fenómeno a principios de año, en un artículo titulado “¿Es posible una renovación del peronismo?”, publicado en la revista “Panamá”.
“Lo que en los ’80, ´90 y 2001-02 se legitimó como un partido proveedor de poder, orden, reformas y gobernabilidad, en los últimos veinte años se transformó en un partido productor de crisis. En el Núremberg electoral del 2023-25 contra el régimen económico de los últimos veinte años, el peronismo fue juzgado como el sinónimo político de la inflación y el caos. Ese sentido común de masas (y no tanto lo que haga Milei) es el factor sentimental que ordena la nueva política argentina”, consideraron.
Para ambos autores, “la sociedad priorizó castigar la falta de ambición renovadora de la oposición y forzó una polarización entre una mayoría mileísta y una primera minoría kirchnerista que hiciese más evidente la contradicción principal de la política argentina actual: la defensa (o no) de un orden macroeconómico ortodoxo como principio institucional básico de la nueva democracia pos-2023”.
Una renovación del peronismo no puede prescindir del orden fiscal. Solo hace falta remontarse al Perón del ’52 y al Plan de Emergencia de Alfredo Gómez Morales para verificarlo. Una renovación del peronismo no puede prescindir del orden fiscal. Solo hace falta remontarse al Perón del ’52 y al Plan de Emergencia de Alfredo Gómez Morales para verificarlo.
“Las elecciones nacionales de 2023 y 2025 confirmaron un consenso social en favor de un orden ortodoxo para la macroeconomía argentina”, que no significa “la adhesión a una ideología (la derecha, el libertarianismo, el fascismo), ni la expresión masiva de una idolatría a Milei”, sino que es “es la base del nuevo sistema institucional pretendido por la sociedad como respuesta política al fracaso inflacionario del orden 2005-2023”.
“No hay renovación sin una adhesión a ese orden”, concluyeron.
Asociaciones
Desde este punto de vista, asoma una tercera asociación funcional al liderazgo de Milei. A las del equilibrio fiscal con el control de la inflación y la del peronismo con el caos, se añade la del peronismo con el kirchnerismo.
El agresivo espectáculo que montó en su último mensaje al Congreso indica que Milei es muy consciente de la importancia que tiene para su proyecto sostener este último vínculo simbólico, que es además muy conveniente para el kirchnerismo.
Esto lleva a reformular el interrogante con que Chiconi y Armodarain titularon su artículo. Podría ser “¿Es posible una renovación del kirchnerismo?”, o “¿Es posible una renovación del peronismo asociado al kirchnerismo?”.
Grandes misterios en la era del “Déficit Cero”.
Máscaras
Tales preguntas interpelan al peronismo desde bastante antes que Milei llegara a la Casa Rosada ¿Qué fue, si no un intento de respuesta, la candidatura presidencial de Alberto Fernández? La victoria del Frente de Todos en las elecciones de 2019 se cifró en la absolución de Fernández y Sergio Massa, que hasta su incorporación a la alianza eran furiosos críticos del rumbo que había tomado el kirchnerismo desde la muerte de Néstor.
“La máscara de Alberto” fracasó porque el designado presidente jamás pudo superar su condición de delegado para edificar poder propio, pero más importante es que representaba en el origen la sensatez política y administrativa que atenuaba la rigidez ideológica y los desvaríos del gasto desbocado que encarnaban en el ultrakirchnerismo.
Algunos movimientos de CFK indican que podría tratar de reeditar la experiencia. Después de la bizarra exposición de Milei en el Congreso, la ex presidenta confinada en San José 1111 fue visitada por el diputado nacional Miguel Pichetto, quien de inmediato se ocupó de publicitar su intención de conformar un frente electoral contra Milei. CFK no ha dicho nada, pero que lo haya recibido es indicativo.
El diputado podría ser considerado un traidor peor que Alberto y Massa. Pasó de eficaz jefe de los senadores “k” durante los gobiernos kirchneristas a enconado objetor de CFK durante la Presidencia de Mauricio Macri, para finalmente ser candidato a vicepresidente del mismo Macri contra la fórmula Alberto-Cristina en 2019. Su incipiente retorno al redil se produce tras varios frustrados intentos de sintonizar con el orden libertario, a dos años de la conclusión de su mandato legislativo.
Adhiere, no obstante, al consenso del equilibrio fiscal y se ubica en el cuadrante ideológico que va del centro a la derecha.
Luego de acceder a la clemencia de su antigua jefa, participó de un acto organizado por el ex secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, que comparte con Milei el gusto por lo estrafalario y con Cristina y varios kirchneristas el infortunio judicial. Para Moreno, Pichetto podría ser un “excelente” candidato peronista a la Presidencia.
Estos tanteos metropolitanos comenzaron a emerger con más fuerza después de que “La Cámpora” de Máximo Kirchner consiguió someter las ínfulas independentistas de Axel Kicillof en la Provincia de Buenos Aires.
Lógico: el kirchnerismo no respaldará nada que pueda amenazar su cada vez más menguada influencia.
Si se extiende la mirada retrospectiva, se advertirá que una de las continuidades más firmes de la gestión cristinista fue impedir el acceso al poder de Sergio Massa, que acabó con la ensoñación de “Cristina Eterna” al ganarle como candidato a diputado nacional las elecciones en Provincia de Buenos Aires de 2013 al crédito kirchnerista Martín Insaurralde. La candidatura de 2015 fue para Daniel Scioli, la de 2019 para Alberto. La de 2023 se le concedió porque no había más remedio e iba a la parrilla, como referente de “la inflación y el caos”.
Otro eje
Massa tenía terminales en el interior, Alberto renunció a construirlas. Ambos fueron fagocitados por el kirchnerismo que, afincado en el área metropolitana, necesita abortar cualquier embrión de poder peronista articulado por los gobernadores y caciques territoriales ajenos a esa región. La necesidad se le ha vuelto más acuciante desde que CFK quedó presa.
La organización del peronismo del interior podrá ocurrir o no en el corto plazo, pero sería muy distinta a un vicariato como el que se le terminó imponiendo a Alberto.
Los gobernadores están conectados con el clima de época ratificado en 2025. Maniobran para sustraerse de la “motosierra” indiscriminada, pero coinciden con el Gobierno en la idea de que el orden fiscal resulta indispensable para regenerar la confianza en el país. La tensión con la Casa Rosada pasa por la forma en que se distribuyen los recursos fiscales entre la Nación y las Provincias, pero siempre dentro del control del déficit.
Una renovación del peronismo no puede prescindir de esta lógica sin condenarse al fracaso. Solo hace falta remontarse al Perón del ’52 y al Plan de Emergencia de Alfredo Gómez Morales para verificarlo.