Es necesario hacer algunas reflexiones sobre el espíritu arbóreo que impregna la obra de Jorge Tula, allí donde late el bosque. Un universo que se extiende en el relámpago, en la lluvia, en el pulso del follaje. Naturaleza y lenguaje describen signos en la compleja trama de raíces como el poema “algarroba sagrada” de su primer libro “Semillas de la Lluvia”.
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Esperando los árboles, de Jorge Tula
(Editorial El Guadal)
Por Rosario Andrada
Atravesado por el panteísmo de Luis Franco, el poeta siente una atracción particular por contar las historias mínimas que hay en la naturaleza, del microcosmos en que se debaten impulsos universales y por eso decisivos -como él mismo lo reconoce-, sabiduría arraigada en los griegos antiguos, donde el cuerpo y el cosmos formaban una totalidad sagrada.
Uno de los misterios que más atesoro es el “Ogam” o “Alfabeto de los árboles”, que Robert Graves analiza en “La Diosa Blanca” cuando dice: “Encontré por primera vez el alfabeto de los árboles, se trata de una reliquia auténtica del druidismo transmitido oralmente a lo largo de los siglos, cada letra tiene el nombre de un árbol o arbusto, cada uno tiene una historia”. También era utilizado en el culto a las brujas de la Britania Medieval. Graves, se interna en el árbol de la vida y ese árbol es el alfabeto. Se rememora así el poder oculto de la palabra. Eugenia Straccali, consecuente con la mitología celta, también rindió culto al árbol en su poemario “El alfabeto de los árboles”. Quiero significar con esto, la revelación en la concepción divina de los árboles y de su contexto geográfico como una constante en la poesía de Jorge Tula.
En el libro “Esperando los árboles” hay un hilo enhebrando la memoria, cautivador de imágenes que nos habla de pertenencia, la nitidez de los cerros tan azules, de las orugas en la transformación de la tierra. El poema que da título al libro compara la luna con el ojo del gigante que Homero describe en la Odisea. Una mirada única, vigía que desata los impulsos líricos de un gran poemario. Contrariamente a lo que se supone que el ojo único de “Polifemo” tenía limitaciones, el “ojo mítico” al que hago alusión en el título del Prólogo tiene el poder de percibir y ver lo que no vemos en un delirante sueño.
Jorge Tula es un “ocupa” en la tierra y la habitará definitivamente cuando muera. Su corazón quedó anclado en los faldeos del valle, en el rumor de los algarrobos adormecidos, su estancia es solo una morada. La pertenencia es un andamiaje de voces de la naturaleza, con espíritus gozosos de llevar el dulzor amarillo de las vainas de un algarrobal.
Es a través del ojo mítico que observa el misterio de las vides paganas, los membrillos, o cómo se detiene el gavilán en el aire a mirar la “quemazón”. El poeta encuentra las imágenes más puras en un lenguaje que recorre una estructura móvil y lúcida bajo la percepción de un encantamiento.
En su estado arbóreo se llena de sonidos, el canto polifónico de los pájaros en el encuentro amoroso con el árbol. Una relación de secretos que los une, al mismo tiempo que una liturgia se abre en el silencio del monte, “en la pulsión de luz que hace girar la noche”. Hay una conjunción de pájaro y árbol que retroalimenta la vida. La correspondencia plena se advierte en el poema “Elogio al algarrobal”: “…bajo tierra las semillas sueñan con ser únicas/ de dulzor amarillo/ y si baja aquella leche antigua/ crepitan / gozos del fruto... no le ponga el hacha al cuello/ al padre de todos los árboles”.
En el poema “Retorno de la primavera” dice: “La primavera suelta sus felinos/ y el follaje se estremece…”. No hay imagen más bella, cuando la ferocidad estremece de luz, o cuando dice "La veo venir/ como una amada al lecho/ armada con pezones de retoño…”. Todo es movimiento, furor, nacimiento en la poesía.
Jorge Tula es “solo una partícula de cosmos, un árbol de raíces a la zaga de los ríos subterráneos, las nubes que deciden el destino de raíces y fauces, o la abeja que inocula la vibración del sol en la frescura del racimo”, al decir de Franco, con quien comparte el universo y el profundo lirismo de una tierra soñada.
En la 2da parte del libro, “Mitologías”, penetra en la deidad mesoamericana del jaguar, con el “Sueño del Felino” y otra vez aparece el ojo, la conexión, el ritual donde el animal atraviesa las edades; “Me habla el dios solar/ y es una infancia/ la que se desdobla,/ y puedo oler/ la sangre de las víctimas/ que huyen en la noche”. El poema “Sombra” representa una analogía, es el temor en el dulcísimo imaginario de su madre que sabiamente le decía “que no le diera de comer a la sombra”.
En la piedra desanda el tiempo sobre las voces que la modelaron, el agua que fluye, el viento zonda escribiendo sobre la arena o en la piedra que cobra vida, cuando dice: “late como un sapo de la noche…” . Las palabras que emplea Jorge Tula resuenan como un sortilegio, no en vano Albert Béguin dice que el poeta es un hechicero que evoca las sombras interiores y las convoca a una confrontación… las palabras son similares a esos ritos y están santificadas por alguna maravillosa reminiscencia.
El autor se adueña del paisaje, asocia la contemplación y la imaginación, revisa su espacio religioso, asume el ciclo cósmico como un desafío en la transmutación de la vida a la muerte y sostiene su mirada en poemas a los que denomina en su Capítulo 4to “Arqueología”, reflexiona sobre los objetos sensibles, si los sentidos muestran la realidad o es un engaño y define la importancia de la duda en la poesía porque “tiende el velo del sueño”.
Encuentra paralelismos y una geometría secreta que revive el amor. Teje el poeta el entramado de otoño para su amada con la yuxtaposición de imágenes que fluyen siguiendo siempre el ritmo encantatorio.
Sus últimos poemas reflejan distintos momentos de un meridiano magnético, el origen de las cosas, la agonía y la muerte, esa “serie de encadenamientos que dan cuenta que la vida fluye”. “Esperando los árboles” muestra la fascinación por la naturaleza, el misticismo en una dimensión simbólica de belleza. Una oración por la vida.