Las elecciones de hoy serán el veredicto de la sociedad sobre el modo en que los componentes de su sistema político procesaron la irrupción de Javier Milei como encarnación del fundamentalismo de mercado.
Las elecciones de hoy serán el veredicto de la sociedad sobre el modo en que los componentes de su sistema político procesaron la irrupción de Javier Milei como encarnación del fundamentalismo de mercado.
Arrojen un ganador en primera vuelta o definan los contendientes del balotaje, los resultados ofrecerán los primeros indicios sobre la reconfiguración del electorado frente al fenómeno, despojados de las conjeturas y tabas al aire de analistas y encuestadores. Establecerán, por lo tanto, puntos de orientación concretos valiosos para desandar una fragmentación que impide reunir la consistencia política que requiere abordar la salida de la profunda y sostenida crisis argentina.
La incógnita sobre los protagonistas de la próxima etapa se despejará en las próximas horas. Continuará pendiente el enigma sobre su capacidad y voluntad para avanzar en la restauración de las herramientas indispensables para evitar que el ajuste continúe ejecutándose desmadrado sobre el lonjeado lomo de la sociedad, por la vía de la inflación.
La conducta de los candidatos en campaña anticipó su lectura del proceso.
Milei exacerbó la taquillera prédica contra la casta al mismo tiempo que, tal vez sorprendido por su posicionamiento, intentó matizar la bizarría de los más estrafalarios miembros de su elenco con la introducción y visibilización de factores de estabilidad más o menos polémicos. El sindicalista Luis Barrionuevo, por ejemplo, de cuya experiencia en la casta no puede dudarse, compártanse o no sus cualidades. O Guillermo Francos, que sería su ministro del Interior. El rupturismo libertario parece atenuarse a medida que se aleja de la retórica, alarmado por la brasa que le caerá en las manos en caso de embocar la Presidencia, muy condicionado por la insignificancia institucional en el Congreso y las provincias.
Sergio Massa, presidente de hecho de un gobierno colapsado, instrumentó las palancas del Ministerio de Economía para quemar las naves del gasto público con disposiciones demagógicas que implican una hipoteca para su propia eventual gestión, pero profundizó distancias con Alberto Fernández y Cristina Kirchner y se postula, igual que Milei, como pionero de un nuevo ciclo. Presenta la inconstancia en las lealtades que sus enemigos le reprochan como virtud pragmática y plasticidad para adaptarse a las circunstancias.
Patricia Bullrich pasó de la novedad de Carlos Melconian como ministro de Economía al retorno a las fuentes de Horacio Rodríguez Larreta como Jefe de Gabinete y el expresidente Mauricio Macri convocando a votarla y escoltándola en el cierre proselitista.
Mientras Milei y Massa desplegaron estrategias centradas en sus figuras y personalidades, Bullrich se difuminó en el colectivo Juntos por el Cambio, más específicamente en el PRO macrista. Ofrece “orden” y antikirchnerismo, reanudar la gestión de Macri, contra dos desórdenes: el vigente del Gobierno frustrado al que pertenece Massa, mal que le pese, y el que se precipitaría si Milei accede al comando.
Juan Schiaretti busca sostener la consistencia del peronismo cordobés como punto de referencia para la reconstrucción que se avecina. La trotskista Miryam Bregman es la única navegante en el cuadrante izquierdo del arco ideológico.
La lógica indica que Schiaretti y Bregman deberían mermar sus caudales debido a la reducción de sus expectativas, pero la lógica también entró en crisis con las PASO, en las que 10 millones y medio de electores se abstuvieron del voto.
Lo que ocurrirá hoy será la materialización del primer intento del sistema político para adecuarse a transformaciones sociales muy profundas, larvadas durante años, que se expresaron electoralmente en las primarias y desbordaron el formato de representación que ordenó el litigio político en las últimos dos décadas. Los votos prófugos de los dos bloques que acapararon la arena de disputa fueron hacia Milei, pero el reordenamiento no se ha completado.
En perspectiva, se trata del desencadenamiento de un proceso de descomposición que Cristina Kirchner consiguió detener en 2019 con la candidatura a presidente de Alberto Fernández y la incorporación de Massa al Frente de Todos.
También en aquel año la mayoría de los gobernadores había desdoblado sus elecciones provinciales de las nacionales para evitar que la gangrena nacional afectara sus esquemas. Neutralizada la infección, volvieron a enfilarse. La pandemia, paradójicamente, operó a favor de diferir el abordaje de la gran cantidad de asuntos irresueltos que dejaba el experimento, cuyo impacto se reactivó con toda la furia una vez que la peste remitió.
La libanización del poder nacional se reactivó con mayor virulencia. Fernández fue incapaz de edificar un liderazgo que equilibrara el crepuscular de Cristina Kirchner y, llegado el caso, lo suplantara.
En simultáneo con tan incierta deriva nacional, Catamarca define también su diseño político.
La fórmula Raúl Jalil-Rubén Dusso y el intendente capitalino Gustavo Saadi van por la reelección a la cabeza de una oferta con modificaciones mínimas, apenas nominales. Los resultados de las PASO permiten considerar un hecho la continuidad y destacar un detalle importante: el peronismo local ha sorteado con éxito la primera elección en la que la figura de Lucía Corpacci no tracciona desde la boleta o plebiscitando su gestión desde que recuperó el Gobierno en 2011. Le ha ido mejor, incluso.
El oficialismo está encolumnado con la candidatura de Massa pero, igual que la mayoría de los gobiernos provinciales, aguarda la definición del interlocutor nacional ya afianzado en su territorio.
Las primarias catamarqueñas tuvieron una singularidad: el voto en blanco fue la segunda fuerza, con el 24% de los sufragios. En ninguna otra provincia se produjo un hecho similar. Ese punto ciego se vincula con el interrogante provincial más fuerte, que recae en el campo de la oposición.
Juntos por el Cambio quedó en las PASO 30 puntos debajo del Gobierno y pelea el segundo puesto con los libertarios, que fueron e irán ahora colgados de la empoderada candidatura de Milei.
A contramano de la recomposición partidaria nacional, el radicalismo catamarqueño perdió en este turno su rol como eje articulador de la oposición y está en la cornisa de ser desplazado al tercer casillero por los debutantes libertarios. Si se reiteraran las relaciones de las primarias, el Gobierno se quedaría con las dos bancas de diputado nacional en juego, hecho que solo registra dos precedentes: 2003, cuando las ganó el FCS aliado al kirchnerismo tras el fracasado y traumático intento de llegar a la Gobernación de Luis Barrionuevo, y 2011, cuando los escaños quedaron en manos del Frente para la Victoria que acababa de ganar el Gobierno provincial.
Los radicales esperaban beneficiarse con la ola nacional de un triunfo de Juntos por el Cambio, pero lo que se produjo fue el tsunami de Milei. Del mismo modo, gran parte de su destino depende ahora de la peripecia nacional: que Patricia Bullrich, que es del PRO, consiga al menos entrar al balotaje.
La sobrevida de la camada que fracasó en el objetivo de cubrir los vacíos que dejaron Eduardo Brizuela del Moral y Oscar Castillo depende del meridiano que las urnas comenzarán a trazar hoy, desde la coordenada 22/10.