De madrugada, muy agitado, el denunciante llegó a la comisaría:
Por César Noriega
De madrugada, muy agitado, el denunciante llegó a la comisaría:
-¡Don Teófilo se murió! –gritó desde la puerta.
Era un seis de enero y el cabo Pinto Torres bostezaba desde una silla cuando escuchó los gritos.
Han pasado los años y lo recuerdo -y recordaré- hasta mi propia muerte.
Según el testigo, el cuerpo colgaba a metros del piso, se bamboleaba por el viento y la lengua llegaba hasta el pecho. Enrollado a su cuello, un poncho azul con guardas rojas colgaba junto al extinto.
La infausta noticia conmocionó al caserío. Don Teófilo era un personaje querido y divertido; quién podría siquiera imaginarlo muerto por una locura. Enseguida comenzaron a tejerse historias disparatadas. Que la mujer, que la soledad, que las cabras, que el daño, en fin.
El sargento Torres me mandó a llamar después de recibir la noticia, pues era yo el único fotógrafo en el pueblo.
-Salimos enseguida. En tres horas llegamos al puesto de don Teófilo –dijo preocupado, dolido por la adversidad.
-Habrá que sacar fotos y descolgar el cuerpo -aseguré.
-Y cargarlo cuesta bajo a lomo de mula. Los forenses han de querer revisarlo -agregó.
Me inquietó el hecho de tener que trajinar con un muerto, pero no podía rehusarme. Y surgió la pregunta fatal:
-¿Se mató? ¿Lo mataron?
Torres -pensativo- se inclinó por el asesinato.
-¿Quién? Acá nunca pasa nada –aseguré.
-Cuatreros –contestó preocupado.
Torres era un policía baqueano, conocía el lugar, a la gente y al monte tupido, con sus laderas y barracos. Él mismo alistó las dos mulas.
Antes de salir, la tía Niña, madre del policía, nos convidó un plato de sopa con pan casero; dispuso alforjas con tortilla al rescoldo, charquis* y dos botellas de vino “por si el frío los agarrara en el faldeo”, dijo. Después, santiguándose, nos dio la bendición: “En nombre de Dios y la Virgen”, exclamó dejando ver sus ojos húmedos.
Encaramos la travesía por una senda angosta. Las mulas iban inquietas y movedizas. Después de casi cuatro horas por quebradas y cuestecillas, avistamos el puesto de don Teófilo, plenas serranías del Gracián.
Salieron a recibirnos muy de mal humor cuatro perros flacos que armaron un bochinche como si quisieran comernos vivos. Los ladridos alteraron la paz y el silencio de las lomadas donde el hombre vivía junto a doña Mercedes, su mujer, más un puñado de cabras y ovejas.
Sentí ansiedad-como pocas veces en mi profesión-pero el ambiente denso me detuvo. Quise bajarme para ir por el occiso y tomar las primeras fotos cuando apareció en el patio la anciana con una escoba de pichanas*. Repartió escobazos por el lomo flaco de los perros, pero los animales seguían embravecidos, no nos dejaban bajar.
-Han visto a la muerte -murmuró Torres. Después se apeó y chicote trenzado en mano, desparramó a la perrada a lonjazos. -¡Perros de mierda! -insultó.
El sargento iba uniformado y esto atrapó la atención de la anciana. Torres le extendió la mano derecha y dijo por lo bajo: “La acompaño en su sentimiento, doña Mercedes.”
-Igualmente, hijo- contestó la mujer, impávida.
Nos hizo a pasar a una cocina de adobe, techos de paja brava, separada del rancho. Desde unas cañas renegridas por el hollín colgaban cueros de cabras, lazos, astas de ganado y charquis. Doña Mercedes acercó una pava a la par de los tizones que ardían en el suelo, al medio de la cocina y que daban calor a una olla sostenida por un alambre atado a la cumbrera. Había sólo dos sillas enanas de cuero, de modo que quedé parado esperando la orden del sargento para ir a sacar fotos al muerto, el que no debería estar lejos de allí, tal vez en un talar detrás de la casa.
La anciana se sentó con un yerbero en las faldas y se dispuso a cargar el mate sin signos de dolor en su rostro.
-¿Y el muerto? –pregunté al sargento por lo bajo.
Entonces doña Mercedes me miró fijamente:
-¿Teófilo? Anda arriando las cabras, ya´i venir.
Casi caímos antarca*. ¿Una broma de mal gusto? ¿Una noticia falsa?
Torres tragó saliva y dijo a la anciana el motivo de nuestra presencia. La vieja se echó a reír, tanto que contagió hasta los perros. Terminamos los tres riéndonos de la mentira ¡No había ningún muerto! No había que llenar papeles, ni sacar fotos, menos descolgar un cuerpo tieso y trasladarlo hasta el pueblo sobre la mula. Nada. En medio del asombro estábamos cuando el famoso “muerto” apareció.
-Güenas y santas -dijo un encorvado anciano, abundante barba blanca, apoyado en un bastón de palo. Traía poncho azul con guardas rojas al hombro, un sombrero negro gastado y la sonrisa de oreja a oreja. Parecía feliz.
Cuando el sargento terminó de comentarle la novedad, el viejo se sentó en un tronco, se tapó la cara con el sombrero y rio a carcajadas hasta babearse.
Al rato don Teófilo volvió a calzarse el sombrero y su rostro endureció.
-¿La muerte? ¡Miescha mi haí de pillá! Ya son tres veces que andoy esquivándola. Una vez cazando leones, esos bichos sí que son estúpidos. La otra vez me topé con la “luz mala” ¡a puñal qué joder! Me torció la cabeza esa macana, me perdió. Fue una vuelta que venía a caballo de lo de Nicolás Vega donde habíamos tomado unos vinitos. Yo vide una semejante luz en medio del camino, me bajé del caballo, saqué el puñal y me envolví este mismo poncho en el cogote. La infeliz se fue de la huella y enseguida la vi más arriba, sobre el rancho de Nicolás, como una bola roja, chispiante y después se fue. Y el otro día en la Loma Colorada que le dicen, me apareció el Llastay*.
-¿Se apareció quién? –pregunté sorprendido.
El viejo me miró fijo: “El Llastay, hijo. Es el dueño del campo y del cerro, él defiende a los venados de las balas. Si alguno sale a cazar tiene que llevarle aguardiente y maíz tostao. Si el bichito es chico no va a dejar que lo maten. Lo va a ver sobre una peña, forma de cristiano... Grita fuerte y fiero, se te encrespan los pelos de la nuca ¡Juna gran siete!
Pasaron un par de meses desde aquel extraño acontecimiento en el Puesto de don Teófilo. Cámara al pecho recorría una Exposición Artesanal en la plaza del pueblo cuando divisé un poncho azul -guardas rojas- en el hombro del hombre de campo que atendía un puesto de trenzados, riendas y monturas en cuero trabajado. Mi asombro fue instantáneo. Presuroso me acerqué para estar seguro.
-Conozco ese poncho –dije al hombre.
-Me lo ha regalao la viuda del padrino Teófilo.
-¿Qué viuda? ¿Murió? ¡No puede ser! ¡Yo estuve con él hace poco!
-No ha de ser, señor. Al padrino Teófilo lo encontraron colgado el seis de enero. Fui a su entierro y recuerdo que estaba usted ahí, señor, tomando fotos.
(1) Charqui: carne cruda, secada al aire libre, para consumir con el tiempo.
(2) Pichana: hierba del campo con la que se hacen escobas para barrer.
Antarca: de espaldas.
(4) Llastay: deidad indígena, protector de la fauna.