Los candidatos que compiten en las primarias de hoy debieron calzarse con fórceps en un formato que ha dejado de ser eficaz para articular el litigio político.
Los candidatos que compiten en las primarias de hoy debieron calzarse con fórceps en un formato que ha dejado de ser eficaz para articular el litigio político.
La antinomia Kirchner-Macri está perimida por el eclipse de los liderazgos de sus referentes, pero la inexistencia de alternativas consistentes le dio suficiente sobrevida como para condicionar la escena y sostener sus casilleros como los más expectantes.
Este fenómeno, superpuesto a la prolongada decadencia de las condiciones de vida y su consecuente impacto depresivo en el electorado, explica el escaso entusiasmo por el episodio que cierra hoy y el misterio que lo envuelve.
Alberto Fernández fracasó en construir una fuerza superadora del kirchnerismo, y este fracaso extendió la vigencia de Macri en la vereda opositora: una resurrección sorprendente si se considera el desastre económico que dejó, pero que obstaculizó el crecimiento de referentes que le dieran otro rostro a Juntos.
La política no ha acertado en la interpretación de la demanda social de un cambio.
La recuperación del centro de la escena de Cristina y Macri retrotrajo el debate a 2015 y lo cristalizó. Los corsés que ambos impusieron en sus espacios fueron desbordados y abrieron cauce en el mercado electoral al afianzamiento de figuras estrafalarias como la de Javier Milei. Como a pesar de su gravitación en las respectivas tropas ninguno de los dos estaba en condiciones de postularse, por el altísimo nivel de rechazo que reunían fuera de sus ecosistemas, las ofertas de Unión por la Patria y Juntos por el Cambio se conformaron por defección, con candidatos muy contrastantes para hacerlas lo más abarcativas posible: Sergio Massa y Juan Grabois en el oficialismo, Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta en la oposición.
En lugar de un diseño adaptado a los requerimientos de la sociedad, se convoca a la sociedad a adaptarse en las PASO a un diseño que no la expresa, o la expresa muy parcialmente.
Este inconveniente comenzará a resolverse hoy, con la definición de los candidatos para octubre.
Los resultados activarán el desafío siguiente para los ganadores: mantener dentro del redil los votos obtenidos por los derrotados y movilizar en su favor a la porción del padrón que se abstenga de participar, que conforme a los pronósticos tendría un volumen muy significativo.
El proceso que se abrirá a partir del lunes estará signado por el reacomodamiento en las propuestas que queden en pie de un electorado tan refractario como volátil.
Vale decir: estará signado por la solvencia que muestren los candidatos definitivos para inducir en la gente la expectativa de alumbrar un diseño que reemplace la dicotomía Cristina-Macri, tarea ardua porque no es posible prescindir de ellos, los polos que serían sustituidos, para llevarla adelante.
Durante la agonía del formato se hizo más evidente la consolidación de las organizaciones sociales como actor político.
Grabois, contendiente de Massa, proviene de allí. Su precandidatura fue percibida al principio como una suerte de mero dique para contener fugas desde Unión por la Patria hacia la izquierda, casi testimonial, pero con el correr de la campaña fue adquiriendo una consistencia importante. A la simpatía que Cristina le tiene, suma el capital para nada despreciable del favor del Papa Francisco.
Nadie espera que gane la interna, pero la cantidad de votos que consiga tendrá importancia central. ¿Cuánto representará en la sumatoria de Unión por la Patria? Con rondar el 10 por ciento introducirá un condicionante de peso a Massa, liberal que encarna el embrión de una especie de neomenemismo.
La disputa en La Matanza, el partido de mayor peso electoral en el Conurbano bonaerense y corazón del peronismo kirchnerista, marcará otra línea decisiva en este aspecto. Allí el intendente Fernando Espinoza, kirchnerista, es desafiado en la interna por Patricia “La Colo” Cubría, pareja del jefe del Movimiento Evita, Emilio Pérsico. Gane o pierda, el desempeño del Evita en el distrito marcará la solidez del movimiento y su potencial de proyección en adelante.
La autonomía económica alcanzada por los movimientos sociales en la última década es uno de los elementos que diferencia más claramente esta crisis de las precedentes. Los presagios retroactivos que impregnan la sociedad tienen una referencia en el luctuoso diciembre de 2001. Pero entonces el proceso posterior al estallido se desplegó bajo el influjo de los liderazgos de Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde, mientras que ahora no asoman figuras de relieve similar, capaces de encausar la fragmentación.
Tal vez empiecen a emerger de las PASO, pero las estructuras paraestatales que administran recursos públicos destinados a morigerar el impacto de la pobreza han perfeccionado su nivel de organización.
Las objeciones al incremento de la gravitación de movimientos sociales giran en torno a su supuesto carácter parasitario y los también supuestos perjuicios que provocan en la cultura del trabajo. Pierden de vista, sin embargo, el exponencial crecimiento de la marginalidad y la economía informal, que están por encima del 50%, y la falta de respuestas del sistema al flagelo de la exclusión.
Es absurdo suponer que transformaciones de la estructura social tan profundas como las que la Argentina viene experimentando no tendrán correlato en el terreno político. La pobreza es la cantera electoral más voluminosa del país pauperizado y se retroalimenta en la espiral de la crisis.
Los elementos nacionales todavía no han penetrado en Catamarca, que dirime el poder nacional en simultáneo con la Nación.
El peronismo selló la unidad con la ratificación de la alianza entre Raúl Jalil y el intendente capitalino Gustavo Saadi, y presenta una propuesta en la cúpula idéntica a la de 2019: fórmula gubernamental Jalil-Rubén Dusso, Saadi también por la reelección en Capital. Las urnas arrojarán hoy indicios sobre las posibilidades de retener el Gobierno.
En Juntos, la oferta final se dirime entre los sectores que encabezan Rubén Manzi, bajo la presidencial de Rodríguez Larreta, y Flavio Fama, con Bullrich.
Más allá de cuánto saquen entre ambos, el reto de los ganadores pasa por sumar a los perdedores en la campaña para las generales, en un esquema que no tiene, como la Nación, segunda vuelta.
Hay una diferencia con la peripecia nacional favorable a este empeño: la fuga de los electores del sector que pierda es menos probable. Romper la integridad del voto contrario al oficialismo demandaría maniobras de ingeniería electoral.
Otra diferencia aparece ya como obstáculo: Juntos carece en Catamarca de un jefe que cumpla funciones análogas a la que podría cumplir Macri para suturar las heridas que deje la interna, y no es seguro que el triunfador pueda cubrir ese vacío.
¿Estarán dispuestos quienes pierdan en Juntos a robustecer a sus antagonistas?
Es el gran interrogante que dejarán las PASO en el campo opositor. La rapidez con que los dirigentes logren despejarlo, más allá de las fotos de compromiso, será clave para sostener el tono electoral rumbo a octubre.