Aun con tasas de interés por las nubes, una alta proporción de argentinos recurre al endeudamiento para llegar a fin de mes. No es un relato opositor para desacreditar al gobierno, sino una estrategia de supervivencia en un contexto económico de estanflación, es decir, un escenario de estancamiento económico, con indicadores que parecen preanunciar el ingreso en la etapa recesiva, con inflación rozando el 3% y muy lejos de los vaticinios presidenciales respecto de una baja sostenida de la evolución de los precios.
Las estadísticas del Banco Central corroboran la tendencia ascendente del endeudamiento y, lo que es mucho más grave, de la morosidad, dato duro que revela la incapacidad ciudadana para afrontar en tiempo y forma los compromisos asumidos, incumplimiento que tiene como causa de fondo un deterioro progresivo de los ingresos de los sectores asalariados. En promedio, las familias argentinas destinan cerca de una cuarta parte de sus ingresos al pago de deudas. Pero, como se dijo, el problema más acuciante es el modo en que escala la mora, que ya alcanza el nivel más alto de los últimos 15 años, alcanzando el 5,2%, con una suba intermensual de 0,7 puntos porcentuales.
Tal vez el gobierno argentino debería, si quiere contribuir a una salida de esta encrucijada que afecta a millones de personas, aprender de experiencias exitosas, aunque para tal fin deba renunciar a asumir decisiones que van en contra de los principios libertarios de prescindencia casi absoluta del Estado en la regulación de determinadas variables económicas.
Tal vez el gobierno argentino debería, si quiere contribuir a una salida de esta encrucijada que afecta a millones de personas, aprender de experiencias exitosas como la de Brasil. Tal vez el gobierno argentino debería, si quiere contribuir a una salida de esta encrucijada que afecta a millones de personas, aprender de experiencias exitosas como la de Brasil.
El espejo virtuoso en el que Milei podría mirarse es el Brasil de Lula, que implementó en 2024 “Desenrola Brasil”, un programa de renegociación de deudas que millones de familias de ese país habían contraído durante la pandemia y los años inmediatamente posteriores. Lo que hizo el Estado brasileño es ponerle tope a los intereses de las tarjetas de crédito e incentivar a bancos y empresas de servicio a competir por quién ofrecía el mayor descuento para cobrar deudas morosas. Se lograron de ese modo descuentos promedios mayores al 80%, con picos del 96%, y plazos de pago de hasta 60 meses.
Cinco meses después de iniciado el programa, 15 millones de familias habían logrado refinanciar sus deudas en términos mucho más beneficiosos, lo que redundó en una baja en la tasa de morosidad en el sistema bancario y, consecuentemente, en un repunte del consumo a partir de los recursos que pudieron volcarse a fortalecer el mercado interno de productos y servicios.
El programa, si bien fue impulsado desde el Estado, contó con la participación del sector privado, que realizó concesiones pero logró cobrar créditos que, sin la implementación del programa, se hubiesen convertido en incobrables.
El fundamentalismo de mercado que profesa el régimen libertario no permite albergar expectativas respecto de que medidas de índole similar se apliquen en Argentina. Sin embargo, salirse un poco del libreto a veces es una señal de conveniente pragmatismo.