lunes 26 de febrero de 2024
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Encuentro

Por Rodrigo L. Ovejero

La historia de la humanidad se compone, en gran parte, de gente que intenta obtener los favores amorosos de otra persona y en pos de este objetivo alcanzan las cimas más altas o, por el contrario, se hunden en abismos insondables. Pero quiero hablar, puntualmente, de los distintos procedimientos de ayuda al amor que a lo largo de los años han hecho más accesible la tarea romántica.

No hay nada nuevo bajo el sol, en este tema ni en ningún otro. La revolución de Tinder no hizo otra cosa que llevar a la pantalla del celular lo que en otros tiempos podía encontrarse en las páginas de diarios bajo el rubro 39, denominado “Solos y solas”, en el cual -en la escueta síntesis lingüística propia de un aviso clasificado- las personas intentaban explicar la conveniencia de su elección como compañía de vida (o, por lo menos, de algunos días). Había algo de saludable misterio, claro está, en el salto al vacío estético que implicaba contestar un anuncio de esas características sin una fotografía de por medio. Algo similar ocurría en la radio, en horas de la madrugada, décadas atrás, cuando los locutores –con un ineludible fondo musical de saxofón estilo Kenny G- leían estos anuncios para aquellos que anhelaban enfrentar la vida en compañía del ser amado.

Pero quiero detenerme, en particular, en una de las más pintorescas y entretenidas formas de buscar pareja que tuvieron lugar en la década del noventa. Me estoy refiriendo, más precisamente, a Yo me quiero casar ¿Y usted?, programa conducido por Roberto Galán –portador de un bigote que con toda seguridad entraría en un panteón de bigotes, si tal cosa existiera- y que ya desde el título expresaba una ambición fuera de lo común. Podría haberse llamado Yo quiero que veamos qué onda, o tal vez Yo quiero ponerme de novio -si se quiere un mayor grado de compromiso- pero no, directamente apostaban a lo grande y jugaban la carta del matrimonio directamente.

No había restricciones de edad en cuanto a los postulantes, pero por algún motivo todos los participantes eran ancianos o, en algunos casos, adultos con bastantes años de experiencia. Posteriormente hubo versiones de este programa en las cuales participaban jóvenes con toda una vida por delante para cometer numerosas elecciones equivocadas, pero carecían de la magia que tenía el de Galán, porque en todos ellos podía adivinarse la posibilidad de rectificar el camino, nada es definitivo antes de los treinta. En cambio, en Yo me quiero casar… no solo el matrimonio le otorgaba un peso específico a la opción, sino que la edad de los participantes no auguraba nupcias ulteriores, era a todas luces una elección que no se podía tomar a la ligera. Podría haberse llamado, incluso, Yo quiero enviudar ¿Y usted?, y no habría sido desacertado.

Lamentablemente no cuento con estadísticas fiables acerca de la supervivencia de las parejas que se formaron en aquel programa, y mucho menos cuantas de ellas llegaron efectivamente al altar. Según una leyenda urbana, incluso, un hombre mató a una mujer a la que conoció allí. Imposible saberlo, pero en todo caso, prefiero pensar que alguna historia de amor funcionó y en algún cementerio hay una tumba cuya lápida dice nací para ti, y al lado de ella, una que tiene grabado aquí me tienes.

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