sábado 4 de abril de 2026
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Hormigas voladoras

Por Rodrigo L. Ovejero

Hace pocos días estuvo lloviendo sobre Catamarca. Linda lluvia, mojadora pero medida, no de las que te hacen correr o quedarte pegado de espaldas a una pared con un alero de medio metro hasta que amaina. Y después de ella volvieron a mi jardín uno de los fenómenos que se me hacen más extraños de la naturaleza: las hormigas voladoras.

Uno pasa largos períodos de su existencia en compañía de las hormigas terrestres, al punto de que cuando ve una voladora, recién entonces recuerda que esos insectos podían volar a veces. Porque además no tienen el componente del asco, que tan memorable hace, por ejemplo, a la cucaracha voladora. Uno a veces pasa años sin ver volar una cucaracha, pero no se le olvida esa posibilidad, la impresión es duradera. Con las hormigas, en cambio, nos sorprendemos.

Sin embargo, no es acerca de nuestra experiencia como humanos que quiero hablar de la hormiga voladora, sino de la más alucinante y surreal que pueden tener las hormigas sin alas. La expectativa de vida de la hormiga común es de solo unas semanas, por lo cual transcurren generaciones enteras sin ver una que vuela. Aprenden de ellas por los relatos de sus antepasados, que les refieren historias de los seres alados que llegaron con la lluvia, pero todo da un giro todavía más inesperado si se tiene en cuenta que las hormigas pueden vivir hasta tres años –una cosa es la expectativa de vida y otra la longevidad- lo que quiere decir que hay ejemplares afortunados, ancianos sabios en el hormiguero que han visto con sus propios ojos las hormigas voladoras. La leyenda, entonces, se confunde con la realidad, y al cabo de unas generaciones, uno de esos ancianos podría observar nuevamente la aparición de estos seres alados y, emocionado, diría –mediante una vibración de sus antenas, claro, diría es un decir- “dijeron que estaba loco”.

Además, si tal cosa como la conciencia de clase existe entre las hormigas, qué indignante debe ser la aparición de unas que tienen alas. Pongamos, por caso, una hormiga obrera que lleva casi un año de vida (por esas cosas del azar ha logrado esquivar pisotones y venenos y está lista para entrar triunfal a su segundo verano). Durante todo ese tiempo ha trajinado senderos interminables llevando y trayendo comida para el hormiguero, bajo el calor calcinante, bajo el frío desalmado, enfrentando vientos desalentadores, y de pronto llega el verano y observa, por primera vez en su vida, la aparición de una hormiga que ha tenido la suerte de venir provista de fábrica con un par de alas que resultan muy convenientes para trasladarse de un lado al otro. Pero lo peor no termina allí, sino que las hormigas voladoras son machos y hembras que tienen la capacidad de aparearse, las obreras no pueden hacerlo. Entonces, una hormiga común las ve, hace una comparación del destino que le tocó en suerte a cada una, y tiene que tener muchísima fuerza de voluntad para no tirarse de lo más alto de la viña.

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