Como nunca antes desde la implementación de las PASO, el panorama electoral muestra un escenario de fragmentación que se asemeja más a una diáspora causada por la deslegitimación de la representación política que al resultado del ejercicio virtuoso del pluralismo.
- El Ancasti >
- Edición Impresa >
- Opinión >
Escenario de fragmentación
En los comicios previos -desde 2011 hasta la fecha- para dirimir el acceso a los poderes ejecutivos, las fuerzas mayoritarias presentaban alternativas hegemónicas internas que permitían predecir el resultado y en consecuencia la configuración de la fórmula que representaría a la facción en las elecciones generales. Tanto a nivel nacional como provincial. En esta oportunidad el contexto político exhibe una multiplicidad de opciones que impiden anticipar con cierto grado de certeza cómo quedarán conformadas las listas de los principales candidatos. La única excepción sería el oficialismo provincial, que apostaría en los lugares de privilegio –Gobernación e intendente de la Capital- por sendos intentos reeleccionistas.
En la oposición, la complejidad del armado nacional terminó gravitando en la estructuración de la oferta electoral catamarqueña. Hace apenas tres meses el partido con mayor peso de Juntos por el Cambio, la UCR, eligió en internas a sus autoridades partidarias. Ni siquiera esa compulsa logró ordenar la distribución doméstica de poder que permita presagiar qué sector o candidato podría prevalecer en las primarias de agosto. El ganador de aquella elección, Alfredo Marchioli, impulsado por la Línea Celeste, es hoy precandidato a gobernador. Pero llega a la jornada clave del cierre de las listas de candidatos un casillero por atrás de otros competidores del sector, sin poder articular aún eficazmente alianzas internas que le permitan mejores perspectivas electorales. Ya hay referentes “celestes” con peso territorial que anunciaron adhesiones a otros candidatos.
En el nivel nacional, la fragmentación trasciende las PASO. A diferencia de las elecciones presidenciales anteriores, en las que hubo dos candidatos que se quedaron con el grueso de los votos –Mauricio Macri y Daniel Scioli en 2015 y Alberto Fernández y otra vez Macri en 2019-, las perspectivas para octubre preanuncian un escenario partido en tres: Juntos por el Cambio, Unión por la Patria y los libertarios de Milei –aunque su caudal electoral sea aún difícil de estimar considerando sus sucesivos fracasos provinciales-, con indefinición respecto de quiénes serán los que lleguen al balotaje de noviembre. La segunda vuelta aparece como una de las pocas instancias seguras en este proceso.
Algunos analistas consideran, sin embargo, que ya debe hablarse de un escenario partido en cuatro: los indecisos y los desencantados que anticipan un voto en blanco o la abstención conformarían un 25% que imposibilita avanzar en vaticinios con cierto grado de certidumbre.
Esta cuarta parte del electorado congrega a millones de ciudadanos que, con distintos niveles de enojo, comparten sin embargo la decepción o la inseguridad respecto de si hay algún candidato que los represente.
El pesimismo sobre el futuro inmediato de la Argentina o el hartazgo por la impotencia de los últimos gobiernos para resolver problemas básicos no son emergentes novedosos de la realidad política nacional. En el 2001 la bronca era aun mayor, y el clamor era que “se vayan todos”. Muchos de los que hoy aspiran a conducir los destinos del país estaban entonces y hoy también. No se fueron.
La complejidad del escenario permite sin embargo una certeza: el gobierno que asuma en diciembre deberá esforzarse mucho más que sus antecesores para lograr gobernabilidad. Será, por la fragmentación, el desprestigio renovado de la política y las defecciones propias de los candidatos o las fuerzas que encabezan, un gobierno débil. Construir consensos será a la vez un desafío inevitable y el único camino para lograr sumar poder que le dé aire y fortaleza para revertir el proceso de degradación económica y social de la Argentina.