viernes 1 de mayo de 2026
Cara y Cruz

El tsunami y el enigma

La envergadura del triunfo le otorga a Javier Milei una legitimidad contundente al mismo tiempo que marca el tamaño de las expectativas depositadas en él.

El presidente electo llegó surfeando sobre un tsunami de hartazgo y bronca que impactó con mayor fuerza en el peronismo gobernante, pero arrasó con las estructuras que han venido administrando el país en los últimos veinte años.

El pacto que selló tras las primera vuelta con Mauricio Macri y Patricia Bullrich no desmiente este hecho. Más bien lo verifica, porque fracturó la alianza que venía funcionando como oposición.

Sergio Massa, finalmente, no pudo revertir el rechazo al Gobierno del que forma parte, que llevó la crisis al paroxismo con él a cargo del Ministerio de Economía, pero conviene no olvidar que Juntos por el Cambio cayó antes y no consiguió entrar al balotaje.

En este marco, la legitimidad de Milei es directamente proporcional a la falta de legitimidad del sistema de representación, que ha quedado muy escorado. En este contraste radica su desafío más urgente.

Para llevar adelante las reformas que se propone y del modo que se propone -drástico, sin gradualismo, según dijo- el nuevo presidente requiere establecer relaciones con la urdimbre institucional y política que el electorado ha repudiado a través de él.

La Libertad Avanza cuenta tan solo con ocho senadores sobre 72, 38 diputados sobre 257 y carece de gobernadores.

Esta exigüidad institucional no tiene precedentes.

Macri, el último presidente antiperonista, concentró el control político de la Casa Rosada, Ciudad de Buenos Aires con Horacio Rodríguez Larreta y Provincia de Buenos Aires con María Eugenia Vidal, además de la representación minoritaria pero aún así voluminosa y disciplinada de Cambiemos en el Congreso y la anuencia de la mayor parte de los gobernadores del país, varios de ellos aliados suyos.

La Libertad Avanza, en cambio, es un fenómeno inorgánico, que no sucumbe en lo amorfo solo porque la figura de Milei le proporciona consistencia.

El más “out-sider”

La comparación del líder libertario con los expresidentes Donald Trump, de Estados Unidos, y Jair Bolsonaro, de Brasil, es adecuada mientras se circunscriba a los modales, los exotismos de estilo y los ingredientes ideológicos. Bajo esa epidermis, las diferencias son profundas.

Antes de acceder a la Presidencia, Trump tuvo que ganar las primarias del Partido Republicano.

Jair Bolsonaro desarrolló una extensa carrera política antes de llegar a presidente del Brasil, batalla para la que contó con el respaldo de todos los sectores opositores a Lula, judiciales incluidos, que destituyeron a Dilma Roussef.

A diferencia de ellos, Milei es un “out-sider” sin mácula, llega prácticamente virgen. Su vertiginoso ascenso no pasó por ninguno de los filtros formales de lo que caracteriza como la “casta”: solo, logró barrer con todos los aparatos.

Para dimensionar la magnitud de esta hazaña, basta considerar el esfuerzo que erogó la poderosísima maquinaria peronista para tratar de batirlo.

La Presidencia, los gobiernos provinciales, las intendencias, los sindicatos, los movimientos sociales… Los insumos de todos los esquemas peronistas convergieron y fracasaron frente a la voluntad de un electorado insumiso, inmune a los dispositivos de seducción tradicionales de la dádiva y las advertencias de lo que se bautizó como “la campaña del miedo”.

Trump y Bolsonaro asumieron guarnecidos por redes de contención institucional sólidas, que previamente contribuyeron a sus triunfos y sostuvieron sus administraciones.

Milei se encumbra sin ellas. Su penetración electoral obedece en gran medida a esa peculiaridad, pero el ejercicio del poder delegado por la sociedad le demanda ahora construirlas.

En otras palabras, debe trasladar el consenso electoral al sistema institucional.

Verificado el tsunami, se abre el enigma sobre ese proceso.

Clave de gestión

Esquemáticamente, lo que la sociedad ha sancionado a través de Milei es la bajísima calidad de las prestaciones del sistema político, más irritantes si se las compara con los rumbosos niveles de vida de la mayor parte de sus miembros.

Si se analiza todo el accidentado proceso que concluyó ayer, se advertirá que el voto castigó una gestión, la nacional, pero premió otras, provinciales y municipales.

Al recién consagrado presidente tal vez le convenga considerar este elemento.

Catamarca, que hizo sus elecciones junto con las nacionales, es un buen ejemplo en este sentido.

En la primera vuelta del 22 de octubre, el Gobierno provincial logró un triunfo demoledor sobre sus antagonistas, con 30 puntos porcentuales de diferencia sobre el segundo. Este desempeño benefició a Massa, que le ganó a Milei en la provincia por diez puntos.

En el mano a mano del balotaje, ya sin el empuje de los esquemas provinciales, Massa quedó cinco puntos debajo del libertario.

El electorado catamarqueño, y el de todo el país, valoró y discriminó en base a su percepción sobre la calidad de las gestiones: positiva para la provincial, negativa para la nacional.

Nada permite suponer que a Milei no se le aplicará la misma vara, con un detalle adicional para nada menor: en el derrotero que lo llevó a la Casa Rosada, la sociedad ha confirmado la potencia instrumental del voto para desplazar a quienes no ofrecen respuestas a sus demandas y se desentienden de su agenda.

La rabia y la intransigencia le sobraron a Milei para ganar. Estos ingredientes, eficaces para capturar votos en el coto de la frustración colectiva, resultan nocivos para la etapa que viene, que requiere ductilidad.

La distancia que logró en el balotaje le da a Milei un handicap tan importante como las dificultades de la tarea que le espera.

La fragmentación aún está por resolverse y la paciencia de la sociedad, agobiada por una crisis extensa y sostenida, tiene la mecha corta.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar