domingo 6 de septiembre de 2026
Celebrar las infancias creando

Infancia y adolescencia, en contacto con el arte y la naturaleza

El sábado 22 de agosto, en el marco de los festejos por el Día de las Infancias, el Espacio de Artes Visuales Coca Luján, del Centro de Cultura y Trabajo Comunitario Villa Dolores, abrió sus puertas a niñas y niños que no fueron solamente a festejar su día, si no que fueron los protagonistas de una muestra integrada por las producciones en las niñas, niños y adolescentes participan desde hace más de tres años en el Taller de Artes Visuales de El Portezuelo, coordinado por la profesora y artista visual María Inés Marinaro.

Las paredes del espacio se poblaron de pinturas, colores, formas, paisajes y mundos imaginados. Pero la muestra exhibía también algo que no siempre resulta tan visible: un proceso sostenido en el tiempo, el compromiso de las familias, la iniciativa de una comunidad y la convicción de que el arte forma parte de la formación y de la vida de las infancias. “Es un placer que nuestras infancias se celebren en la creatividad de ellas mismas”, valoraron.

El Día de las Infancias encontró aquí una forma distinta de celebrarse. No se trató solamente de preparar algo para niñas y niños, sino de abrir un espacio para contemplar aquello que ellas y ellos mismos son capaces de imaginar, crear y compartir.

Sus obras se convirtieron en la celebración.

Un taller que nació de la comunidad

Detrás de esta exposición existe una historia que comenzó hace más de tres años. La coordinadora, María Inés Marinaro, recordó que el taller y explicó que la propuesta nació a partir de una inquietud de la propia comunidad de El Portezuelo, en la escuela primaria, donde se dictan clases de música, pero no con una propuesta específica de pintura o artes plásticas.

La ausencia de ese espacio despertó el interés de madres y padres, que comenzaron a pensar en la necesidad de ofrecer a sus hijos una posibilidad de acercamiento sostenido a las artes visuales.

Fue entonces cuando la Biblioteca Popular Pedro Salomón Chade abrió este espacio y comenzó una experiencia que fue adquiriendo una identidad propia y se transformó en un taller estable, donde los más chicos y jóvenes pudieron desarrollar su sensibilidad, experimentar con diferentes recursos y descubrir sus propias formas de expresión.

Pero el proyecto fue encontrando, además, una característica que le otorgó una impronta particular: el taller no se desarrolla entre cuatro paredes.

Pintar en medio de la naturaleza

Los talleristas trabajan con pintura acrílica sobre tela y madera, y realizan buena parte de su actividad al aire libre, sobre caballetes, en contacto directo con la naturaleza. Ese detalle técnico es parte fundamental de la experiencia. Pintar al aire libre significa establecer una relación diferente con aquello que se quiere representar. El paisaje deja de ser simplemente un tema y se convierte en una presencia. Está allí mientras se pinta: en la luz, los colores, los árboles, las formas, los sonidos y las transformaciones del entorno.

En El Portezuelo, el territorio forma parte del proceso creativo. Las niñas y los niños crecen en relación con ese paisaje y, al mismo tiempo, encuentran en él una fuente inagotable para su imaginación. Lo que observan, lo que conocen y aquello que forma parte de su vida cotidiana puede aparecer transformado en una pintura.

Naturaleza y expresividad se encuentran así en un mismo gesto. No se trata de copiar el paisaje. Se trata de mirarlo, sentirlo, imaginarlo y devolverlo convertido en una imagen propia.

En ese proceso, cada participante desarrolla una manera singular de expresarse. Allí están los colores elegidos, las formas, las proporciones, las escenas y las pequeñas decisiones que hacen que una obra sea diferente de otra.

Y tal vez ése sea uno de los valores más importantes de una experiencia como ésta: no enseñar a las infancias una única manera de mirar, sino ayudar a que cada una encuentre su propia mirada.

Protagonistas

La muestra inaugurada en el Espacio de Artes Visuales Coca Luján reúne las producciones de: León Russo, Néstor Martínez Collantes, Lila Loritz, Alba Acosta Marinaro, Blanca Acosta Marinaro, Eva Ybarra, Briana Lencina Cardozo, Carla Lencina Cardozo, Yamiro Figueroa Olivito, Tomi Olivito Figueroa y Rodrigo Bracamonte.

Cada uno llegó a esta exposición con una producción propia, resultado de un proceso compartido, pero también profundamente personal. Las obras dialogan entre sí en las paredes de la sala, aunque conservan las diferencias que caracterizan a cada mirada. Allí reside buena parte de la riqueza de la muestra: no hay una única infancia, una única sensibilidad ni una única manera de representar el mundo. Hay muchas, y cada una encontró en el arte un lugar para hacerse visible.

Por eso, contemplar esta exposición también implica acercarse a la forma en que estas niñas, niños y adolescentes perciben su entorno. Sus trabajos hablan de lo que ven, pero también de lo que imaginan. De aquello que existe y de aquello que sólo existe, por ahora, en el territorio fértil de la imaginación.

El arte como experiencia compartida

El taller de El Portezuelo ha contado desde sus comienzos con el interés y el acompañamiento de las familias de la comunidad. Madres, padres y personas cercanas a las y los participantes entendieron que abrir un espacio para las artes visuales era también ampliar las posibilidades de formación y expresión de las infancias. Ese acompañamiento resulta esencial, porque la educación artística no se limita al aprendizaje de una técnica. Crear implica aprender a observar, tomar decisiones, desarrollar sensibilidad, imaginar posibilidades y confiar en la propia capacidad de expresar algo. En una comunidad, esos procesos también construyen vínculos.

La pintura puede comenzar frente a un caballete, pero sus efectos se expanden: llegan a las familias, a quienes acompañan, a los espacios comunitarios y, finalmente, a una sala de exposiciones donde las obras pueden encontrarse con nuevas miradas.

La inauguración del sábado 22 de agosto fue precisamente uno de esos momentos en los que el trabajo cotidiano salió al encuentro de la comunidad.

La muestra fue organizada por la Biblioteca Popular Pedro Salomón Chade, la casa Roja y Verde y el Refugio Verde El Portezuelo, con el acompañamiento de quienes sostienen esta experiencia desde el territorio.

De El Portezuelo a Villa Dolores, las pinturas realizaron un pequeño viaje. Pero con ellas viajó también la historia de un proyecto comunitario que comenzó con una pregunta sencilla: ¿por qué las niñas y los niños no tienen también un espacio para pintar?

La respuesta, construida colectivamente, lleva ya más de tres años.

Celebrar de otra manera

La coincidencia de la inauguración con los festejos por el Día de las Infancias terminó de otorgarle a la jornada un significado especial. Muchas veces, cuando llega esa fecha, las personas adultas pensamos qué ofrecerles a las niñas y los niños. Organizamos juegos, espectáculos, regalos o actividades destinadas a ellos. Todo eso puede ser motivo de celebración.

Pero esta muestra propuso, casi sin necesidad de decirlo, otra posibilidad: ¿qué ocurre cuando las infancias no son solamente quienes reciben una celebración, sino quienes tienen algo para mostrar, para decir y para compartir?

Las paredes del Espacio Coca Luján ofrecieron una respuesta. Allí estaban sus pinturas. No como un complemento de una actividad, ni como un detalle decorativo, sino ocupando el centro de la escena. Los niños celebraron su día a través de aquello que habían producido con sus propias manos, con su imaginación y con las experiencias acumuladas durante años de trabajo.

Celebrar las infancias puede ser también reconocerlas como creadoras de cultura.

Como personas capaces de imaginar mundos, interpretar el que habitan y expresarse sobre él.

Una trayectoria que acompaña

María Inés Marinaro es profesora de Artes Visuales, artista visual y docente catamarqueña. Desarrolla una trayectoria vinculada con la producción artística, la formación docente y la educación artística. Es docente del Instituto Superior de Arte y Comunicación (ISAC) de Catamarca, participó de proyectos de investigación sobre enseñanza y evaluación de las artes visuales e integró espacios y colectivos de la escena artística catamarqueña, entre ellos La Ventolera.

También estuvo vinculada a la gestión cultural como directora del espacio La Primitiva y fue seleccionada para participar en “En Frecuencia”, programa regional que reunió a artistas visuales de las seis provincias del NOA.

Desde hace más de tres años coordina el Taller de Artes Visuales de El Portezuelo, donde articula educación artística, creatividad, naturaleza y territorio, acompañando a niñas, niños y adolescentes en el desarrollo de sus propias formas de mirar y expresar el mundo.

La muestra de las niñas y los niños de El Portezuelo dejó, finalmente, mucho más que una colección de pinturas en una sala.

Dejó visible una experiencia.

La de una profesora que enseña, unas familias que acompañan, instituciones comunitarias que abren espacios y un grupo de niñas, niños y adolescentes que, frente a un caballete y en medio de la naturaleza, aprendieron que aquello que observan y aquello que imaginan también puede transformarse en arte.

Y el sábado 22 de agosto, en Villa Dolores, esas miradas encontraron una pared donde quedarse por un tiempo y muchas otras miradas dispuestas a encontrarse con ellas.

Así, en el marco del Día de las Infancias, la celebración adquirió su mejor color: el de las propias infancias creando.

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