En una de esas equivocaciones tan usuales en la niñez, yo solía pensar que la adultez no era más que una cuestión de tiempo. Que la mera sucesión de cumpleaños me iba a llevar un día a ser un adulto, en la culminación de un proceso compuesto únicamente de ir pasando los días. Pero la adultez sigue siendo un aprendizaje para mí, a pesar de que he marcado muchos de los casilleros que usualmente se consideran a la hora de decir que una persona es adulta (entre ellos, por supuesto, los mencionados cumpleaños).
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Hitos de la adultez
Por Rodrigo L. Ovejero
He de destacar, en esta columna, por lo tanto, dos recientes acontecimientos que marcan un antes y un después en mi proceso de madurar.
El domingo estuve almorzando en la casa de mi hermano mayor. Osado, decidí estrenar una remera blanca ese día, pese a que el menú era vacío al disco (un plato, como todo el mundo sabe, muy chicoteador). Me sentía confiado, pensando en que la suma de mis experiencias vitales me permitiría por fin contar con el aplomo necesario para afrontar toda una tarde de desafíos gastronómicos sin manchar mi remera. Pues bien, tuve cuidado y salí airoso, no solo del vacío, sino también del helado posterior, en una demostración de temple sin igual. La tela blanca volvió tan blanca como se fue. Eugenia de Chicoff habría estado orgullosa de mí.
Quizás el lector no considere un logro notable lo narrado en el párrafo anterior. Es probable. Pero no podrá negar que lo que contaré a continuación constituye una cabal e indiscutible prueba de mi condición de adulto (condición a la que he llegado tarde, es verdad, pero más vale tarde que nunca). La noche misma en que escribo esta columna se encuentra marcada para siempre en el calendario como la noche en que leí las instrucciones antes de hacer algo.
Mi relación con las instrucciones de cualquier cosa siempre fue complicada, prefiero pasar a la acción e ir leyéndolas a medida que alcanzo un paso que no puedo superar. Una especie de ansiedad me urge a avanzar a tientas, a moverme por instinto. Esto hace, por ejemplo, que en ocasiones tenga que rescatar envoltorios de la basura en la que los había tirado ante mi desconcierto sobre los pasos a seguir. Pero en esta oportunidad hice una sopa instantánea y tuve la precaución de leer las instrucciones antes. Grata experiencia, es notorio lo mucho que facilitó la tarea.
Hitos de la adultez, en fin. Ritos de pasaje, me atrevo a decir. Que el lector decida, en todo caso, para mí la adultez sigue siendo un misterio. Incluso dudo de que exista en verdad, la confusión es total con respecto a ese tema. Pienso en una película cuyo nombre ya no recuerdo –o tal vez nunca supe- en la que un personaje decía que los adultos no existen, que son solo niños que deben dinero.