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Cara & Cruz

El pos-adornismo

1 de julio de 2026 - 00:28

De la bizarra peripecia de Manuel Adorni puede rescatarse como elemento positivo el descubrimiento que la clase política argentina puede ponerse de acuerdo en algo. Es un elemento que el malogrado Jefe de Gabinete no atinó a consignar como el único éxito de su gestión: consiguió neutralizar la fragmentación nacional apenas con su jactanciosa estupidez.

El deseo de que se fuera, por diferentes motivos, era prácticamente unánime. Claro que las excepciones eran nada menos que Milei, su hermana Karina y Lilia Lemoines, pero era demasiado pedirle el consenso absoluto después de haber logrado la singular hazaña de cubrir en apenas tres meses la trayectoria desde inocuo e inservible alcahuete a lastre irrecuperable.

El asunto ahora se traslada a la oposición, vuelta a la fractura ¿Cómo sigue la vida sin Adorni? La desaparición de este aglutinante, capaz de conciliar divergencias tan extremas como las que median entre Patricia Bullrich y Máximo Kirchner, pasando por Myriam Bregman, plantea dilemas más arduos debido a la reactivación de los escándalos protagonizados por Martín Insaurralde y su ex Jesica Cirio, que quedan solitos su alma para el regodeo de una opinión pública ya aburrida de la criptoestafa Libra, las coimas por los medicamentos para discapacitados y otros novelones.

Reemplaza a Adorni Diego Santilli, de quien podrá decirse cualquier cosa menos que es tonto, sobre todo si se lo compara con su antecesor. Es improbable que deba recurrir a coartadas como las del pendrive fantástico.

Curtido veterano de la “casta”, conectado a todos los sectores, genera expectativas por la posibilidad de que consiga establecer mecanismos de relación política e institucional menos tóxicos que los que se exacerbaron durante la estadía de Adorni.

Lapicera mayor del Poder Ejecutivo nacional después de Milei y la hermanísima a partir de ahora, retendrá el control del Ministerio del Interior. Es el mismo diseño burocrático que en su momento aplicó Guillermo Francos, quien no pudo sobrevivir a la interna entre Karina y Santiago Caputo.

Que la administración de ese complejo litigio intestino constituya el desafío más difícil de Santilli confirma que el desconcierto opositor es la ventaja principal de Milei en su carrera hacia la reelección.

Con la salida de Manuel Adorni vuelven al primer plano el desconcierto opositor y la ausencia de alternativas consistentes al liderazgo de Milei. Con la salida de Manuel Adorni vuelven al primer plano el desconcierto opositor y la ausencia de alternativas consistentes al liderazgo de Milei.

El episodio Adorni, aparte, demuestra una vez más que el estrafalario estilo presidencial enmascara su sutileza política y su implacable pragmatismo.

Concluida la crisis, consigue Milei instalar una duda: ¿su porfiada defensa obedeció a un capricho o formó parte de una estrategia?

Es difícil saberlo, pero están los resultados. Se desprende de Adorni sin renegar de él y ratificando que confía en su inocencia, recupera la iniciativa política y vuelve a hacer emerger la inconsistencia política de sus antagonistas.

La narrativa libertaria, en perpetua reescritura, podrá sumar la historia a los sacrificios personales que está dispuesto a hacer el profeta en pos del objetivo más trascendente que es, como todo el mundo sabe, la libertad y el exterminio del colectivismo. Cuánto dolor tener que entregar a Manuel, pero la causa es más grande.

Al frente de la Jefatura de Gabinete ya no hay un pelele, sino un avispado y experimentado operador. Milei le dio el gusto a Macri, a Patricia Bullrich, hasta a Victoria Villarruel. El jefe del PRO tiene que revisar su incipiente plan para reagrupar una fuerza que compita con la Libertad Avanza.

13 gobernadores asistieron a la asunción del nuevo Jefe de Gabinete, que aprovechó su paso por el Ministerio del Interior para estrechar relaciones con la mayoría de los caciques provinciales. Todos “casta”, como él, carentes de una referencia de proyección nacional.

Adorni queda atrás. Milei retoma el comando de la escena en el pos-adornismo, solo acechado por los imponderables de los daños autoinfligidos.

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