viernes 6 de febrero de 2026
Editorial

El piso del debate

En 1996, el escritor, filósofo y semiólogo italiano Umberto Eco publicó un libro basado en el intercambio epistolar que mantuvo con el cardenal Carlo María Martini. La obra se tituló ¿En qué creen los que no creen? Un diálogo sobre la ética y reúne las cartas que ambos se intercambiaron durante 1995, en las que abordaron temas como el aborto, el rol de la mujer en la Iglesia y el sentido de la fe, tanto para quienes creen como para quienes no.

El rasgo común de ese intercambio es el tono cordial que atraviesa posturas profundamente disímiles: por un lado, Eco, uno de los más prestigiosos intelectuales laicos del siglo XX; por el otro, Martini, una de las principales figuras de la jerarquía eclesiástica de su tiempo y una de las voces críticas de la Iglesia católica. En ambos sobresale la voluntad de diálogo y la búsqueda de puntos de encuentro éticos, aun desde convicciones opuestas.

Tres décadas después y con el auge de las redes sociales en su plenitud, el juez del fuero Penal Juvenil, Rodrigo Morabito y el diputado nacional por La Libertad Avanza, Adrián Brizuela, protagonizan un intercambio de ideas a través de las redes sociales. El contexto es el álgido debate en torno al proyecto legislativo para bajar la edad de imputabilidad de 16 a 14 años, como pretende el Gobierno nacional.

En un escenario donde los cruces entre dirigentes suelen quedar atrapados en la chicana, el agravio personal o la pobreza conceptual, la discusión razonable aparece como una anomalía. En un escenario donde los cruces entre dirigentes suelen quedar atrapados en la chicana, el agravio personal o la pobreza conceptual, la discusión razonable aparece como una anomalía.

Para Morabito, “bajar la edad de punibilidad no es una política valiente: es una política fácil”, y el límite del derecho penal está donde el Estado llega tarde con sus políticas públicas. Brizuela, en cambio, sostiene que frente a delitos graves la privación de la libertad “no es un mero acto simbólico” y reivindica la urgencia de una respuesta concreta ante una demanda social.

Brizuela había decalificado las consideraciones de Morabito como expresiones del “arco progre”. El juez replicó que “reducir una discusión compleja a una etiqueta identitaria no fortalece el debate democrático; lo degrada”, y el diputado moderó el tono de su respuesta y centró su réplica en argumentos sobre garantías, marcos normativos y la necesidad de una respuesta estatal articulada.

Las diferencias entre el intercambio de Eco y Martini y este cruce Morabito - Brizuela son evidentes. El punto de contacto está en el tono del debate.

En un escenario donde los cruces entre dirigentes suelen quedar atrapados en la chicana, el agravio personal o la pobreza conceptual, este intercambio aparece como una anomalía. No porque eleve el debate a un nivel excepcional ni porque acerque posiciones, sino porque evita deliberadamente el insulto y la simplificación. En un clima dominado por la consigna fácil y la descalificación automática, debatir sin degradar al otro no debería ser una virtud extraordinaria, sino apenas el piso.

Que hoy resulte una rareza habla menos de este cruce puntual que del deterioro general del debate público.

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